Cuando te levantas de la mesa sin limpiar el plato

Cada vez que una madre chantajea a su hijo inapetente frente a un plato de comida diciéndole que no hay suficiente comida para miles de niños en el mundo, nos engaña. Cada vez que un profesor pronostica que el planeta morirá de hambre dibujando en la pizarra una gráfica donde la población crece más rápido que los alimentos, miente. Cada vez que una nueva tribu de freegans se zambulle en un basurero para rescatar restos de comida, pierde su tiempo ensuciándose las manos inútilmente. Cada vez que la ONU urge a adoptar una dieta de insectos para enfrentar la escasez mundial de proteínas, exagera. No hacen falta milagros ni dietas bondadosas ni invenciones futuristas ni experimentos radicales para que todo el mundo se llene la barriga de comida. La verdad es que hay comida de sobra para todos. La FAO calcula que mil trescientos millones de toneladas de alimento se van a la basura cada año en todo el mundo. Si se fundara un país con los niños que esconden el brócoli en la servilleta, con las modelos que mordisquean una manzana sólo para cumplir con el cálculo de una dieta, con los turistas que atiborran sus platos en los bufets all-you-can-eat, con los gerentes de supermercados que desprecian esos tomates medio golpeados, con los chefs que arrancan cabezas y colas de pescados para convertirlos en insípidos filetes, con los trasnochados que abandonan cajas de pizza en el refrigerador, con los pescadores que tiran por la borda los bacalaos que no tienen la talla que más vale en los mercados, ese imperio del derroche sería el tercer país más contaminante del planeta. En el Reino Unido, en 2009, unos científicos encontraron que se fueron por el drenaje unas trescientas sesenta mil toneladas de leche sólo porque los ingleses la habían servido en vasos más grandes que su sed. Estados Unidos descarta el cuarenta por ciento de todos los alimentos que produce, casi todos en perfecto estado. El escándalo mayor es que esos alimentos encontrarían mejor destino en la barriga de los países más hambrientos. Pero, también, esas pilas de basura perfectamente comestible se convierten en gases que asfixian al planeta. Depositar comida en los tachos de basura es un problema de consumo exagerado y también de pobreza en tecnología, conservación y agricultura. Llevarse una cuchara a la boca no es sólo un asunto de calorías. Visitar el supermercado no es sólo un problema de bolsillo. Elegir una semilla o repartir la tierra no es sólo una decisión de altos funcionarios. Sentarse a la mesa debería seguir siendo una cura para el vacío del estómago y el espíritu, no un banquete de culpabilidad frente al hambre ajena. Un derecho a la satisfacción y el goce. A ninguno le gusta recibir una mala noticia cuando por fin se dispone a comer. Haríamos bien en dejar de angustiarnos frente a la muchedumbre y creer que sólo quedan tres panes y dos peces para alimentar a tantos. Haríamos bien en dejar de esperar un milagro y empezar, simplemente, a compartir.

Todo está en tu cabeza

La nueva neurociencia pop corre el riesgo de convertirse en una suerte de horóscopo para aficionados a la ciencia ficción. No estoy triste: en mi estómago no hay suficiente serotonina. No estoy estresada: tengo un exceso de cortisol en la sangre. No estoy enamorada: mi cuerpo es un cocktail de adrenalina, serotonina y dopamina. Mi estado de ánimo puede describirse como una fórmula química. No tengo que ponerle al tiempo buena cara ni dejar de tomarme las cosas tan a pecho ni tener la cabeza fría. Se trata sólo de ajustar mi química cerebral. Adiós a la melancolía, la angustia y las mariposas en el estómago. Gracias a la Imagen por Resonancia Magnética funcional (IRMf) nuestros deseos, impulsos y personalidad se han convertido en un mapa estrambótico de rojos, azules y amarillos en el monitor de una computadora. La indisciplina de un hijo se cura con una pastillita. Los asesinatos en un centro comercial los traduce un experto en asuntos mentales. Según esta tendencia, nuestros conflictos más íntimos se resolverían con una receta médica de píldoras, una levísima descarga eléctrica y alguna terapia experimental. En una de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, los neuroanalistas políticos aseguraban que republicanos y demócratas eran biológicamente diferentes. Según una serie de estudios cuya confiabilidad ha sido cuestionada, las personas que tienden hacia la derecha en política tienen amígdalas más grandes mientras que los liberales tienen más materia gris en el córtex del cíngulo anterior, el sitio del cerebro donde se alojan funciones cognitivas como la toma de decisiones. Esto explicaría por qué los conservadores siempre están a la defensiva mientras que los liberales tienen mayor capacidad de adaptarse a los cambios. El gobierno de Barack Obama ha destinado millones de dólares para que sus científicos por fin comprendan cómo funcionan las cien mil millones de neuronas que tenemos en la cabeza. Vivimos en una era de neurocentrismo, advierten Sally Sattel y Scott Lilienfeld, dos profesores —ella psicóloga, él psiquiatra—en un libro llamado BRAINWASHED. Estamos encandilados por el arcoíris de IRMf: «La idea de que la experiencia humana y el comportamiento se explica mejor desde la perspectiva predominante o exclusiva del cerebro». El neuromárketing es el futuro. Compramos un auto porque el aviso en la televisión activó nuestra nostalgia. Elegimos a un candidato porque su contrincante político nos ha hecho sentir amenazados. No podremos jamás dejar de fumar porque la adicción ha cambiado la estructura de nuestro cerebro. El encanto de aquellos viejos tests de personalidad de las revistas para adolescentes ahora adopta validez científica en forma de frenología neuronal. Hay científicos que aseguran que nuestra amabilidad, extroversión y sentido de la responsabilidad están determinados por el tamaño de ciertas regiones de nuestro cerebro. Y, como agitan frente a nosotros esas coloridas fotografías de nuestra mente, les creemos. Por primera vez en la historia, se nos dice, es posible saber por qué somos cómo somos y por qué hacemos lo que hacemos.

Hasta una mañana de verano de 1966 en Texas, Charles Whitman era un hombre normal. Cajero de banco, estudiante de ingeniería arquitectónica, guía de niños exploradores, ese día Whitman asesinó a su madre y apuñaló a muerte a su esposa, hirió a treinta y dos personas y mató a disparos otras trece. Nadie, ni él mismo, sabía qué lo había poseído. Pero en la nota que había dejado antes de aquella carnicería había una petición: que le revisaran el cerebro. Hacía un tiempo que tenía dolores de cabeza y estaba seguro de que algo malo estaba ocurriendo dentro de ella. El médico forense le abrió el cráneo y encontró un glioblastoma, un tumor del diámetro de la uña de un pulgar que le estaba comprimiendo la amígdala, esa parte del cerebro desde donde se controlan el miedo, las fobias sociales y algunas funciones de la memoria. La historia de Whitman es una parábola para neurocientíficos como David Eagleman, que se pregunta si la biología por sí sola justifica ese comportamiento violento. ¿Cuánto de lo que somos puede explicarse con una radiografía sofisticada de nuestro cerebro? Sabemos que nuestros afectos no residen en la bomba de sangre que es el corazón. Pero seguimos creyendo que todo está en nuestra cabeza. Como en una pesadilla.