Víctimas

Víctimas del tráfico lento, condenadas a pasar 77 minutos atrapadas en un vehículo que huele mal, mirando pasar la ciudad de concreto por la ventana. Víctimas del chiflido insolente el día que decidimos salir de casa vestidas con botas y falda por encima de la rodilla. Víctima de cuatro adolescentes que te rodean mientras caminas con tu esposo por la calle, y te despojan de mochila, documento, billetera y tranquilidad. Víctima de la alharaca de los pasacalles electorales cuando lo único que quieres es comer un sudado de pescado en paz. Víctima de la distracción te olvidas de pagar -otra vez- el recibo de la luz. Víctima de un ladrón que se ha llevado tu celular mientras almorzabas una hamburguesa. Víctima de un descuido apasionado, embarazada antes de tiempo. Víctima de un tornillo mal colocado que rasga tu panty justo antes de una entrevista de trabajo. Víctima de las amenazas de un hacker anónimo que asegura tener fotos tuyas sin ropa. Víctima de un extraño mal congénito que los médicos son incapaces de aliviar. Víctima de un rumor que cuestiona el modo en que lograste el ascenso que te dieron en la oficina. Víctima de la negligencia de un obstetra que ha puesto en peligro tu vida a causa de sus principios religiosos. Víctima de la indiferencia de tu marido, que se queda a dormir en casa todo el día, mientras te pasas el día sin ducharte transportando a los niños al colegio, el básquet, el ballet. Víctima de la moda que te obliga a llevar unos zapatos puntiagudos que te hacen sangrar los dedos. Víctima, condición de injusticia, daño, sacrificio. Víctima, sustantivo en femenino. No existen los víctimos, aunque ellos son igualmente receptores de violencia, enfermedad, perjurio, estrés. Ser víctima es feo pero, en ciertos casos, también puede ser lo más fácil. Alcemos la voz. Denunciemos. Pidamos auxilio. Recurramos a un experto. Llamemos a la policía, a mamá, al ajustador de la compañía aseguradora. Y cuando la situación no tenga más remedio renunciemos a la queja, abandonemos la tentación de poner cara de ‘pobrecita yo’. Una víctima tiene los ojos tristes y la esperanza perdida. Las sobrevivientes levantan la frente y sonríen.

Vocación

Vocación de madre, de profesora, de médico, de bailarina, de sacerdote, de poeta. Ese llamado inexplicable a hacer tal o cual cosa parece tener un sesgo hacia la nobleza. Como si una voz nos susurrara con urgencia: anda a evangelizar a África Subsahariana, a curar las heridas de los leprosos, a madrugar para llegar a tiempo a enseñarle a los niños a leer y escribir. Dicen los artistas en las entrevistas: «siempre supe que lo mío era el arte». Pero ¿cuántas de nosotras hemos tenido una revelación tan clara? ¿Cuántas adolescentes postulan a la universidad con plena convicción de que quieren, en efecto, pasarse la vida como contadoras, administradoras o publicistas? Cuando era niña estaba resuelta a ser odontopediatra. Lo repetía una y otra vez cada vez que alguien me lo preguntaba. Y confirmaba aquella prematura vocación cada seis meses cuando visitaba con entusiasmo el consultorio dental: mi doctora era una joven bonita e inteligente. Su oficina tenía un precioso vitral de una jirafa y cuando era tu cumpleaños te enviaba una tarjeta por correo. Me parecía lo máximo. Todo eso quedó muy lejos cuando tuve que marcar la carrera de mi preferencia en el examen de admisión a la facultad. Recuerdo la escena con bastante claridad: era una tarde de agosto y, mientras hacía cola detrás de otra docena de estudiantes tan inmaduros como yo, me debatía entre Comunicación y Relaciones Internacionales, como quien está a punto de elegir un boleto de lotería. La prueba de intereses vocacionales había dicho que podía ser una buena abogada. Mis padres deseaban en secreto –aunque jamás me lo dijeron– que fuera ingeniera, como ellos. Mi abuelo materno decía que hacía falta un doctor en la familia. Lo único que yo sabía era que me encantaba ir a la escuela y que quería viajar. No me atrevía a decir en voz alta que lo que de verdad deseaba era que algún día alguien me pagara por leer y escribir.  Pasaron más de 12 años para que eso sucediera, casi como por accidente. El filósofo François-René de Chateaubriand escribió «un maestro en el arte de vivir no distingue entre el trabajo y el juego; su labor y su placer; su mente y su recreación. Con dificultad sabe cuál es cuál. Simplemente persigue su visión de excelencia a través de lo que sea que esté haciendo». Cuando uno va a su trabajo como si fuera a una fiesta, cuando espera con gusto que termine el domingo para estar frente a la computadora o ver a sus colegas, uno sabe que ha encontrado su sitio. Que sea lunes.

(Viú! 14 de septiembre de 2014)

Vasitos de plástico con tapa antichorreo. Cuchillos de punta roma. Manteles impermeables. Sospechosos nuggets de pollo, deprimentes hamburguesas y aburridos tallarines a la boloñesa. Cucharas recubiertas de jebe. Comensales de corta concentración, incapaces de masticar con la boca cerrada, de quedarse sentados más de 35 minutos, propensos a meterse debajo de la mesa. El imperio de los restaurantes infantiles es un fenómeno de última generación. Durante buena parte del siglo XX, los restaurantes fueron sitios para adultos. Y los niños que asistían a ellos se comportaban como tales. Sin magos que vienen a la mesa ni cajitas con sorpresa. Sentarse a la mesa –a cualquier mesa- según el sociólogo francés Norbert Elias, es un proceso civilizatorio. Es decir, una forma de volvernos aptos para vivir en armonía con otros humanos. Alimentarse es un acto primitivo. Hacerlo en compañía nos obliga a controlar esos instintos. Al menos, dice Elias, eso aprendimos durante siglos: desde no limpiarse los dientes con un cuchillo, hasta evitar los eructos en la mesa. Cuando el prestigio no se gana con fuerza bruta –como en ciertos reality shows- dominar las funciones corporales es símbolo de refinamiento. Pero en una sociedad donde la burguesía crece, los buenos modales se vuelven asunto de la vida privada. En ese caso, el prestigio viene de lo que uno tiene-compra-gana-paga. Comer fuera no es un asunto de elegancia o exclusividad, sino una rutina de consumo. Y el pragmatismo del mercado –o la democracia del consumo- es perverso para los buenos modales. Al cliente, lo que pida. Y si el cliente tiene hijos y estos resultan ser unos minúsculos tiranos o chiquitines inquietos, el mercado les ofrecerá sitios hechos a su medida. No hay nada de malo en ello: ¡que vivan los restaurantes donde se puede dibujar en el mantel y disfrutar un panqueque con una carita sonriente de crema batida! Pero sería bueno que nos resistamos un poco a esa infancia prolongada y privilegiada. ¿No hay ya demasiados señores con actitudes infantiles y desconsideradas? ¿De verdad hacen falta letreros que nos prohíban tocar objetos frágiles? No recuerdo nada tan emocionante cuando era niña como las noches en las que me colaba en la mesa de los grandes: ahí la comida era mejor, la conversación estaba llena de enigmas para mi curiosidad y las servilletas siempre eran de tela. Creo que allí aprendí a ser adulta. O al menos a desearlo.