Los nuevos desafíos de la mujer barbuda

Julia Pastrana fue una indígena mexicana que hablaba cuatro idiomas, llamó la atención de Darwin y de Freud, y se casó con un doctor estadounidense que la mandó momificar después de muerta. Su cadáver embalsamado siguió recorriendo el mundo casi cien años después de que muriera trayendo al mundo a un niño que también murió (y que también anduvo por el mundo hecho momia en una cajita de cristal). La señora Pastrana, mezzo-soprano y acróbata ecuestre, le debió su fama a una barba negra y abundante. A su barba, al circo de su marido y a un infinito deseo de mirarla. Julia Pastrana era, para el público de fines de siglo XIX, una bestia peluda que cantaba como los ángeles. En sus giras la presentaban como ‘La mujer oso’, ‘El eslabón perdido’ o ‘La mujer más fea del mundo’. Ella era una curiosidad circense y nosotros siempre hemos sido animales de la curiosidad: pagamos para sorprendernos, para espantarnos, para creer en algo. Los circos de acróbatas, las películas de terror y las revistas de chismes han existido por eso. Y hoy cada quien lleva una ilusa cura contra el asombro en la punta de sus dedos: Google nos engaña con la apariencia de que casi no quedan misterios que unos clics no puedan resolver. Las películas con efectos especiales incluyen con el DVD el detrás de cámaras que revela la tecnología detrás de una ilusión óptica. En Internet se venden los secretos de los magos. Y los médicos saben ahora que la más célebre de las mujeres barbudas sufría hipertricosis, un síndrome que hoy desaparece con tratamiento láser o una navaja de afeitar. Hoy la única mujer barbuda que queda en un circo se llama Jennifer Miller y es profesora de performance y artes circenses en el prestigioso Pratt Institute de Brooklyn. Ella no ensaya una actuación sobre zancos para divertirnos, sino para denunciar la opresión y desafiar los prejuicios de un público aturdido. La barbuda profesora Miller usa nuestra antigua atracción por lo extravagante para educarnos desde la ironía: el programa de su circo también ofrecía «¡La increíble visión de un hombre gay sobreviviente!».

En el siglo XIX, Julia Pastrana no salía a la calle porque su marido no quería que nadie la mirara sin pagar: cuando ella estaba a punto de morir en Moscú, él ofreció entradas para quien quisiera ser testigo de sus últimas palabras. En el siglo XXI, Jennifer Miller va al supermercado de su barrio desafiando a quien se atreva a mirarla con curiosidad: dice que no se rasura la barba porque sería un modo de engaño. «Mantener un secreto —dice Miller— requiere una energía que debilita, sobre todo si es a causa de la vergüenza o el miedo». Hoy con Internet estamos asistiendo a perder el derecho al secreto. Es una victoria para celebrar contra los dictadores, los estafadores y los criminales. Pero junto con ellos hemos perdido también la confianza en los novios siempre fieles, el asombro ante la perfección de las reinas de belleza y la fe en las medicinas milagrosas. Después de tantas vueltas por circos, museos y laboratorios, en 2013 Julia Pastrana volvió a su tierra: el gobierno del estado mexicano de Sinaloa, donde había nacido, repatrió los restos de esa mujer que, entre la infamia y la esclavitud, había pasado su vida como una freak de tierras lejanas. Querían restaurarle la dignidad. El día de su sepelio, la función fue abierta para el público

Anuncios