Más -mujeres- policías

Somos un país de violadores, de víctimas. Eso sugieren las últimas cifras, aunque los adjetivos y generalizaciones puedan poner a algunos en guardia y terminar la discusión antes de que empiece. Un dato que ayudaría a replantearla: Perú fue el primer país de América Latina en incluir mujeres en la policía. Hace 60 años, justo después de que nuestras abuelas votaran por primera vez. Aquel debió ser un tiempo de optimismo y progreso.

Sabemos que una fuerza policial igualitaria es también menos propensa a aceptar coimas, a usar fuerza innecesaria, a ignorar la violencia doméstica. Los policías varones tienen mejor desempeño si tienen más colegas mujeres. “No hay mayor agente disruptivo que una policía mujer”, escribe la periodista Sarah Smarsh. En su artículo “A favor de más policías femeninas”, Smarsh -cuya abuela fue policía- pinta el panorama en Estados Unidos, donde la llamada más frecuente al 911 es por violencia doméstica, pero solo el 10% de los policías son mujeres.
El Perú está algo mejor. Según un censo de 2015, en el país hay 118,000 policías. Este año, el Mininter indicó que 22 mil peruanas forman parte de la PNP. El 18%. Un reporte de la ONU menciona a las “comisarías de la mujer” peruanas como una estrategia prometedora para acabar con la violencia de género. Un paso más sería que no solo veamos a otras mujeres dirigiendo el tránsito en algunas de las esquinas más congestionadas de la capital, o que las encontremos en las comisarías de la mujer atendiendo las denuncias de violencia familiar, sino que su valentía y trabajo las lleven a puestos de mayor liderazgo. Lupe Valdez es la sheriff de Dallas, Texas, desde hace más de una década. La vi en la televisión dando un discurso de apoyo a Hillary Clinton. Dijo: “Nos ponemos nuestra placa todos los días para servir y proteger, no para odiar y discriminar… la violencia no es la respuesta. Gritar, vociferar e insultar no resolverá nada. Hablar solo con los tuyos en un idioma que solo ustedes entienden no lleva a ninguna parte. Tenemos que empezar a escucharnos unos a otros”. La sheriff Valdez es una mujer lesbiana hija de inmigrantes. Como representante de esas minorías es un ejemplo de diversidad en el páramo conservador de Texas. Pero Valdez conserva el puesto no por ser un símbolo de los grupos identitarios a los que pertenece, sino porque gracias a su trabajo y habilidad política los ciudadanos la han puesto tres veces -este año intentará conseguir un cuarto mandato- a cargo de su seguridad. La igualdad, creo, no pasa por elegir símbolos, sino por crear las condiciones para que cualquiera -una mujer, una lesbiana, un inmigrante- con el talento y el esfuerzo necesario tenga éxito en lo que se proponga. El primer paso es asumir que el juego ha estado amañado. Y eso parece que a muchos les cuesta demasiado. (Publicado en viù! el domingo 7 de agosto de 2016)

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