Cercado-San Isidro

Viernes, cuatro y pico de la tarde. Centro de Lima. Levantas la mano con insistencia. Ningún taxi. Sinfonía de bocinas y motores pestilentes. Se detiene uno al fin. Agachas la cabeza para negociar precio y distancia y te arrepientes a medio camino.

En el asiento trasero viaja una bebé en un asientito especial. «Estoy libre», se disculpa el chofer y con los ojos te pide que no te marches. Luego explica: «Ando trabajando con la niña». Por tu mente alocada pasan fugaces veinticinco estúpidas teorías: bebé raptado, pasajera cómplice,  fuga en taxi, etcétera. Te avergüenza la desconfianza. El taxi lleva matrícula, está limpio, en orden. Todo normal excepto por la bebé. El hombre te mira esperanzado. Te subes.

A tu lado, Yosllin, -enterizo rosa, mejillas chaposas, ojos de sorpresa-, te mira sin parpadear. «¿Andas de paseo?», preguntas con esa voz con la que se le habla a un niño con la intención de que sean los padres quienes respondan. No está de paseo. Lleva cuatro horas dando vueltas por Lima mientras su papá intenta hacer taxi. Intenta: «Hay clientes que no se animan,-se queja-. No se trabaja igual». Yosllin te mira fijamente. Aún le quedan dos horas de jornada. A las cinco y media tendrá hambre. Entonces su papá interrumpirá cualquier carrera, buscará un sitio, preparará la leche en el biberón de vidrio que la niña aún no es capaz de sostener por sí sola, le dará la leche, sacará el chanchito y de vuelta al asiento donde una sonaja de colores la entretiene.

Yossllin cumple seis meses hoy. Su  madre está trabajando y no puede cuidarla. Durante algún tiempo Yosslin -se inquieta durante el tiempo muerto frente a los semáforos- estuvo inscrita en una cuna mientras mamá iba a su oficina y papá hacía taxi. «Pero empezó a perder peso, a llorar». Y ¿cómo iba a dejar él que eso sucediera? No podía. Así que se quedó con ella. Primero a cuidarla y después empezó a llevarla a trabajar con él.

Nada muy distinto a lo que hacen tantas mujeres. ¿Entonces por qué me conmueve tanto este señor que maneja con cuidado y cortesía? ¿Por qué, si tantas mujeres cargan con sus hijos para trabajar, aunque no sea lo mismo, aunque ganen menos, aunque los clientes no se animen, parece tan valioso? Tal vez porque en su experiencia está la semilla de la igualdad de género, de la empatía en pareja, de una ciudad más amigable, de una hija orgullosa de su padre. Ojalá todos los padres salieran a trabajar como si llevaran a sus hijas en el asiento trasero del auto.

(Publicada originalmente el 15/06/2014 en viù!)

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La palabra del año

 De entre los caprichos que nos impone el calendario, hay uno que goza de mucha popularidad entre los periodistas: las listas de fin de año. Una suerte de inventario de sucesos auspiciada por la premura de cierre, los asuetos decembrinos y un afán de -con suerte- marcharse a casa un poco más temprano en Nochebuena o Nochevieja.

Los diccionarios Oxford publican desde 2004 su palabra del año (podcast hizo su debut en 2005, selfie en 2013 y post-truth fue la campeona de 2016). De entre los ciento cincuenta millones de vocablos que sus expertos examinan en blogs, diarios, libros, posts de redes sociales y transcripciones de inglés hablado, ellos eligen no la más nueva sino la que mejor refleje “el etos, estado de ánimo o preocupaciones de ese año en particular y tenga potencial como palabra de significancia cultural”, según explica su página web.

 

En castellano, la Fundación del Español Urgente (Fundeu) que auspicia el BBVA hace lo mismo desde hace cuatro años. En nuestro idioma, selfi fue la elegida para el 2014 y populismo la del 2016. El criterio, como se ve, no es el neologismo ni la novedad tecnológica, sino el zeitgeist, el espíritu de los tiempos. De hecho, Google usa esa palabra en alemán como título de su sección de tendencias de búsqueda: “El informe Google Zeitgeist revela aquello que captó la atención del mundo durante el año pasado: nuestros intereses, pasiones y momentos decisivos vistos a través de la búsqueda”. Mientras tecleo esto, aún es noviembre y ni Google ni la Fundeu ni los diccionarios Oxford han publicado su selección de vocablos de moda para este 2017.

Desde la miopía del presente, propongamos candidatos desde esta esquina del mundo: fakenews, heteropatriarcado, arepa, “resultado analítico adverso”, acoso sexual, #niunamenos, Gareca. En mi hit parade de Manías Textuales estarían también Melania Trump, huaico, censo, separatismo, fatshaming, terremoto, meme. Y una inquietante palabreja inglesa que estuvo a punto de quedarse en el tintero. Un neologismo que no creo que alcance este año la fama pero que valdría la pena visitar.

Ningún diccionario en castellano consigna aún entre sus páginas un equivalente para dox o doxing, una escalofriante práctica que une dos dimensiones paralelas casi siempre con funestas consecuencias: revela la identidad y datos personales de una persona en Internet. Si en la vida real tenemos DNI, brevete, domicilio, vecinos y fotocheck de la oficina y en redes sociales nos comportamos como trolls enfurecidos, émulos de Kim Kardashian o comprometidos clickactivistas es porque tendemos a creer que un universo -el de la vida real- y el otro -el de Face, Twitter o Instagram, existen en planos separados. El doxing existe igual que ese espantoso agujero que en la serie Stranger Things conecta la maldad de los demonios del Upside down con la apacible y bien musicalizada existencia de pueblo chico.

“Dox por lo general tiene una connotación negativa –explica Megan Garber en The Atlantic– no sólo porque se percibe como una violación a la privacidad de alguien sino porque a menudo se utiliza como una suerte de mecanismo de represalia en las discusiones online”.

¿Que llevaste una antorcha encendida mientras cantabas cancioncitas racistas en una marcha? Ahora tus colegas judíos lo saben. ¿Estacionaste en un área reservada para personas discapacitadas y luego escupiste a la transeúnte que te lo reclamó? Publicamos la dirección de tu casa en un grupo de vigilantes ciudadanos de tránsito. ¿Amenazaste a una popular twittera usando una cuenta ligada a tu negocio? Tendrás que cambiar tu número de teléfono para evitar que te sigan llamando para insultarte. ¿Hiciste una seña obscena a la caravana del presidente cuando se cruzó en el camino de tu paseo en bici? El departamento de Recursos Humanos tiene malas noticias para ti.

El reposo posterior a las fiestas navideñas supone una pausa al vértigo que nos ataranta casi todo el resto del año. El vistazo a las palabras que hemos incorporado a nuestro vocabulario debería de ser algo más que un catálogo de novedades lingüísticas: un pretexto para, diccionario en mano, ampliar nuestra capacidad de enunciar, dialogar y construir. En el idioma y la plataforma que sea.

(Publicado en revista h, diciembre de 2017)

Siete podría ser tu número de la suerte

Le pegó, la ahorcó, le escupió. A una de ellas la arrastró media cuadra a vista y paciencia de todo el mundo. Desde el domingo pasado esas imágenes recorren nuestros muros de Facebook. Y una y otra vez, entre la indignación y la solidaridad de sillón (de click) aparece reptando un comentario venenoso: “Pero si ya sabía cómo era ¿por qué se quedaba con él? Si ya le había pegado antes. Si ya la había insultado antes”.
No hay respuesta para esa pregunta inútil pero sí hay un número que sirve para ayudar: siete.jase-bloor-315641.jpg

Siete. Como los días de la semana, los pecados capitales, los enanos de Blancanieves y los colores del arcoíris. Para los aficionados a la numerología, esta cifra es especial porque simboliza la unión entre lo divino -la trinidad- y lo terrenal -los puntos cardinales-.

A mí el número me persigue desde hace algunos días cuando leí que

una mujer maltratada intentará abandonar a su pareja siete veces antes de conseguir separarse de él.

[Aquí hay varias webs en donde se detalla la estadística]. 

Siete ocasiones en que se mira los golpes, se seca las lágrimas, respira hondo, llama a una amiga, vuelve a peinarse, consuela a sus hijos, le cuenta a su hermano, acude a la policía, arma una maleta y dice “me voy”.

Siete veces lo intentará y siete veces fracasará, dice esa estadística. Perdonará, creerá de nuevo, volverá a intentarlo. Y alrededor suyo, quienes la quieren y la aprecian sentirán rabia, desconcierto, desesperación. Y tal vez terminen por alejarse de ella.

Las reuniones en las que planeamos cada página de esta revista suelen ser más largas de lo que deberían ser, observaría-cronómetro en mano- un experto en eficiencia laboral.

Pero lo que ahí discutimos suele convertirse más tarde en un informe, una nota, una sesión de fotos, una portada. Y hay asuntos que vuelven a la mesa de trabajo una y otra vez: vacaciones de las que hemos vuelto y a las que quisiéramos marcharnos; complicaciones con el peinado en los días de más humedad; líos hormonales; ambiciones profesionales; humillaciones inofensivas en la oficina del ginecólogo; inquietudes maternales; aspiraciones salariales; dudas científicas; propósitos –y frustraciones- deportivos. Otras veces nos preocupan asuntos menos felices. Otras veces, ante la noticia del día (en los programas de tele, las páginas del diario, Facebook, en las reuniones entre amigos) nos asalta una preocupación.

¿Por qué una mujer -no importa cuán famosa, inteligente, preparada, bella- se queda con un hombre que la golpea? ¿Es tan difícil marcharse? La respuesta es sí, siete. Si conoces a alguien así, tenle paciencia. Recuérdale ese número. Ofrécele ayuda. Siete veces y todas las que sean necesarias.

#thisweek: un padre, la fama y el dinero

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Photo by Thought Catalog on Unsplash

Un migrante vive siempre con un pie pisando en un lugar y la vista puesta en otro. Una parte de la semana pasada estuvo marcada brevemente por buenas noticias desde casa y por el otro por la partida de mi abuela paterna. Lo que escribí sobre ella fue un modo de sentirme cerca de mi papá, pero también -sin querer- de recibir el afecto de muchísimas personas y mantener la memoria de mi abuela.

Esto lo he pensado mientras conducía hoy, cuando por fin escuché el más reciente episodio de Revisionist History, el podcast de Malcolm Gladwell.

Aunque Gladwell dice desde el principio que es una historia sobre las obligaciones que tienen los padres con los hijos, durante un largo rato uno puede creer que se trata de un misterio en un sótano, o llegar a pensar que es un episodio sobre la ciencia que rodea la alimentación y las enfermedades cardiacas. Gladwell, que acababa de perder a su padre cuando grabó ese episodio, hace una reflexión sobre el modo que tienen los hijos de mantener viva la memoria de sus padres.

“¿Cómo hacemos eso? No honrando las creencias de nuestros padres. Somos personas diferentes que ellos. Nacidos en una era diferente, formados por fuerzas diferentes. Lo que estamos obligados a honrar en nuestros padres son sus principios, las reglas por las que ellos vivieron su vida”.

 

Aquí pueden escucharlo completo. 

Y en más lecturas trascendentales, por casualidad ayer me jaló el ojo una columna del NY Times sobre por qué no importa que no todos seamos famosos. La escribía Emily Esfahani Smith, quien escribe a menudo sobre la ambición, la vida moderna y la psicología positiva. (Dicho así puede parecer solo una nota más de autoayuda vaporosa, pero no se vayan todavía).

Esfahani Smith dice que aunque las redes sociales nos crean la falsa ilusión de que hay que la vida hoy solo tiene sentido si uno llega “a ser alguien”, la realidad es otra. Y recurre a la literatura para avanzar el argumento. Ella cita una frase de “Middlemarch”, de George Eliot que he querido subrayar y que está acá abajo:

“Su cabal naturaleza, como la de aquel río cuyo cauce Ciro I  atravesó, se derramó en canales que no fueron muy distinguidos en la tierra. Pero el efecto de su ser en los que la rodearon fue incalculablemente expansivo, porque el creciente bien del mundo depende en parte de hechos sin historia, y que las cosas no sean tan malas para ti y para mí como pudieran haber sido, se debe en parte a los muchos que vivieron fielmente una vida oculta, y descansan en tumbas no frecuentadas”.

¿Bonito, no?

Si no conocen a George Eliot y tampoco tienen tiempo de leer un libro de 800 páginas, tal vez la ilustración de Eleanor Davis les abra un poco el apetito.

Y en lecturas menos filosóficas y más urgentes hoy vi pasar un artículo de  Kenneth Rogoff que compartió mi amiga Mariana Rangel (que algo sabe sobre Economía) en contra del uso del dinero en efectivo. Ella acaba de mudarse de California a Monterrey y ha descubierto que ahí, además de la tiendita de la esquina, también los colegios y consultorios médicos prefieren recibir los pagos en dinero contante y sonante. Casi de inmediato, alguien más compartió un paper que refuta algunos de los argumentos con un subtítulo bien catchy: así como los condones no promueven la lujuria, el efectivo tampoco promueve el crimen.  El debate me parece fascinante: aquí en Perú solo el 30% de la economía está bancarizada y también se produce la mayor cantidad de dólares falsos. Un fenómeno que Daniel Alarcón resumió con genialidad en una frase mínima que no me atrevo a traducir: “I’ve seen Limeños grind a coin between their molars“. Vayan y lean el resto.

 

A propósito de Harvey (el huracán)

 

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Photo by Gian-Reto Tarnutzer on Unsplash

Nadie en Lima tiene paraguas, se excusaba en Londres Antonio Cisneros cuando durante un aguacero no poseía otra protección que un techo de periódico sobre la cabeza. Cuarenta años después, los habitantes de esta capital seguimos ufanándonos ante los visitantes: aquí no necesitamos ni botas de hule, ni meteorólogos en los noticieros todas las mañanas antes de salir ni esos relucientes impermeables amarillos que llevan los niños en las películas de Hollywood. Olvidamos que la lluvia es solo un vehículo distinto para esa agua obediente que sale del caño y que embotellada nos parece ultra saludable. Morimos por ella y -si nos descuidamos- también a causa de ella.

Una vez, en 2010, los habitantes de Nashville, Tennessee, en Estados Unidos, vieron llover durante 36 horas. “¿Por qué la gente se queda a mirar mientras el agua sube?” se preguntaba la novelista Ann Patchett después de que su ciudad se inundara. Aquella vez cayeron 344 mm de agua y 26 personas murieron ahogadas. Cuatrocientos negocios cerraron y mil quinientos empleos se perdieron. Dos años después, uno de los centros comerciales más importantes de la comunidad seguía clausurado.

“Hay cosas de la naturaleza humana que jamás entenderemos -reflexionaba entonces Patchett-  pero una parte puede explicarse porque una inundación, cuando empieza, es solo lluvia. Nada tan súbito como un terremoto ni tan imperativo como un incendio”. Y concluye con una verdad que ni siquiera en Lima debería alguien atreverse a contradecir: “La lluvia sucede todo el tiempo”.

Los inquilinos temporales de Lima -como yo, que nací en tierra de huracanes- nos maravillamos al pensar que, en efecto, un paraguas aquí solo acumularía moho y ocuparía espacio. Pero ha resultado ser un espejismo: al país se le vino encima el huaico y no solo nos faltan impermeables y botas de hule sino alcantarillas, fondos de emergencia y puentes resistentes. Olvidamos que los paraguas, los cuerpos de bomberos y el dinero para la reconstrucción, igual que los divorcios, las endodoncias y las prisiones, no aparecen en los episodios felices sino que suceden para librarnos de un mal momento. Por eso nos alegra y nos reconforta contar con ellos cuando el agua nos llega al cuello.

“No es mi culpa si llueve y mi pellejo es el único muro que contiene la ciudad asediada”, escribía Cisneros en otro de sus poemas. No hay una sola persona culpable de que llueva, eso es verdad, como cierto es también que vivir en este desierto costero -donde no escasea el agua- a veces nos reseca la empatía. Por estos días en la capital hemos vuelto a tomar duchas con frecuencia, a despachar a los chicos al colegio y a dejar de postear imágenes de Piura y datos de centros de acopio. Es posible que volvamos a creer que no precisamos de paraguas. El sociólogo Hugo Neira se admiraba hace unos días en su blog de “tantos peruanos meditabundos ante la furia de las aguas. Pensar es bueno. Las lluvias han sido un aterrizaje de 30 millones de seres humanos en el siglo XXI. Y algo podemos hacer para no tener que atravesar el pellejo -y arriesgar la vida- para contener el aguacero.

Perderemos el tiempo si solo nos dedicamos a ubicar los chubascos y sus consecuencias en una línea del tiempo: una persona muy longeva verá en toda su vida tal vez ocho catástrofes causadas por la lluvia. Un político exitoso -esos que duran más de cinco años recibiendo un sueldo de los ciudadanos- deberá preocuparse solo por un gran huaico en toda su carrera. Pero los campesinos, los meteorólogos y otros expertos de los asuntos de la Tierra saben que la respuesta está mejor expresada en un círculo que en una línea recta. Si no, pregúntenle a un niño de primaria que mira atentamente la pizarra mientras el profesor dibuja el ciclo hidrológico del agua.

(Columna publicada originalmente en febrero de 2017 en Revista h).

Adiós abuela.

1695 (1).jpgHoy murió mi abuela Dorita Robles, la mamá de mi papá, la mujer de mi abuelo Margarito Cantú. Una mujer que dejó a su familia atrás para empezar la suya lejos de su tierra. Que aprendió a manejar a escondidas mientras su esposo hacía la siesta. Que preparaba los mejores frijoles refritos del mundo con la receta más sinvergüenza de la frontera (“es muy fácil hija, le pones una barra de mantequilla de Falfurrias, como todo mundo”) y el cortadillo de res más inolvidable del norte.

       Su disposición para la fiesta era de campeonato. Una vez me contó que cuando mi abuelo iba a jugar cartas con sus amigos, ella les daba de cenar a sus hijos, los dormía y se arreglaba. Maquillada y peinada, con las medias puestas, se ponía una bata de casa y se echaba a descansar hasta que mi abuelo volvía de madrugada, casi siempre acompañado de algún compañero de juerga. Entonces ella prendía la estufa, les daba de cenar y se ponía un vestido para irse a bailar con mi abuelo. Sospecho que la mayoría de las esposas de aquella época no eran tan generosas.
       Cuando todos sus nietos fuimos adultos empezó a organizar una parranda posada navideña para nosotros. Había música en vivo, trago y comida picante para la amanecida. A los que habían ido manejando les quitaba las llaves del carro y les ofrecía una almohada y una colcha. Bailaba, cantaba y salpicaba la noche con sus ocurrencias. Mis primos son magníficos herederos de ese espíritu.
        Mi abuela siempre siempre siempre tenía una palabra amable para su descendencia: Gracias a ella supe que yo tenía el pelo bonito, las cintura espigada, las piernas hermosas. Cuando eso no fue verdad jamás lo dijo. Tenía un modo de mirarte y poner sus manos sobre pelo, cintura, piernas que te hacía sentir que eras un tesoro. Todos sus hijos son igual de pródigos con los halagos que destinan a los suyos.
         Con ella sólo había tener cuidado en dos frentes: no ofenderla -era capaz de retirarte la palabra sin piedad y por tiempo indefinido- y no elogiar algo suyo. Si después de saludarla le decías que qué bonito olía te regalaba su perfume. Si notabas que el collar que llevaba era precioso, se lo quitaba y lo ponía sobre tu cuello.
         A Diego, a quien conoció tarde y poco, le regaló una historia con olor a gardenias que no conocíamos. Le dijo cómo conoció a mi abuelo y le dio detalles de su cortejo, incluidas las primeras flores que le regaló.
         Las últimas veces que hablamos siempre me preguntaba por mis hijas. Por respeto a la mujer que fue, jamás pude mentirle. Así que una y otra vez, con el corazón apachurrado -por Skype, FaceTime o en persona- le respondía: “Todavía no tengo, abue”. Y ella, sin inquietarse ni apenarse respondía con un gesto que jamás perdió: “Por eso estás tan bonita, hija”. Para ella no podíamos hacer nada mal.
         Hasta que nos volvamos a ver, abuelita.

Update

En setiembre de 2016 dejé mi trabajo en El Comercio y he dedicado unos meses a viajar y replantear algunos proyectos que tenía en pausa. Sigo enseñando en la Universidad ESAN y publico “Manías textuales”, una columna mensual en la Revista h. He escrito para The New York Times en Español sobre lo que significa ser alcaldesa en América Latina y la migración venezolana a Perú. También escribí algo a propósito de la Mujer Maravilla, para El Dominical de El Comercio. Últimamente leo más de lo que escribo, pero sigo por aquí.