Venecia

Venecia: una abogada de ascendencia libanesa se casa con un actor estadounidense de ojeras atractivas. Durante las últimas semanas hemos mirado -y admirado- sin cansarnos las fotografías de aquella fiesta. Y hace algunos meses lo mismo sucedió con Angelina Jolie. ¿Por qué se animó Amal Alamuddin a decirle que sí a ese playboy empedernido? ¿Para qué se vistió de blanco tradicional la menos convencional de las actrices de su generación? ¿Por qué la industria de las bodas crece y crece aunque también lo hace la estadística de divorcios? Porque somos optimistas, porque creemos en el amor y nos gusta celebrarlo, porque creemos que vale la pena decir en público que uno pretende pasar el resto de su vida siéndole fiel a la misma persona. Y, también, porque nos gusta bailar, beber y usar zapatos lindos. Rodeadas de gente que nos quiere. Me declaro fan de las bodas. Tanto, que aunque aún no cumplo ni medio año de casada, a menudo me siento con ganas de volver a celebrar mi matrimonio. Pero no siempre fue así: durante la mayor parte de mis veintes fui escéptica, cínica y despectiva respecto a todo el numerito. Veía con tristeza cómo mis guapas, equilibradas e inteligentes amigas perdían la cabeza por aquella dichosa ocasión. Deslumbradas por el brillante que llevaban ahora en el dedo anular, no hacían otra cosa que hablar de flores, fotógrafos y canapés. Rompían en llanto cuando el vestido no les quedaba y atormentaban a sus futuros maridos para que eligieran juegos de vajilla en las listas de regalos. Hasta que me topé con un hombre que me hizo entender que una boda en abstracto no me atraía. Pero casarme CON ÉL sí me apetecía. Así que ahora soy mucho más comprensiva, aunque algunos rituales me siguen pareciendo absurdos, cursis y sobre todo, innecesariamente caros. Y al menos esto último merece la pena repensarse: Hace unos días, Andrew Francis y Hugo Mialon, economistas de la Universidad de Emory (EE.UU.), publicaron un estudio que sugiere que, entre más costosa es la boda, menos probabilidades tiene de durar el matrimonio. Tal vez las deudas contraídas estresan a los novios. Tal vez una fiesta demasiado cara es síntoma de que algo anda mal en la relación. «Dime de qué presumes -decía mi abuela- y te diré de lo que careces». Pero un poquito de extravagancia bien pensada no tiene nada de malo. Y cuando llegue el día disfrútalo, futura novia. Nosotras brindamos para que te sientas como en una fiesta todos los días después de ese día.

(12 de octubre en viù!)

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Vota así

Vota ASÍ, dicen los letreros que a partir de mañana serán basura. Vota por fulano, por zutana o mengano. Vota para que la ciudad cambie. Vota para que siga el curso que lleva. Hazlo por los niños. Piensa en el futuro. Vota porque es obligatorio en este país. Porque de otro modo tienes que pagar la multa. Porque no quieres líos al momento de renovar tu pasaporte. Vota porque tu bisabuela murió sin poder hacerlo. Vota con los pies en la tierra: la democracia no es un acto de magia ni una panacea. Vota con la cabeza fría y el corazón contento. Vota no como quien termina una carrera sino como quien recién emprende una maratón. Vota con la confianza de que –como con un costoso par de zapatos– si te equivocas al elegir, tienes la temporada siguiente para cambiar de opinión. Vota con la misma convicción y disciplina que te desmaquillas después de una noche larga o te examinas los pechos en la ducha. Vota del mismo modo concienzudo que elegiste el colegio para tus hijos.

Mi primera experiencia electoral ocurrió en 1985. Aquel día de setiembre volví a casa arrastrando con desgano la mochila: había perdido las elecciones para ser representante del grupo 1º A de mi primaria. Mis padres me explicaron que aquella derrota era predecible: Maribel, la chica pelirroja que ganó, tenía más amigos que yo, que era nueva en ese colegio. De consolación, me convertiría en funcionaria resignada: el resto del año yo borraba la pizarra cada vez que la profesora lo indicaba. Me propuse que, en segundo grado, la representante sería yo. No había campañas electorales. Solo había que levantar la mano el día que la profesora preguntara quién quería postular. Eso era fácil. Lo difícil, para una niña tímida que no sabía atarse los pasadores –un símbolo de fracaso total en primero de primaria– era tener más amigos que Maribel. Así que me pasé el año haciendo lo que una niña entiende por política: memoricé los apellidos de todos los niños del salón. Limpiaba con ahínco la pizarra. Si alguien necesitaba ayuda con los problemas razonados, ahí estaba yo. Compartí mi lonchera con una niña a la que nadie le dirigía la palabra. Aprendí a declamar. Me porté mejor que nadie. Al año siguiente fui la jefa de mi grupo. Así que hoy vota contenta tú, ciudadana registrada, que esta vecina tuya se ha quedado con las ganas.

(Domingo 5 de octubre en viù!=