Un ducha fría contra tanta calentura global

Me gusta ducharme con agua caliente: creer que me purifico mientras los poros se dilatan durante el baño y dibujar con el dedo en el espejo empañado. Hoy declararse adicto al baño a altas temperaturas equivale a decir que encendemos el motor de una camioneta 4X4 para ir a la vuelta de la esquina. Una angustia por el futuro del planeta ha invadido nuestros momentos más íntimos y nos acusa de instante en instante: ya no puedo probar una ensalada de espárragos sin recordar la cantidad de agua necesaria para cosecharlos, me siento culpable de usar spray para peinarme sin considerar el agujero de la capa de ozono, me avergüenza volver del supermercado con las
manos cargadas de bolsas de plástico. La nueva conciencia ambiental está forzando a una nueva generación de jóvenes a convertirse en ciudadanos comprometidos, y, en el acto, muchos hemos ido perdiendo el sentido del humor. Podría ser la Nueva Inquisición: los sacerdotes del cambio climático dicen que si seguimos conduciendo autos, comprando agua embotellada o volando en avión, la Tierra arderá como un infierno. Se nos están muriendo los glaciares y los colegios han cambiado la clase de Religión por la de Ecología. Cuando era niña, reciclar no era un requisito para conseguir la vida eterna. Hoy los niños aprenden que las baterías de sus juguetes a control remoto ensucian los mares, organizan campañas para eliminar los sorbetes de las cafeterías y fruncen el ceño cuando sus padres botan el plástico junto con el vidrio. Pero, en el fondo, somos inquietas criaturas egoístas. Entusiastas del papel reciclado traído en avión desde el otro lado del mundo. Devoradores de quinua orgánica cada vez más cara y menos al alcance .de las comunidades andinas que la cosecharon. Saludables ciclistas que llevan la bicicleta en el auto hasta el parque más cercano. Cuando se interpone con nuestro confort, cuidar el medio ambiente ya no sucede de un modo natural. Elizabeth Shove, autora de Comfort, Cleanlinessand ConvenienCe, es una socióloga de la Universidad de Lancaster que estudia el modo en que vamos construyendo estilos de vida respetuosos con el medio
ambiente. Hasta hace un tiempo, nuestros hábitos culturales se adaptaban al clima local: se dormía siesta en los países cálidos para ahorrar energía a las horas de más sol, lavar la ropa no era un acto asociado a la industria de los detergentes y un baño semanal era perfectamente saludable. Según Shove, cuando el gobierno mexicano prohibió a los burócratas dormir la siesta en 1999, condenó al país a un clima de aire acondicionado. Dice ella que la ciencia del confort —la ergonomía— nos puso delante una pregunta que jamás habíamos enfrentado: ¿cuál es el clima ideal? El aire acondicionado nos permite convertirnos en dioses de la meteorología. Deshacernos de las ventanas, las hamacas y las minifaldas para programar los termostatos a una sola estación del año: la de la vida en interiores. El Ashrae 55, una unidad estándar de confort que usan quienes diseñan edificios, asegura que veintidós grados centígrados es la temperatura con la que cualquier individuo se sentirá cómodo. Es decir, cualquier individuo vestido con traje y corbata. Por eso los cines, bancos, hoteles, centros comerciales y nuestras casas nos parecen incómodos si no están a la misma temperatura que una persona atrapada en una oficina. Hoy,
desde laboratorios a veintidós grados centígrados, los científicos nos recuerdan que el planeta se deshiela al ritmo de nuestros caprichos térmicos mientras encendemos el aire acondicionado, la calefacción y las duchas calientes. Cuesta creer que pronto desaparecerá Groenlandia. Cuesta creer que los habitantes de la isla de Tuvalú deberán mudarse cuando el deshielo nórdico eleve siete metros las mareas del Pacífico. Cuesta creer tantas maldiciones sobre el futuro, pero me resigno a que mis hijos no conozcan los osos polares. A las seis de la mañana lo único que me importa es girar el grifo para recibir un chorro de agua caliente sobre la espalda. La búsqueda de la comodidad, igual que la contaminación, es un lujo que sólo nuestra especie puede permitirse. El agua caliente —dice un amigo— es lo que diferencia a los humanos de los animales.
Elda Cantú
(Para Shamán, amante del shampoo de sandía)

Anuncios