#thisweek: un padre, la fama y el dinero

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Un migrante vive siempre con un pie pisando en un lugar y la vista puesta en otro. Una parte de la semana pasada estuvo marcada brevemente por buenas noticias desde casa y por el otro por la partida de mi abuela paterna. Lo que escribí sobre ella fue un modo de sentirme cerca de mi papá, pero también -sin querer- de recibir el afecto de muchísimas personas y mantener la memoria de mi abuela.

Esto lo he pensado mientras conducía hoy, cuando por fin escuché el más reciente episodio de Revisionist History, el podcast de Malcolm Gladwell.

Aunque Gladwell dice desde el principio que es una historia sobre las obligaciones que tienen los padres con los hijos, durante un largo rato uno puede creer que se trata de un misterio en un sótano, o llegar a pensar que es un episodio sobre la ciencia que rodea la alimentación y las enfermedades cardiacas. Gladwell, que acababa de perder a su padre cuando grabó ese episodio, hace una reflexión sobre el modo que tienen los hijos de mantener viva la memoria de sus padres.

“¿Cómo hacemos eso? No honrando las creencias de nuestros padres. Somos personas diferentes que ellos. Nacidos en una era diferente, formados por fuerzas diferentes. Lo que estamos obligados a honrar en nuestros padres son sus principios, las reglas por las que ellos vivieron su vida”.

 

Aquí pueden escucharlo completo. 

Y en más lecturas trascendentales, por casualidad ayer me jaló el ojo una columna del NY Times sobre por qué no importa que no todos seamos famosos. La escribía Emily Esfahani Smith, quien escribe a menudo sobre la ambición, la vida moderna y la psicología positiva. (Dicho así puede parecer solo una nota más de autoayuda vaporosa, pero no se vayan todavía).

Esfahani Smith dice que aunque las redes sociales nos crean la falsa ilusión de que hay que la vida hoy solo tiene sentido si uno llega “a ser alguien”, la realidad es otra. Y recurre a la literatura para avanzar el argumento. Ella cita una frase de “Middlemarch”, de George Eliot que he querido subrayar y que está acá abajo:

“Su cabal naturaleza, como la de aquel río cuyo cauce Ciro I  atravesó, se derramó en canales que no fueron muy distinguidos en la tierra. Pero el efecto de su ser en los que la rodearon fue incalculablemente expansivo, porque el creciente bien del mundo depende en parte de hechos sin historia, y que las cosas no sean tan malas para ti y para mí como pudieran haber sido, se debe en parte a los muchos que vivieron fielmente una vida oculta, y descansan en tumbas no frecuentadas”.

¿Bonito, no?

Si no conocen a George Eliot y tampoco tienen tiempo de leer un libro de 800 páginas, tal vez la ilustración de Eleanor Davis les abra un poco el apetito.

Y en lecturas menos filosóficas y más urgentes hoy vi pasar un artículo de  Kenneth Rogoff que compartió mi amiga Mariana Rangel (que algo sabe sobre Economía) en contra del uso del dinero en efectivo. Ella acaba de mudarse de California a Monterrey y ha descubierto que ahí, además de la tiendita de la esquina, también los colegios y consultorios médicos prefieren recibir los pagos en dinero contante y sonante. Casi de inmediato, alguien más compartió un paper que refuta algunos de los argumentos con un subtítulo bien catchy: así como los condones no promueven la lujuria, el efectivo tampoco promueve el crimen.  El debate me parece fascinante: aquí en Perú solo el 30% de la economía está bancarizada y también se produce la mayor cantidad de dólares falsos. Un fenómeno que Daniel Alarcón resumió con genialidad en una frase mínima que no me atrevo a traducir: “I’ve seen Limeños grind a coin between their molars“. Vayan y lean el resto.

 

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A propósito de Harvey (el huracán)

 

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Photo by Gian-Reto Tarnutzer on Unsplash

Nadie en Lima tiene paraguas, se excusaba en Londres Antonio Cisneros cuando durante un aguacero no poseía otra protección que un techo de periódico sobre la cabeza. Cuarenta años después, los habitantes de esta capital seguimos ufanándonos ante los visitantes: aquí no necesitamos ni botas de hule, ni meteorólogos en los noticieros todas las mañanas antes de salir ni esos relucientes impermeables amarillos que llevan los niños en las películas de Hollywood. Olvidamos que la lluvia es solo un vehículo distinto para esa agua obediente que sale del caño y que embotellada nos parece ultra saludable. Morimos por ella y -si nos descuidamos- también a causa de ella.

Una vez, en 2010, los habitantes de Nashville, Tennessee, en Estados Unidos, vieron llover durante 36 horas. “¿Por qué la gente se queda a mirar mientras el agua sube?” se preguntaba la novelista Ann Patchett después de que su ciudad se inundara. Aquella vez cayeron 344 mm de agua y 26 personas murieron ahogadas. Cuatrocientos negocios cerraron y mil quinientos empleos se perdieron. Dos años después, uno de los centros comerciales más importantes de la comunidad seguía clausurado.

“Hay cosas de la naturaleza humana que jamás entenderemos -reflexionaba entonces Patchett-  pero una parte puede explicarse porque una inundación, cuando empieza, es solo lluvia. Nada tan súbito como un terremoto ni tan imperativo como un incendio”. Y concluye con una verdad que ni siquiera en Lima debería alguien atreverse a contradecir: “La lluvia sucede todo el tiempo”.

Los inquilinos temporales de Lima -como yo, que nací en tierra de huracanes- nos maravillamos al pensar que, en efecto, un paraguas aquí solo acumularía moho y ocuparía espacio. Pero ha resultado ser un espejismo: al país se le vino encima el huaico y no solo nos faltan impermeables y botas de hule sino alcantarillas, fondos de emergencia y puentes resistentes. Olvidamos que los paraguas, los cuerpos de bomberos y el dinero para la reconstrucción, igual que los divorcios, las endodoncias y las prisiones, no aparecen en los episodios felices sino que suceden para librarnos de un mal momento. Por eso nos alegra y nos reconforta contar con ellos cuando el agua nos llega al cuello.

“No es mi culpa si llueve y mi pellejo es el único muro que contiene la ciudad asediada”, escribía Cisneros en otro de sus poemas. No hay una sola persona culpable de que llueva, eso es verdad, como cierto es también que vivir en este desierto costero -donde no escasea el agua- a veces nos reseca la empatía. Por estos días en la capital hemos vuelto a tomar duchas con frecuencia, a despachar a los chicos al colegio y a dejar de postear imágenes de Piura y datos de centros de acopio. Es posible que volvamos a creer que no precisamos de paraguas. El sociólogo Hugo Neira se admiraba hace unos días en su blog de “tantos peruanos meditabundos ante la furia de las aguas. Pensar es bueno. Las lluvias han sido un aterrizaje de 30 millones de seres humanos en el siglo XXI. Y algo podemos hacer para no tener que atravesar el pellejo -y arriesgar la vida- para contener el aguacero.

Perderemos el tiempo si solo nos dedicamos a ubicar los chubascos y sus consecuencias en una línea del tiempo: una persona muy longeva verá en toda su vida tal vez ocho catástrofes causadas por la lluvia. Un político exitoso -esos que duran más de cinco años recibiendo un sueldo de los ciudadanos- deberá preocuparse solo por un gran huaico en toda su carrera. Pero los campesinos, los meteorólogos y otros expertos de los asuntos de la Tierra saben que la respuesta está mejor expresada en un círculo que en una línea recta. Si no, pregúntenle a un niño de primaria que mira atentamente la pizarra mientras el profesor dibuja el ciclo hidrológico del agua.

(Columna publicada originalmente en febrero de 2017 en Revista h).