Un villano necesita un zoo privado

Durante la última guerra de Irak, el primer viajero que llegó desde el extranjero después de las tropas  estadounidenses no buscó el frente de batalla: se fue al Zoológico de Bagdad. Lawrence Anthony no  era un voluntario de la Cruz Roja ni un reportero a la caza de una exclusiva ni un mercenario tras  Saddam Hussein: era un activista sudafricano preocupado por los animales del mayor zoológico del  Medio Oriente. Había visto por televisión las imágenes del combate. Sabía que en Afganistán, Kosovo y Kuwait  estos habían sido las víctimas invisibles de la guerra. Sabía que en la Segunda Guerra Mundial trece mil animales murieron en el Zoológico de Berlín. Y sabía que tenía que estar ahí. Lawrence Anthony recuerda que en Bagdad,  cuando cruzó la verja de los Jardines al-Zawraad, lo primero que pensó fue en conseguir un rifle para matar a la  treintena de animales desnutridos y nerviosos que habían sobrevivido a los bombardeos y al saqueo de los hambrientos iraquíes. Quedaba sólo el cinco por ciento de la población que tenía el zoológico antes de que empezara la guerra. En su libro, Babylon’s Ark: The Incredible Wartime Rescue of The Bagdad Zoo, el defensor de leones y elefantes  africanos recuerda el día que encontró a más sobrevivientes: a quince minutos del zoológico había otro santuario
de animales salvajes. Era el palacio abandonado de Uday Hussein, el primogénito del dictador. Durante su huida  había dejado atrás a sus mascotas tras las rejas. Los Boinas Verdes del ejército estadounidense habían bautizado  como Xena, Heather y Brutus a los tres leones pendencieros del hijo. Los alimentaron sacrificando a otros animales  encontrados en el palacio. Una leyenda decía que Uday Hussein, alto funcionario del deporte nacional, amenazaba  con lanzar sus perros salvajes sobre los futbolistas que fallaban en los partidos. Dos de esos perros estaban agazapados y famélicos en otra jaula junto a un par de guepardos. Un villano sin zoológico privado es un fracasado.
Ramsés II mandó importar a Egipto toda clase de felinos. Se dice que Nerón sólo sentía cariño por una tigresa  blanca, Phoibê, que vivía en una jaula de oro. Josefina, la mujer de Napoleón Bonaparte, tenía un orangután, una foca y varias llamas en su jardín, una especie de Edén personal donde otros animales exóticos vivían en libertad.  Hitler amaba a sus perros, sobre todo a Blondie, una pastor alemán a quien ordenó sacrificar antes de suicidarse.  Pablo Escobar tenía un zoológico en su hacienda. Hoy al narcotraficante le sobreviven una veintena de hipopótamos salvajes que recorren las llanuras colombianas. No hay más hipopótamos libres en todo el continente. El hombre que mandó matar a más de diez mil personas y que arrancaba los dedos de sus víctimas antes de quemarlas vivas era un amante de los animales. Pero la biofilia —esa pasión que sentimos por todo lo que respira—,  no es sólo una excentricidad de los delincuentes. El entomólogo Edward O. Wilson explica que todos los humanos  estamos programados para sentir una conexión especial con los animales. Tocamos alelados el vidrio de un acuario, rascamos detrás de las orejas a un perro, pagamos para tomarnos una foto con un koala. Lo aprendemos desde niños: un estudio encontró que en una muestra de cien cuentos infantiles, sólo en diez no había animales. «Justo cuando alguien está aprendiendo a ser humano—dijo alneW york TImes el conservacionista Kieran Suckling—, lo rodeamos de no-humanos». El contacto con las bestias nos humaniza. Es un espejo que nos hace lucir más inteligentes, más poderosos, mejores. Semanas después de enfrentarse a tiros, las tropas de Estados Unidos y la Guardia Republicana de Saddam Hussein trabajaban juntos reparando jaulas porque Lawrence Anthony los había persuadido. El primer sitio de Bagdad que reconstruyeron los iraquíes después de la guerra fue el zoológico de la ciudad.

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