La palabra del año

 De entre los caprichos que nos impone el calendario, hay uno que goza de mucha popularidad entre los periodistas: las listas de fin de año. Una suerte de inventario de sucesos auspiciada por la premura de cierre, los asuetos decembrinos y un afán de -con suerte- marcharse a casa un poco más temprano en Nochebuena o Nochevieja.

Los diccionarios Oxford publican desde 2004 su palabra del año (podcast hizo su debut en 2005, selfie en 2013 y post-truth fue la campeona de 2016). De entre los ciento cincuenta millones de vocablos que sus expertos examinan en blogs, diarios, libros, posts de redes sociales y transcripciones de inglés hablado, ellos eligen no la más nueva sino la que mejor refleje “el etos, estado de ánimo o preocupaciones de ese año en particular y tenga potencial como palabra de significancia cultural”, según explica su página web.

 

En castellano, la Fundación del Español Urgente (Fundeu) que auspicia el BBVA hace lo mismo desde hace cuatro años. En nuestro idioma, selfi fue la elegida para el 2014 y populismo la del 2016. El criterio, como se ve, no es el neologismo ni la novedad tecnológica, sino el zeitgeist, el espíritu de los tiempos. De hecho, Google usa esa palabra en alemán como título de su sección de tendencias de búsqueda: “El informe Google Zeitgeist revela aquello que captó la atención del mundo durante el año pasado: nuestros intereses, pasiones y momentos decisivos vistos a través de la búsqueda”. Mientras tecleo esto, aún es noviembre y ni Google ni la Fundeu ni los diccionarios Oxford han publicado su selección de vocablos de moda para este 2017.

Desde la miopía del presente, propongamos candidatos desde esta esquina del mundo: fakenews, heteropatriarcado, arepa, “resultado analítico adverso”, acoso sexual, #niunamenos, Gareca. En mi hit parade de Manías Textuales estarían también Melania Trump, huaico, censo, separatismo, fatshaming, terremoto, meme. Y una inquietante palabreja inglesa que estuvo a punto de quedarse en el tintero. Un neologismo que no creo que alcance este año la fama pero que valdría la pena visitar.

Ningún diccionario en castellano consigna aún entre sus páginas un equivalente para dox o doxing, una escalofriante práctica que une dos dimensiones paralelas casi siempre con funestas consecuencias: revela la identidad y datos personales de una persona en Internet. Si en la vida real tenemos DNI, brevete, domicilio, vecinos y fotocheck de la oficina y en redes sociales nos comportamos como trolls enfurecidos, émulos de Kim Kardashian o comprometidos clickactivistas es porque tendemos a creer que un universo -el de la vida real- y el otro -el de Face, Twitter o Instagram, existen en planos separados. El doxing existe igual que ese espantoso agujero que en la serie Stranger Things conecta la maldad de los demonios del Upside down con la apacible y bien musicalizada existencia de pueblo chico.

“Dox por lo general tiene una connotación negativa –explica Megan Garber en The Atlantic– no sólo porque se percibe como una violación a la privacidad de alguien sino porque a menudo se utiliza como una suerte de mecanismo de represalia en las discusiones online”.

¿Que llevaste una antorcha encendida mientras cantabas cancioncitas racistas en una marcha? Ahora tus colegas judíos lo saben. ¿Estacionaste en un área reservada para personas discapacitadas y luego escupiste a la transeúnte que te lo reclamó? Publicamos la dirección de tu casa en un grupo de vigilantes ciudadanos de tránsito. ¿Amenazaste a una popular twittera usando una cuenta ligada a tu negocio? Tendrás que cambiar tu número de teléfono para evitar que te sigan llamando para insultarte. ¿Hiciste una seña obscena a la caravana del presidente cuando se cruzó en el camino de tu paseo en bici? El departamento de Recursos Humanos tiene malas noticias para ti.

El reposo posterior a las fiestas navideñas supone una pausa al vértigo que nos ataranta casi todo el resto del año. El vistazo a las palabras que hemos incorporado a nuestro vocabulario debería de ser algo más que un catálogo de novedades lingüísticas: un pretexto para, diccionario en mano, ampliar nuestra capacidad de enunciar, dialogar y construir. En el idioma y la plataforma que sea.

(Publicado en revista h, diciembre de 2017)

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