Cierra bien la puerta de tu refri

???????????????????????????????Una refrigeradora es un ancla doméstica: comprar una es asegurar que te quedarás a vivir buen tiempo en el mismo lugar. Desde que  existen las neveras, ser un ermitaño ha dejado de ser una ruta segura para morir de hambre. Pero hoy esa gélida caja fuerte para sobrevivir y aplazar la excursión obligatoria a un supermercado ha destinado usos más memorables para su cara externa: recordarnos el número de teléfono para pedir una pizza, pagar la factura de electricidad, o a quién llamar en caso de incendios. Si el poeta Virgilio Piñera guardaba poemas de amor en su nevera, algunos intelectuales catastrofistas archivan los papeles más valiosos en sus refrigeradoras a prueba de fuego. Las neveras también son un clásico moderno del terror: han escondido los cadáveres de las víctimas de más de un centenar de asesinos en serie. A veces tienen un uso más noble: según la tradición, guardar la última rebanada de un pastel de bodas durante un año entero. Una nevera también alarga la vida del barniz de uñas, los rollos de película fotográfica, el perfume. Un tal Thomas Moore, inventor de la refrigeradora, era un comerciante que quería vender a mejor precio su mercancía. Le importaba que la leche y los huevos que ofrecía llegaran frescos a su destino y, gracias a su invento —una caja helada de madera— pudo cobrar el doble que su competencia. Como una conservadora del tiempo, la refrigeradora ha sido pieza esencial del paisaje de la cocina moderna y fría testigo de nuestras soledades y placeres culpables. Los genios de márketing de Whirpool colocaron cámaras de video dentro de algunos de sus refrigeradores y concluyeron que cada vez guardamos más bebidas y menos alimentos, que necesitamos estantes más espaciosos para las cajas de pizza y los empaques de tecnopor de la comida rápida. Pero hizo falta que la Universidad de California en Los Ángeles abriera un Centro de Investigación de la Vida Diaria Familiar para que alguien escudriñara el lado más íntimo de la heladera: la cara externa de su puerta. Con prisa por encontrar una estadística sobre «la saturación material de los espacios domésticos», los profesores concluyeron que, en promedio, las familias en Estados Unidos pegan cincuenta y cinco objetos afuera de sus refris. Desde que a mediados del siglo XX las puertas de las neveras se magnetizaron, se convirtieron en los primeros aparatos eléctricos que sirven de recordatorios de listas de deberes y teléfonos. Gracias a los imanes, el aparato que conserva frescas las lechugas también nos refresca la memoria. Llevar al niño a la fiesta de cumpleaños del vecino. Volver algún día a esa playa donde fuimos tan felices. Respetar el chocolate de tu hermano. O vivir cada día como si fuera el último de tu vida. Adherida a su puerta, la lista del supermercado se va llenando al mismo ritmo que se vacía el interior de la refri. Útil también como periódico mural, el refrigerador es la única doméstica galería de arte que exhibe dibujos infantiles. Una vez William Carlos Williams, otro gran poeta, escribió un poema encima de una heladera: «Justo es decirlo/Me comí/las ciruelas/que había en la nevera/y que/probablemente tú/ reservabas para desayunar/Perdóname/estaban deliciosas/ tan dulces y tan frías». La inglesa Alice Kuipers narró la intimidad de una madre y su hija a través de notitas pegadas en la puerta de su nevera, su único punto de encuentro, y tituló su novela: Life in the refrigerator door. El aparato diseñado para evitar que se estropeen nuestros alimentos acaba por ser una vitrina de nuestra deficiente memoria, el depositario de nuestras urgencias y un mudo testigo del fracaso de todas nuestras dietas. Con la puerta cerrada, la refrigeradora es el único electrodoméstico que nos salva del olvido. No hace falta ni recordar enchufarla.

[Etiqueta Negra 113- Carta de la editora]

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El padre de la novia

Digámoslo con piedad: un suegro es un padre sin épica. Un protagonista que se vuelve un actor de reparto. Si tiene una hija, vivirá su momento estelar en el efímero papel de padre de la novia. La boda de la hija parece ser el día más generoso y desprendido en la vida de un papá. Ese día le abre la puerta de su tribu a un extraño y lo celebra. Antes ha cambiado pañales. Prestado sus dedos como barandal para los primeros pasos. Caminado de puntillas para intercambiar dientes de leche por monedas debajo de la almohada. Desatornillado las rueditas de apoyo de una bicicleta. Fotografiado doscientos festivales escolares. Pagado facturas telefónicas adolescentes. Refunfuñado frente a los primeros pretendientes. Ahorrado para la sospechosa universidad. Hasta que deposita a su niña en los brazos de otro hombre. Después, cuando la fiesta termine, volverá a una casa más vacía.

Ser padre es también un viaje sin retorno a un imperio doméstico que oscila entre la alegría, el miedo y la vigilia. Que no se le ocurra ser un superhéroe y volar por una ventana ni que una tarde aparezca flotando boca abajo en una alberca. Que cuando se caiga no se raspe ni las rodillas. Que aprenda a cruzar la calle con cuidado. Que no hable con la boca llena. Que esa fiebrecilla no sea de importancia. Que no se olvide del número de emergencias. Que sepa sentarse cuando lleva la falda muy corta. Que vuelva a casa antes del amanecer. Que no le rompan el corazón. Que aprenda a decir que no con una sonrisa. Que se acuerde del cumpleaños de papá y mamá. Que pueda cambiar sola una llanta. Que no sea una puta. «Entonces dejas de preocuparte de que tu hija se encuentre con el tipo equivocado —dice Steve Martin en El padre de la novia— y te preocupas de que encuentre al muchacho adecuado. Y ése es el mayor miedo de todos, porque entonces la pierdes». Cuando el padre es testigo del enamoramiento de su hija suele actuar como un guardián desconfiado. Mirará como a un ladrón a ese rival con el que su chica ha decidido marcharse. Lo recibirá con los brazos cruzados a la entrada de la casa. Evaluará la fuerza que pone en su apretón de manos. Pero en secreto sólo le importará que la cuide y la quiera aunque no siempre la comprenda. Después será posible la revancha del suegro: convertirse en abuelo. Grandfather. Un padre por encima de otro padre.

[Carta Etiqueta Negra 112, Padres e hijos]