ET llama a casa

Lo normal es que alejarse de casa sea peligroso. Lo normal es que la casa paterna sea segura y el mundo inseguro. Lo normal es que las madres llamen a los hijos que se han marchado lejos para saber cómo están.La mía llama para asegurarme que en Reynosa todos bien. Lo que quiere decir es que ni a ella ni a mi padre ni a mi hermano les ha caído un balazo. Un domingo de marzo ella levanta el teléfono y anuncia: «Hoy se puso feo, pero todos estamos bien». Ella dice «se puso feo» y cuando colgamos busco en Internet qué significa eso. Lo normal sería buscar en los periódicos. Pero allí sólo está el nuevo presidente diciendo que vamos a transformar el país. Allí sólo está el nuevo horario de primavera, dieciocho grados centígrados, cielos parcialmente nublados.

Mordisqueo un pastel de chocolate que sobró del almuerzo y me entero. Ella quiso decir que en Reynosa se escapaba un tigre del circo, que los narcotraficantes incendiaban camionetas y que alrededor de mi padre y mi hermano estallaban granadas. Ella dice «todos estamos bien» y yo adivino que quiere decir que le alegra que nadie de los nuestros sea uno de los cuarenta muertos de esta noche. Los nombres de esos muertos nunca van a publicarse y por eso nunca vamos a tener la certeza de que hayan sido cuarenta como todo el mundo dice. Al despedirnos, mi madre no dice «cuídate». Ella no dice «anda con cuidado». Ella no tiene que preguntar si yo estoy bien, porque ya lo sabe. Yo estoy lejos. No le cuento del pastel de chocolate. El pastel a medio terminar ahora es un memorándum siniestro sobre la mesa: Emigrar es siempre una traición. Me fui sin pensar que sería para siempre. No me espantaron las balaceras. A ninguno de nosotros lo habían levantado. Los bombazos sólo eran en las casas de la gente mala.

Huí sólo de las calles polvorientas, del pueblo sin bibliotecas ni librerías. Cuando dejé Reynosa no conocía aún la vergüenza de su violencia. En esa época la frontera mexicana eran Tijuana, Mexicali, Ciudad Juárez. La frontera y su contrabando y sus putas y sus narcocorridos y todos sus clichés quedaban muy lejos de nosotros. «Aquí no es así», decíamos. Aquellas fronteras eran un malentendido, una injusticia para las demás. Para nuestras tierras de gente afanosa, recia, tosca pero honrada. Me fui sin saber que algún día tendría miedo de volver. Que me daría vergüenza admitirlo. Sobrevivir sin estar junto al peligro no tiene chiste. Te conviertes en un cobarde.

Los que se van para no volver son siempre sospechosos. Cuando yo era niña, casi todos los mayores que conocía se iban a estudiar fuera, pero volvían cada fin de semana, en las vacaciones, y después, cuando se graduaban, regresaban para quedarse. De vez en cuando, algún vecino «andaba huido». O sea, cruzaba la frontera para que nada malo le pasara tal vez porque algo malo había hecho. Sólo había esos dos modos de marcharse.

Hace quince años que me fui de Reynosa, la primera ciudad de mi biografía. Pronto habré vivido fuera más que a la orilla del Río Bravo. ¿Se puede todavía reclamar el gentilicio sin haberse tapado la boca de espanto? ¿Se puede decir que uno es reynosense aunque nunca haya atrancado la puerta con la prisa de las balaceras? La misma noche del pastel de chocolate hago lo que hacemos todos los que estamos a salvo, es decir, los que estamos fuera. Procuro un modo de tocar el peligro. De acercarme a la zozobra. De reclamar esa ciudad herida para mí. Youtube me regala quince minutos del tableteo de los cuernos de chivo, el rafagueo de las R-15s, de una que otra granada. De vez en cuando, las voces con

ese acento que huele a la casa de uno.

—No levantes, no tienes que estar grabando güee.

—¿Nos vamos p’allá atrás, Apá? — susurra una mujer

—Sí, p’atrás, p’atrás, p’atrás

Uno perro chilla. A lo lejos el ulular de una sirena. Puertas que se abren y se cierran. Autos que pasan a toda velocidad.

—Se oye gacho. Ya no tardan en entrar los soldados.

Dos tiros. Siete más lejanos que los contestan. Hay una vacante en el Cártel del Golfo y se la están peleando, dirán los rumores al día siguiente. En la esquina noreste del país la mayoría de la gente aprecia a los soldados. La última Navidad yo misma he visto a una anciana detenerse en un retén a entregarle tamales a unos militares. Esta noche, sabremos después, no habrá Ejército.

El resplandor azul de una sirena interrumpe la caja negra en Youtube.

—Ai viene la policía—se ríe entre incrédulo y resignado el camarógrafo. Más tiros. Una granada. O un basukazo.

—Están aquí, aquí en corto.

Catorce balazos taladran cerquísima. Están por todas partes. Siempre ha sido así pero nunca hicieron tanto ruido. Los narcos solían ser gente discreta. Vecinos pudorosos.

—Pinche tiradero de güeyes que debe haber ya—dice después de grabar durante ocho minutos y cincuenta y ocho segundos.

Dos días más tarde un escueto comunicado del gobierno informará que hubo dos muertos. Y veintitantos heridos. Nadie lo creerá. En las páginas más feas de Internet aparecen horas después fotos de calles y banquetas llenas de sangre y vacías de cuerpos. En los próximos siete minutos aullará una ambulancia. Pasarán las trocas. (Esos motores son de trocas con el pie sobre el acelerador). «Los de la gente», dice. Tres, cuatro trocas, rechinar de llantas. «Van pa’allá. Parece que ya se apaciguaron» y quiere suspirar ese testigo que es igual que tu padre y tu hermano y tus primos y tíos y los novios que tuviste en la secundaria. Luego, antes de que termine el audio, otros diez, doce, catorce, veintitrés tiros cruzados. Al final no se habían apaciguado todavía. En los últimos años no se apaciguan mucho rato.

Leer el periódico es tan detestable como sensual, escribía Marcel Proust, en
SENTIMIENTOS FILIALES DE UN PARRICIDA. Gracias a ese acto casi siempre acompañado de café con leche,encontramos«todas las desgracias y los cataclismos del universo de las últimas veinticuatro horas, las batallas que han costado la vida a cincuenta mil hombres […] transmutados en un regalo matinal para nosotros, que no tenemos nada que ver en ellos». Proust encontraba excitante y vigorizante la manera en que él mismo había recibido en el diario la noticia del crimen horrendo de un joven conocido suyo. Como él, y con el plato de pastel de chocolate abandonado a mi lado, también recibo con una espina de fascinación los horrorosos reportes. A diferencia suya, no es hojeando el periódico ni a través de un periodista anónimo.

Cuando se vayan apaciguando las cosas, tu mamá y una tía y un hermano y un compañero del colegio te contarán en voz baja y sin espanto, te escribirán como telegramas los pormenores de ese domingo diez de marzo en Reynosa: Una comadre y su esposo y otros cientos de personas atrapados en el cine, con las cortinas de hierro abajo, en función de permanencia involuntaria hasta la medianoche. También allí entraron «Eran unos huercos, corriendo entre la gente, armados». Una familia de la gente llegó con todo y mascota a cuestas a hospedarse a un hotel local antes de que empezaran las tres horas de tiros. A la mitad de la balacera llegarían otras gentes a llevárselos. La madre de un niño de cuatro años escribirá en Facebook lo difícil que es tirarse al suelo en medio de la función de circo mientras su hijo reclama: «¿Por qué me trajiste a este circo del terror, mamá?».Vivir hoy en Reynosa y en las ciudades cercanas, es como estar en una película de Tarantino, dice el único de mis hermanos que sigue ahí. Hace unos días un amigo suyo sintió una pedrada en el estómago. La bala de un R-15 había entrado por una ventana de su casa, rebotó en el techo y lo alcanzó. El pedazo filudo de metal pasó bajo la piel como un sedal y después salió. El muchacho sintió que el pellejo se le había mallugado. Después tomó una cámara. En su página de Facebook apareció una fotografía de su herida, otra de la bala. Una mancha roja que escurría sobre la piel. La punta de la munición intrusa entre los dedos.

Sí. Como en una película de Tarantino donde los personajes sangran y en lugar de huir o defenderse sacan una cámara de fotos y se dan el tiempo de elegir un filtro para registrarlo.

Alguna vez nos horrorizaron los retratos de estudio que a principios del siglo veinte se tomaban a los difuntos antes de sepultarlos. Hoy nuestros álbumes de fotos son un catálogo de peritajes de criminalística. Las llamadas a casa, noticieros de la crónica roja. Por teléfono sabré de un niño de tres meses alcanzado por una bala. Sabré de un niño de ocho años alcanzado por otra bala. El hijo de una señora conocida de mi papá. Mi padre y un puñado padres de los jóvenes adultos de mi generación que decidieron quedarse a guerrearla. Que se resisten a regalarles a los narcos, a esa gente, las calles donde nos
enseñaron a andar en bicicleta y a conducir el carro familiar. Que se quedan en Reynosa mientras sus hijos cruzan al otro lado para criar a los suyos en Texas. Y una generación de niñitos reynosenses, de paisanos tuyos ante los cuales te dará vergüenza un día admitir que nunca pasaste la hora del recreo adentro de un armario, que jamás escuchaste la palabra narco en voz alta cuando eras chica, que lo único que te asustaba del circo eran ciertos payasos y el rugido de los leones. Que temes que no te crean cuando les digas cuánto amor le tienes al pueblo del que te fuiste porque te fuiste. Que le reclamarán siempre al resto del país la indiferencia, la falta de cariño. Hay emigrantes que cocinan un plato nostálgico, que llevan en la maleta los cidís de la música regional, que exhiben en una repisa la fotografía del níspero en el jardín de la abuela. Yo cuelgo el teléfono con mi madre y busco el audio de la última balacera para sentir que todavía soy de ahí. Es el soundtrack de una huida involuntaria y culposa.
(Lima, Perú, Marzo 13 de 2013)

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