San Valentín

Valentín. Un supuesto mártir de la iglesia católica que, dice una leyenda, murió por una obstinación romántica: a escondidas del emperador romano de turno (Claudio II), casaba a los soldados con sus enamoradas. Según aquel tirano -continúa la leyenda-, el soldado ‘matrimoniado’ era un guerrero distraído e inepto para la profesión. No se podía defender un imperio y querer muchísimo a una mujer. Es poco probable que Valentín haya existido -el Vaticano ha borrado su fiesta del calendario hace más de 40 años- pero hoy aquel santo apócrifo tiene una fiesta secular. La organizan, decimos con cinismo, las industrias del chocolate, de las florerías, de los peluches, los diamantes y del turismo sensual a hoteles con jacuzzis y espumante de cortesía. Nadie disfruta más el día de San Valentín que los marketeros de dichas negocios, y las adolescentes. Para muchas, es la primera vez en la vida que recibirán una flor o una tarjeta tierna. Prepararán brownies, se vestirán de rojo, intercambiarán cartitas con sus amigas en el cole. En esa fecha, yo misma me animé a decirle que sí a un muchacho que me pidió ser su enamorada. Ese día nos tomamos de la mano por primera vez. Otro novio posterior solía llevarme serenata -y rosas- los catorces de febrero a medianoche. Yo solo podía salir a darle un beso tímido al zaguán de la casa. Cada vez que cuento esto último, el hombre con me casé se ríe de aquellas mis cursis escenas adolescentes. Y yo me río junto con él, él que jamás llegaría acompañado de un Mariachi a cantar bajo un balcón miraflorino. Lo nuestro, como lo de la mayoría de parejas, no es un amor en blanco y rojo. No descansa en pétalos de rosa ni se excita comiendo chocolates hiperazucarados. Lo que nos une no es un par de sugerentes esposas de peluche. Pero siempre tenemos la opción de celebrarlo. Yo sé que lo haría si me hiciera sentir la misma emoción que aquellos san valentines de la década de los 90: la sorpresa, la ilusión. Ese tener la cabeza rodeada de pajaritos que cantan y los pulmones repletos de mariposas inquietas. Hoy eso lo encuentro en otra parte, de otros modos. De San Valentín me quedo con esa terquedad mortal de permitir que los que quieran distraerse (o refugiarse) de sus guerras personales con un compañero para toda la vida así lo hagan. Todos deberían tener ese derecho. (Columna en viù!, Febrero de 2015)