Volver atrás -decía mi abuela- no sirve ni para tomar impulso. Ella era una mujer enfocada en el futuro. Planeaba, soñaba, imaginaba. Yo, que no me parezco tanto a ella como me gustaría, vuelvo a menudo sobre mis pasos. Lo hago al menos dos veces al día, cada vez que pierdo mis llaves, o no encuentro el celular, o no estoy segura si apagué los foquitos del árbol. También soy asiduaviu51 del pasado siempre que cometo un error: por masoquismo, pero también porque la única forma de no repetir el fracaso es conociéndolo. Otras veces, me gusta mirar atrás por boba y cursi: suspirar con aquel recuerdo adolescente, derramar una lagrimita nostálgica por la infancia perdida. Los días previos a la Nochevieja, como hoy, son adecuados para los turistas de la melancolía. El año nuevo -escribió Julio Ramón Ribeyro- llega como la presencia ‘enojosa’ de un acreedor. Leo esas palabras 60 años después y me imagino al 2015 como un señor gordo al que uno le debe dinero. Uno se asoma por la ventana y quiere decirle que todavía no, que un ratito más, que el lunes sin falta y a primera hora pagaremos aquella deuda. Tal vez miramos al 2014 con la misma cara con la que se miran los amantes que se despiden en el aeropuerto. O con el alivio de quien se deshace -por fin- de una visita que mastica con la boca abierta y nos ensucia la alfombra. A mí me gusta pensar que el 2015 es ese desconocido apuesto junto al que nos toca sentarnos en el bus. Tal vez tenga mal aliento, pero eso no lo sabré si no entablamos conversación. Y aunque su colega el 2014 no siempre fue amable conmigo, me da una inmensa curiosidad lo que traiga consigo. Y creo que eso me contenta. En la misma carta sobre la naturaleza ‘enojosa’ del Año Nuevo, Ribeyro escribe: «La verdadera felicidad estaría constituída por un perpetuo estado de iniciación, de sucesivo descubrimiento, de entusiasmo constante. Y aquella sensación sólo la producen las cosas…que nos ofrecen resistencia o que aún no hemos asimilado». El calendario nos regala de esta forma una excusa para ser felices. Tomemos la novedad ahora. Echa un último vistazo al año que se va y hazlo con un corazón agradecido. «Ser ingratos con nuestro pasado es una de nuestras peores ingratitudes. -escribe Ribeyro- ¿No forma acaso parte de nuestro tesoro particular cada uno de nuestros días?». La noche del 31 celebremos un funeral feliz. Enterremos los días que dejamos atrás con perdón y gratitud.

(Viù! No. 51. Domingo 28 de diciembre de 2014)

Viaja con él

Viaja siempre con tu esposo, me dijo con urgencia un médico, segundos después de preguntarme mi edad y mi estado civil. Parpadeé del modo que suelo hacer cuando no comprendo lo que escucho. «Si él viaja solo van a empezar los problemas», me advirtió durante aquella bizarra consulta. Balbuceé que no puedo tomar vacaciones del trabajo cada vez que él debe irse. «Pues te las arreglas. Hay maneras», sentenció. Yo estaba allí porque quería saber si podía extirparme un lunar que me molesta un poco. También me daban curiosidad los distintos masajes y tratamientos para bajar de peso ‘clínicamente probados’ que ofrecía este especialista. (Después de todo, el verano está a la vuelta de la esquina y a nadie le viene mal afinar un poco la cintura o reafirmar las piernas antes de ponerse el traje de baño). Minutos después, mientras aquel doctor examinaba mi rostro debajo de una luz fluorescente y hablaba de láser y cicatrices, yo no estaba preocupada por la posibilidad de cáncer de la piel. Cuando me pidió que me levantara el polo para ver si podía hacer algo por aquellos rollitos, mi mente voló a su primera advertencia: si mi marido anda solo por ahí, seguro que se va con otra. Quise contarle que la última vez que viajamos lo hicimos en aviones distintos, porque nuestras agendas no coincidían. Al final de aquella consulta no hice cita para la siguiente. Rechacé la lipoescultura que me sugirió y no quise saber más de mi lunar incómodo. Ese día, aquella clínica perdió una paciente y varios cientos de soles. ¿Por qué traficar con nuestras inseguridades? Feliz de la vida me habría hecho uno u otro tratamiento si solo hubiera apelado a mi bienestar. A mi yo egoísta. Bastaba: «Con esta máquina te olvidarás de la celulitis y cada vez que te pongas un bikini te sentirás regia». ¿Cuántas mujeres se operan la nariz con la esperanza de que alguien les proponga matrimonio? ¿Cuántas se tiñen de rubio para tener más chances de que las contraten? Bienvenidas sean las mejoras y caprichos estéticos más extravagantes. Obligatorios todos los chequeos y despistajes más desagradables. Pero que sea egoísmo puro. Que no sea el miedo el que te lleve a la peluquería. Que no te asuste negarte una vez a acompañar a tu pareja a esa aburrida reunión. Que no te aterrorice hacer cita para tu siguiente mamografía (esa que estás postergando). Que el miedo te acompañe es inevitable. Pero que no te domine.

(Columna en viù!, 21 de septiembre de 2014)