Dios, el diablo y los abogados

Jesús de Nazareth fue acusado frente a un tribunal de sacerdotes, después llevado ante el juez Poncio Pilatos y, sin abogados, fue crucificado. La sentencia no obedecía a la ley sino al pedido de una turba. El hijo de Dios no tuvo derecho a la defensa, y su ejecución fue una decisión más política que legal. «Los abogados son los ministros del diablo», dice Al Pacino interpretando a Lucifer en THE DEVIL’S ADVOCATE. Existen abogados porque existieron primero criminales. Los griegos permitían que un acusado que no pudiera defenderse solo se hiciera acompañar de un amigo que hablara en nombre suyo. En el año 24 después de Cristo, los romanos prohibieron que los abogados cobraran por sus servicios. Desde tiempos antiguos, servir a la ley y a la justicia no tiene tan buena reputación. En el siglo XVIII Prusia y Francia abolieron la profesión. Cien años después, se escribían tratados sobre el exceso de abogados en Inglaterra y sus trece colonias. En HENRY IV de Shakespeare un carnicero dice: «Matemos a todos los abogados». La fi gura del abogado del diablo es histórica y necesaria. Cada país tiene su corrupto o genocida célebre y por cada uno de ellos una legión de defensores. Hace unas semanas murió el último de esta calaña internacional. En la bien educada THE ECONOMIST, la primera palabra en el obituario del abogado francovietnamita Jacques Vergès, un gran abogado del diablo, era salaud: bastardo, en buen francés. Durante su carrera defendió a Carlos ‘El Chacal’, miembro del Frente Popular para la Liberación de Palestina y en la década del setenta un villano muy buscado. También defendió al jémer rojo Khieu Samphan, presidente de Camboya, en la época que por lo menos un millón y medio de camboyanos fueron asesinados por orden de diabólico Pol Pot, antiguo compañero de universidad del futuro abogado Vergès.
El abogado del diablo también había sido consejero de Slobodan Milosevic —quien murió antes de que concluyera el juicio en el que había decidido ser su propio defensor— y también había ofrecido sus servicios a Sadam Hussein. El abogado declaró que no sólo defendería a Hitler sino también a George Bush, sólo si éste «se declaraba culpable». Pero su mayor desprestigio había sido defender a Klaus Barbie, ‘el carnicero de Lyon’, el sanguinario miembro de la Gestapo a quien unos cuarenta fi scales acusaron de crímenes contra la humanidad. Los enfrentó él solo. Sin embargo, el abogado del diablo también también llevó los casos de niñas musulmanas que querían llevar velo en escuelas francesas, de enfermos de SIDA contagiados por transfusiones negligentes en hospitales públicos y, al principio de su carrera, en los años cincuenta, Vergès salvó a una mujer argelina de morir en la guillotina. Djamila Bouhired era una activista acusada de terrorismo y su abogado acabó casándose con ella. Jacques Vergès creía que su trabajo era devolver la humanidad a sus clientes. No eran para él animales ni bestias que cometían atrocidades sino personas de la misma naturaleza que quienes los acusaban y juzgaban. Para este abogado, el peligro y el error del sistema de justicia estaban en creer que la maldad no era un defecto del que todos somos capaces. Vergès creía que era una ‘falta de elegancia’ creer que los déspotas, terroristas y criminales eran distintos al resto de nosotros. El valor de su trabajo, según él, no radicaba en la reputación de sus clientes sino en la inteligencia de sus argumentos. En su defensa, un hipotético abogado de Vergès podría alegar que sus clientes más famosos acabaron condenados. Cada vez que Vergés perdió, fue un cómplice, acaso involuntario, de lo que debería ser la justicia con los crueles. El cine y la televisión nos han convencido de que los juzgados son sitios glamurosos, de que los jueces son solemnes y respetables y los abogados viven sólo para ese momento de adrenalina en que golpean una mesa de roble y gritan «¡Objeción, su señoría!». Pero los abogados más bien son grises como sus trajes, hombres con la nariz hundida en expedientes. Traductores de la ley. Los abogados son los nuevos sacerdotes, los únicos que entienden la escritura: los códigos y mandamientos que todos deberíamos obedecer. Si Jesús de Nazareth no tuvo derecho a un abogado, no fue un acto de injusticia. Era la prueba de que sus verdugos admitían que no era un hombre cualquiera. Sólo Dios no necesita un abogado.

[Carta de la editora. Etiqueta Negra 114]

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