Siete podría ser tu número de la suerte

Le pegó, la ahorcó, le escupió. A una de ellas la arrastró media cuadra a vista y paciencia de todo el mundo. Desde el domingo pasado esas imágenes recorren nuestros muros de Facebook. Y una y otra vez, entre la indignación y la solidaridad de sillón (de click) aparece reptando un comentario venenoso: “Pero si ya sabía cómo era ¿por qué se quedaba con él? Si ya le había pegado antes. Si ya la había insultado antes”.
No hay respuesta para esa pregunta inútil pero sí hay un número que sirve para ayudar: siete.jase-bloor-315641.jpg

Siete. Como los días de la semana, los pecados capitales, los enanos de Blancanieves y los colores del arcoíris. Para los aficionados a la numerología, esta cifra es especial porque simboliza la unión entre lo divino -la trinidad- y lo terrenal -los puntos cardinales-.

A mí el número me persigue desde hace algunos días cuando leí que

una mujer maltratada intentará abandonar a su pareja siete veces antes de conseguir separarse de él.

[Aquí hay varias webs en donde se detalla la estadística]. 

Siete ocasiones en que se mira los golpes, se seca las lágrimas, respira hondo, llama a una amiga, vuelve a peinarse, consuela a sus hijos, le cuenta a su hermano, acude a la policía, arma una maleta y dice “me voy”.

Siete veces lo intentará y siete veces fracasará, dice esa estadística. Perdonará, creerá de nuevo, volverá a intentarlo. Y alrededor suyo, quienes la quieren y la aprecian sentirán rabia, desconcierto, desesperación. Y tal vez terminen por alejarse de ella.

Las reuniones en las que planeamos cada página de esta revista suelen ser más largas de lo que deberían ser, observaría-cronómetro en mano- un experto en eficiencia laboral.

Pero lo que ahí discutimos suele convertirse más tarde en un informe, una nota, una sesión de fotos, una portada. Y hay asuntos que vuelven a la mesa de trabajo una y otra vez: vacaciones de las que hemos vuelto y a las que quisiéramos marcharnos; complicaciones con el peinado en los días de más humedad; líos hormonales; ambiciones profesionales; humillaciones inofensivas en la oficina del ginecólogo; inquietudes maternales; aspiraciones salariales; dudas científicas; propósitos –y frustraciones- deportivos. Otras veces nos preocupan asuntos menos felices. Otras veces, ante la noticia del día (en los programas de tele, las páginas del diario, Facebook, en las reuniones entre amigos) nos asalta una preocupación.

¿Por qué una mujer -no importa cuán famosa, inteligente, preparada, bella- se queda con un hombre que la golpea? ¿Es tan difícil marcharse? La respuesta es sí, siete. Si conoces a alguien así, tenle paciencia. Recuérdale ese número. Ofrécele ayuda. Siete veces y todas las que sean necesarias.

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#thisweek: un padre, la fama y el dinero

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Photo by Thought Catalog on Unsplash

Un migrante vive siempre con un pie pisando en un lugar y la vista puesta en otro. Una parte de la semana pasada estuvo marcada brevemente por buenas noticias desde casa y por el otro por la partida de mi abuela paterna. Lo que escribí sobre ella fue un modo de sentirme cerca de mi papá, pero también -sin querer- de recibir el afecto de muchísimas personas y mantener la memoria de mi abuela.

Esto lo he pensado mientras conducía hoy, cuando por fin escuché el más reciente episodio de Revisionist History, el podcast de Malcolm Gladwell.

Aunque Gladwell dice desde el principio que es una historia sobre las obligaciones que tienen los padres con los hijos, durante un largo rato uno puede creer que se trata de un misterio en un sótano, o llegar a pensar que es un episodio sobre la ciencia que rodea la alimentación y las enfermedades cardiacas. Gladwell, que acababa de perder a su padre cuando grabó ese episodio, hace una reflexión sobre el modo que tienen los hijos de mantener viva la memoria de sus padres.

“¿Cómo hacemos eso? No honrando las creencias de nuestros padres. Somos personas diferentes que ellos. Nacidos en una era diferente, formados por fuerzas diferentes. Lo que estamos obligados a honrar en nuestros padres son sus principios, las reglas por las que ellos vivieron su vida”.

 

Aquí pueden escucharlo completo. 

Y en más lecturas trascendentales, por casualidad ayer me jaló el ojo una columna del NY Times sobre por qué no importa que no todos seamos famosos. La escribía Emily Esfahani Smith, quien escribe a menudo sobre la ambición, la vida moderna y la psicología positiva. (Dicho así puede parecer solo una nota más de autoayuda vaporosa, pero no se vayan todavía).

Esfahani Smith dice que aunque las redes sociales nos crean la falsa ilusión de que hay que la vida hoy solo tiene sentido si uno llega “a ser alguien”, la realidad es otra. Y recurre a la literatura para avanzar el argumento. Ella cita una frase de “Middlemarch”, de George Eliot que he querido subrayar y que está acá abajo:

“Su cabal naturaleza, como la de aquel río cuyo cauce Ciro I  atravesó, se derramó en canales que no fueron muy distinguidos en la tierra. Pero el efecto de su ser en los que la rodearon fue incalculablemente expansivo, porque el creciente bien del mundo depende en parte de hechos sin historia, y que las cosas no sean tan malas para ti y para mí como pudieran haber sido, se debe en parte a los muchos que vivieron fielmente una vida oculta, y descansan en tumbas no frecuentadas”.

¿Bonito, no?

Si no conocen a George Eliot y tampoco tienen tiempo de leer un libro de 800 páginas, tal vez la ilustración de Eleanor Davis les abra un poco el apetito.

Y en lecturas menos filosóficas y más urgentes hoy vi pasar un artículo de  Kenneth Rogoff que compartió mi amiga Mariana Rangel (que algo sabe sobre Economía) en contra del uso del dinero en efectivo. Ella acaba de mudarse de California a Monterrey y ha descubierto que ahí, además de la tiendita de la esquina, también los colegios y consultorios médicos prefieren recibir los pagos en dinero contante y sonante. Casi de inmediato, alguien más compartió un paper que refuta algunos de los argumentos con un subtítulo bien catchy: así como los condones no promueven la lujuria, el efectivo tampoco promueve el crimen.  El debate me parece fascinante: aquí en Perú solo el 30% de la economía está bancarizada y también se produce la mayor cantidad de dólares falsos. Un fenómeno que Daniel Alarcón resumió con genialidad en una frase mínima que no me atrevo a traducir: “I’ve seen Limeños grind a coin between their molars“. Vayan y lean el resto.

 

A propósito de Harvey

 

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Photo by Gian-Reto Tarnutzer on Unsplash

Nadie en Lima tiene paraguas, se excusaba en Londres Antonio Cisneros cuando durante un aguacero no poseía otra protección que un techo de periódico sobre la cabeza. Cuarenta años después, los habitantes de esta capital seguimos ufanándonos ante los visitantes: aquí no necesitamos ni botas de hule, ni meteorólogos en los noticieros todas las mañanas antes de salir ni esos relucientes impermeables amarillos que llevan los niños en las películas de Hollywood. Olvidamos que la lluvia es solo un vehículo distinto para esa agua obediente que sale del caño y que embotellada nos parece ultra saludable. Morimos por ella y -si nos descuidamos- también a causa de ella.

Una vez, en 2010, los habitantes de Nashville, Tennessee, en Estados Unidos, vieron llover durante 36 horas. “¿Por qué la gente se queda a mirar mientras el agua sube?” se preguntaba la novelista Ann Patchett después de que su ciudad se inundara. Aquella vez cayeron 344 mm de agua y 26 personas murieron ahogadas. Cuatrocientos negocios cerraron y mil quinientos empleos se perdieron. Dos años después, uno de los centros comerciales más importantes de la comunidad seguía clausurado.

“Hay cosas de la naturaleza humana que jamás entenderemos -reflexionaba entonces Patchett-  pero una parte puede explicarse porque una inundación, cuando empieza, es solo lluvia. Nada tan súbito como un terremoto ni tan imperativo como un incendio”. Y concluye con una verdad que ni siquiera en Lima debería alguien atreverse a contradecir: “La lluvia sucede todo el tiempo”.

Los inquilinos temporales de Lima -como yo, que nací en tierra de huracanes- nos maravillamos al pensar que, en efecto, un paraguas aquí solo acumularía moho y ocuparía espacio. Pero ha resultado ser un espejismo: al país se le vino encima el huaico y no solo nos faltan impermeables y botas de hule sino alcantarillas, fondos de emergencia y puentes resistentes. Olvidamos que los paraguas, los cuerpos de bomberos y el dinero para la reconstrucción, igual que los divorcios, las endodoncias y las prisiones, no aparecen en los episodios felices sino que suceden para librarnos de un mal momento. Por eso nos alegra y nos reconforta contar con ellos cuando el agua nos llega al cuello.

“No es mi culpa si llueve y mi pellejo es el único muro que contiene la ciudad asediada”, escribía Cisneros en otro de sus poemas. No hay una sola persona culpable de que llueva, eso es verdad, como cierto es también que vivir en este desierto costero -donde no escasea el agua- a veces nos reseca la empatía. Por estos días en la capital hemos vuelto a tomar duchas con frecuencia, a despachar a los chicos al colegio y a dejar de postear imágenes de Piura y datos de centros de acopio. Es posible que volvamos a creer que no precisamos de paraguas. El sociólogo Hugo Neira se admiraba hace unos días en su blog de “tantos peruanos meditabundos ante la furia de las aguas. Pensar es bueno. Las lluvias han sido un aterrizaje de 30 millones de seres humanos en el siglo XXI. Y algo podemos hacer para no tener que atravesar el pellejo -y arriesgar la vida- para contener el aguacero.

Perderemos el tiempo si solo nos dedicamos a ubicar los chubascos y sus consecuencias en una línea del tiempo: una persona muy longeva verá en toda su vida tal vez ocho catástrofes causadas por la lluvia. Un político exitoso -esos que duran más de cinco años recibiendo un sueldo de los ciudadanos- deberá preocuparse solo por un gran huaico en toda su carrera. Pero los campesinos, los meteorólogos y otros expertos de los asuntos de la Tierra saben que la respuesta está mejor expresada en un círculo que en una línea recta. Si no, pregúntenle a un niño de primaria que mira atentamente la pizarra mientras el profesor dibuja el ciclo hidrológico del agua.

(Columna publicada originalmente en febrero de 2017 en Revista h).

Adiós abuela.

1695 (1).jpgHoy murió mi abuela Dorita Robles, la mamá de mi papá, la mujer de mi abuelo Margarito Cantú. Una mujer que dejó a su familia atrás para empezar la suya lejos de su tierra. Que aprendió a manejar a escondidas mientras su esposo hacía la siesta. Que preparaba los mejores frijoles refritos del mundo con la receta más sinvergüenza de la frontera (“es muy fácil hija, le pones una barra de mantequilla de Falfurrias, como todo mundo”) y el cortadillo de res más inolvidable del norte.

       Su disposición para la fiesta era de campeonato. Una vez me contó que cuando mi abuelo iba a jugar cartas con sus amigos, ella les daba de cenar a sus hijos, los dormía y se arreglaba. Maquillada y peinada, con las medias puestas, se ponía una bata de casa y se echaba a descansar hasta que mi abuelo volvía de madrugada, casi siempre acompañado de algún compañero de juerga. Entonces ella prendía la estufa, les daba de cenar y se ponía un vestido para irse a bailar con mi abuelo. Sospecho que la mayoría de las esposas de aquella época no eran tan generosas.
       Cuando todos sus nietos fuimos adultos empezó a organizar una parranda posada navideña para nosotros. Había música en vivo, trago y comida picante para la amanecida. A los que habían ido manejando les quitaba las llaves del carro y les ofrecía una almohada y una colcha. Bailaba, cantaba y salpicaba la noche con sus ocurrencias. Mis primos son magníficos herederos de ese espíritu.
        Mi abuela siempre siempre siempre tenía una palabra amable para su descendencia: Gracias a ella supe que yo tenía el pelo bonito, las cintura espigada, las piernas hermosas. Cuando eso no fue verdad jamás lo dijo. Tenía un modo de mirarte y poner sus manos sobre pelo, cintura, piernas que te hacía sentir que eras un tesoro. Todos sus hijos son igual de pródigos con los halagos que destinan a los suyos.
         Con ella sólo había tener cuidado en dos frentes: no ofenderla -era capaz de retirarte la palabra sin piedad y por tiempo indefinido- y no elogiar algo suyo. Si después de saludarla le decías que qué bonito olía te regalaba su perfume. Si notabas que el collar que llevaba era precioso, se lo quitaba y lo ponía sobre tu cuello.
         A Diego, a quien conoció tarde y poco, le regaló una historia con olor a gardenias que no conocíamos. Le dijo cómo conoció a mi abuelo y le dio detalles de su cortejo, incluidas las primeras flores que le regaló.
         Las últimas veces que hablamos siempre me preguntaba por mis hijas. Por respeto a la mujer que fue, jamás pude mentirle. Así que una y otra vez, con el corazón apachurrado -por Skype, FaceTime o en persona- le respondía: “Todavía no tengo, abue”. Y ella, sin inquietarse ni apenarse respondía con un gesto que jamás perdió: “Por eso estás tan bonita, hija”. Para ella no podíamos hacer nada mal.
         Hasta que nos volvamos a ver, abuelita.

Update

En setiembre de 2016 dejé mi trabajo en El Comercio y he dedicado unos meses a viajar y replantear algunos proyectos que tenía en pausa. Sigo enseñando en la Universidad ESAN y publico “Manías textuales”, una columna mensual en la Revista h. He escrito para The New York Times en Español sobre lo que significa ser alcaldesa en América Latina y la migración venezolana a Perú. También escribí algo a propósito de la Mujer Maravilla, para El Dominical de El Comercio. Últimamente leo más de lo que escribo, pero sigo por aquí.

Puro calzoncillo

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Foto: Samantha Sophia @Unsplash

Captura de pantalla 2017-10-04 a la(s) 19.43.42.png¿Quién se olvidó de invitarnos?

La foto ochentera de un sonriente David Hasselhoff en tiempos del Auto Increíble causa gracia. La leyenda del meme, “Congrats, you have an all-male panel!”, resulta confusa y, con suerte, intrigante. Pero la causa detrás no genera gracia ni esconde un misterio. Se trata de una expresión que se suma al movimiento que boicotea a los paneles de expertos 100% masculinos.

Una campaña que tal vez haya tenido más difusión global cuando PayPal organizó el evento “Desigualdad de género e inclusión en el espacio de trabajo”, discusión en donde participaban -wait for it- cinco varones. En Lima, un pequeño torbellino se desató cuando el diario Gestión publicó una nota titulada “Tiempo de crear: qué están preparando siete escritores peruanos en la actualidad” y no incluyó a ninguna mujer.

Después de eso, yo misma le propuse a un grupo de periodistas que consultáramos con catorce escritoras peruanas sus proyectos a futuro. La discusión se desvió: ¿Habría tantas buenas escritoras? ¿Valía la pena su trabajo o solo haríamos el ejercicio por joder? ¿No estábamos forzando esto de la inclusión sin considerar el mérito? Me parece que la pregunta adecuada era: ¿habría tantas escritoras famosas preparando algo? Porque en realidad ¿cómo vamos a saber si son buenas si no las conocemos, si nadie les puso enfrente el micrófono, la grabadora, la cámara?, si nadie las leyó.

Pedir que haya más mujeres en los paneles de expertos -o en los espacios de opinión- pareciera un problema de primer mundo, un capricho post-feminista: primero habría que preocuparnos por la violencia, la educación, la salud reproductiva, escuchamos cuando salta el tema. Ahora  resulta que, no contentas con conseguir el derecho a votar, la representación en el congreso y la nominación del partido, también queremos que nos inviten a sentarnos a la mesa y a opinar. Pues claro. Las mujeres no sólo exigimos igualdad en la repartición del trabajo doméstico, el salario y las oportunidades de ascenso laboral, también queremos igualdad al momento de subir al escenario y tomar el micrófono. La denuncia se expresa, como todo en esta era, con un hashtag: #allmalepanel. Es decir, un conversatorio, foro o discusión donde todos los participantes son varones.

Los esfuerzos para contrarrestar la ausencia de mujeres como voceras o ponentes en los debates académicos y foros de expertos parecen venir de un mundo al revés: Australia. Ahí, en 2013, el Women’s Leadership Institute (WLI) lanzó una iniciativa para incluir más mujeres en los foros de discusión así como una suerte de manual con instrucciones sencillas para lograrlo. De hecho, en aquel país, siete conferencistas famosos se sumaron este año con la web No thanks, mate para boicotear todas las charlas en donde el programa no incluya mujeres. Pero los australianos no han sido los únicos: la periodista Rebecca J. Rosen propuso en The Atlantic que los expertos en ciencia y tecnología incluyan más mujeres en sus eventos, inspirada en la práctica de una organización de liderazgo femenino judío, cuyos aliados y miembros hacen la promesa de no participar en paneles 100% masculinos. Y en Suecia y Noruega -paraísos de igualdad- hay iniciativas similares porque también allá entre 70% y 80% de los expertos y voceros que aparecen en los medios y participan en paneles son varones. Que sean los hombres quienes vengan a decirlo, tal vez

En un panorama de tanta desigualdad, la afirmación positiva no es un capricho ni un favor: “si no incluyes intencionalmente, el sistema excluye por default”, dice Elizabeth Broderick, comisionada de discriminación sexual en Australia.  Para Andrea de la Piedra, una de las fundadoras de Aequales -organización que promueve el empoderamiento femenino y elabora un ranking de las empresas con mejores prácticas en favor de la igualdad- uno de los mayores desafío que enfrentamos hoy es la visibilidad, la conciencia de que existen estos sesgos inconscientes: “la empresa que no hace nada replica lo que ya existe”, dice.  Hace unos días, Cynthia Sanborn, escribía en El Comercio que además del famoso techo de cristal que impide que las mujeres alcancen los puestos de mayor liderazgo, también existe una suerte de tubería atrofiada que ralentiza el acceso, como ‘por goteo’, a saber: la elección de carreras ‘soft’  (educación, comunicación) en lugar de  las ciencias duras o las ingenierías, la sobrecarga administrativa y de labores domésticas en detrimento del trabajo de laboratorio o de investigación así como el sexismo y el acoso sexual.

Si “Panel completamente masculino” resulta aparatoso y poco sexy en redes sociales, en Cataluña está: #onsonlesdones o ¿dónde están las mujeres? Una iniciativa que ha tomado fuerza este año, pero que surgió con un tuit de la escritora y especialista en tecnología Liz Castro: “Os estimo a todos, pero ostras, sois todos tíos blancos”. La queja era para el diario catalán Ara y su espacio de opinión AraTv. Desde entonces, Castro y una cincuentena de colegas -entre ellas periodistas, profesoras pero también una  ingeniera, una senadora, una cantante y una neuroradióloga- han lanzado un blog, un observatorio y una cuenta en Twitter para que haya más expertas opinando en público: “miramos todos los espacios donde se dan opiniones [periódicos, tertulias de radio y televisión, etc.] y contamos cuántas de las opiniones son de mujeres”, me explica vía Twitter. Y el activismo no se queda ahí: #onsonlesdones también ha creado un directorio de expertas dispuestas (y capaces) para opinar, derribando así la excusa más frecuente de los organizadores de eventos: “no hay mujeres que sepan de este tema”.

En nuestro país un colectivo de mujeres ha tomado también el toro por las astas:  el Grupo Sofía reúne a expertas en Ciencias Sociales y ha publicado un directorio que incluye a más de cincuenta profesionales, sus datos de contacto y líneas de trabajo. Para que la próxima vez que usted quiera decir que no existen expertas en economía, políticas públicas, desarrollo rural o innovación, mejor lo piense dos veces, consulte la lista y extienda la invitación correspondiente.

Porque, incluso hoy, en el mundo de Dilma y Cristina y Angela (a quienes, a diferencia de los líderes hombres, salvo contadas excepciones, llamamos por su nombre de pila), Hillary todavía tiene que escuchar de su contrincante que no tiene el temperamento ganador para ser presidenta de Estados Unidos. Al final la crítica no es por su capacidad o carácter moral sino por su personalidad, una crítica que todas las mujeres en posición de liderazgo enfrentan: para ser jefa hay que ser una hija de puta. Pero una hija de puta no es una mujer ‘como debe ser’.

Andrea de la Piedra cree que esto sucede sobre todo entre las líderes pioneras:  “las que hoy están en directorios, que son muy pocas, la han tenido que luchar, no la han tenido fácil y su estrategia ha respondido a las necesidades del momento: masculinizarse o camuflarse”.  Eso explicaría por qué, al menos aún en el Perú las poquísimas mujeres que están en la cima no abordan el tema de género como sí lo hacen Michelle Obama, Hillary Clinton o Sheryl Sandberg, que han empezado a usar su influencia para atraer la atención sobre la disparidad salarial, la repartición de tareas, etc.

De hecho, nuestro progreso en política aún puede contarse con los dedos de las manos: la ONU calcula que al día de hoy hay 10 jefas de Estado y 9 Jefas de gobierno en el mundo. En las legislaturas la cosa va algo mejor (23%) pero solo en dos países del mundo las mujeres ocupan el 50% o más del parlamento. Que suceda en Rwanda y Bolivia y no en Escandinavia hace que parezca un error o un mal chiste. En el Perú la presidencia del consejo de ministros -una jefatura de gobierno de facto- ha sido ocupada por tres mujeres durante un total de 555 días, en sus 160 años de existencia. En la última encuesta de poder realizada por Semana Económica, 9 de las 10 mujeres incluidas pertenecen al ámbito de la política, un reflejo de que en los negocios el machismo sigue arraigado justo en la cima: aunque la fuerza laboral femenina ronda el 40% en todo el mundo, se calcula que solo uno de cada cuatro puestos gerenciales y de liderazgo en el sector privado son ocupados por ejecutivas. El World Economic Forum cumple este año una década de rastrear los progresos de género y no tiene buenas noticias: aunque en las aulas universitarias ya alcanzamos la paridad de género, las mujeres hoy ganan en promedio lo mismo que ganaban sus colegas varones hace diez años. En el Perú solo el 14% de las empresas cuentan con mujeres en puestos de alta gerencia mientras que la participación en directorios es de 6%.

Lo bueno, dentro de todo, es que más allá de la avalancha de cifras, datos y nombres de mujeres que escapan a los 7 grados de separación del común de las mortales, la paridad ya no es un tema de tesina universitaria ni dormita en el portafolio de buenas intenciones de algún ministerio. Las nuevas generaciones de mujeres, las que ya tienen edad para hacerse oír y tratarnos de tú a tú a sus mayores caminan con las antenas puestas y la respuesta inteligente e irreverente en la punta de la lengua.

Cada vez que mi amigo E le comparte por email o facebook a su chica MJ, una veinteañera brillante que acaba de terminar una maestría en Estados Unidos, el programa de un congreso o simposio al que le gustaría asistir, ella responde con dos palabras: “Puro pene.”

Es verdad: en los festivales de cine, las ferias de libro, los congresos académicos, las listas de invitados suelen estar dominados por varones transmitiendo dos mensajes: no solo todos los expertos son varones sino que la fama de la que gozan está directamente relacionada con su capacidad (y no con su sexo).

¿Pero qué pasaría si empezáramos a incluirlas a ellas? “Hay un punto clave en política y las empresas. Si queremos más mujeres en posiciones de liderazgo deben haber más mujeres modelos a seguir”, dice De la Piedra. Y en los paneles lo mismo: invitar a una conferencistas u opinóloga atrae la atención de otras mujeres y de jóvenes que entenderán que existe espacio para ellas. Y para eso hace falta que todos metamos el hombro, que todos digamos basta. Incluso esos varones que ya están diciendo que no van si no estamos también invitadas nosotras.

(Publicado originalmente en Revista h, Noviembre de 2016)

Para saber más:

Recuperar la sorpresa

Hace unas horas he terminado de limpiar mi escritorio. Mi bandeja de correo ha quedado vacía. Olvidé la contraseña de Facebook, eliminé el perfil de Instagram, apagué la computadora. Los tres cajones a mi izquierda solo contienen media docena de clips y un par de blocs de notas en blanco. Cuando leas estas líneas, querida lectora, ya habré descendido las escaleras y sonreído por última vez al guardián del edificio. Me habré marchado más o menos por la misma puerta por la que llegué, hace 142 semanas. Ahora tengo más canas, media docena de kilos extras y unas quinientas mujeres en el bolsillo: actrices, deportistas, científicas, activistas, empresarias, médicas, nutricionistas, cantantes. Llegué soltera y me voy una mujer casada. Pelo largo, pelo corto, pelo aún sin teñir, todavía no. Zapatillas, tacos altos, ballerinas, botas de invierno. Vine a viù! porque quería saber si se podía hacer una revista para mujeres que no nos subestimara, que fuera útil y sorprendente y linda a la vez. Y me encontré con un conjunto de señoras y señoritas curiosas y comprometidas con una misma causa: hablarles de tú a tú a nuestras lectoras, recordarnos y recordarles que seguimos luchando contra un puñado de taras heredadas de un pasado más oscuro, pero que gracias a muchas mujeres como ellas hoy somos más dueñas de nuestras vidas y que no basta con celebrar lo alcanzado, que la libertad, como los sueños, se persigue y se conquista día a día. Para ello hemos hablado afanosamente con centenares de mujeres, les hemos hecho miles de preguntas y hemos satisfecho un sinfín de dudas, para cada domingo volver a empezar y renovar nuestra curiosidad. “Lo que a las nuevas mujeres les preocupa es desarrollar su propia individualidad y he aquí que se rehúsan a llamar amo a cualquier hombre, sea un esposo o un guía espiritual. Su libertad personal es mucho más preciosa que la protección del mejor de los hombres. Las mujeres a las que envidian no son simples esposas y madres sino aquellas que a través del trabajo inteligente han conseguido distinguirse en cualquier línea de esfuerzo y cuyo credo ha sido la auto suficiencia”. La frase la escribió Josephine Redding, la primera editora de Vogue, hace 121 años y sigue este domingo tan actual como cuando tu tarabuela aún caminaba por el mundo. Quienes hacemos revistas somos aficionados a quejarnos de los horarios, los cierres de edición, la paga, lo pronto que nos olvidan los lectores. Pero lo único que realmente nos amarga la vida es que desde el cuarto de máquinas, estando siempre detrás del telón, es imposible ser parte de la sorpresa que trae consigo cada ejemplar impreso. Cuando una coge una revista, se enfrenta a un misterio que dura desde la tapa a la contratapa. Y es esa expectativa la que nos mueve a pasar las páginas, a detenernos en una fotografía hermosa, un destacado sorprendente, una frase bien escrita, un dato útil e inesperado. A partir de la próxima semana, cuando mi firma ya no las salude desde esta página, confío en recuperar esa sorpresa, ese placer. Gracias por tanto. Hasta la próxima oportunidad.