Vocación

Vocación de madre, de profesora, de médico, de bailarina, de sacerdote, de poeta. Ese llamado inexplicable a hacer tal o cual cosa parece tener un sesgo hacia la nobleza. Como si una voz nos susurrara con urgencia: anda a evangelizar a África Subsahariana, a curar las heridas de los leprosos, a madrugar para llegar a tiempo a enseñarle a los niños a leer y escribir. Dicen los artistas en las entrevistas: «siempre supe que lo mío era el arte». Pero ¿cuántas de nosotras hemos tenido una revelación tan clara? ¿Cuántas adolescentes postulan a la universidad con plena convicción de que quieren, en efecto, pasarse la vida como contadoras, administradoras o publicistas? Cuando era niña estaba resuelta a ser odontopediatra. Lo repetía una y otra vez cada vez que alguien me lo preguntaba. Y confirmaba aquella prematura vocación cada seis meses cuando visitaba con entusiasmo el consultorio dental: mi doctora era una joven bonita e inteligente. Su oficina tenía un precioso vitral de una jirafa y cuando era tu cumpleaños te enviaba una tarjeta por correo. Me parecía lo máximo. Todo eso quedó muy lejos cuando tuve que marcar la carrera de mi preferencia en el examen de admisión a la facultad. Recuerdo la escena con bastante claridad: era una tarde de agosto y, mientras hacía cola detrás de otra docena de estudiantes tan inmaduros como yo, me debatía entre Comunicación y Relaciones Internacionales, como quien está a punto de elegir un boleto de lotería. La prueba de intereses vocacionales había dicho que podía ser una buena abogada. Mis padres deseaban en secreto –aunque jamás me lo dijeron– que fuera ingeniera, como ellos. Mi abuelo materno decía que hacía falta un doctor en la familia. Lo único que yo sabía era que me encantaba ir a la escuela y que quería viajar. No me atrevía a decir en voz alta que lo que de verdad deseaba era que algún día alguien me pagara por leer y escribir.  Pasaron más de 12 años para que eso sucediera, casi como por accidente. El filósofo François-René de Chateaubriand escribió «un maestro en el arte de vivir no distingue entre el trabajo y el juego; su labor y su placer; su mente y su recreación. Con dificultad sabe cuál es cuál. Simplemente persigue su visión de excelencia a través de lo que sea que esté haciendo». Cuando uno va a su trabajo como si fuera a una fiesta, cuando espera con gusto que termine el domingo para estar frente a la computadora o ver a sus colegas, uno sabe que ha encontrado su sitio. Que sea lunes.

(Semana viù! 14 de Septiembre 2014)