Toco madera

Intentar convencernos de la urgencia de salvar la Amazonía porque se trata del pulmón del mundo no es un error de marketing: es una ingenuidad. Sólo sentimos que nos falta el aire en los incendios, en las altas montañas o bajo el mar. El aire es un elemento invisible y por eso nunca pensaremos en él. Lo conocemos a través del vapor que arrojan las ollas, de algunas faldas que vuelan con un ventarrón, o el vaho que escapa de nuestra boca los días que hace demasiado frío. Las campañas contra la deforestación harían bien en rescatar el encanto del árbol caído. Hay una belleza elemental y primitiva en los objetos de madera. Todos provienen de árboles derribados que reencarnan en cuerpos cotidianos. Tocamos madera todos los días. Nuestras primeras letras son garabatos sobre papel hecho con celulosa. Mordemos la cabeza de los lápices mientras aprendemos a multiplicar y a dividir. Rezamos arrodillados sobre bancas de roble. Atrapamos los fideos del tazón con palitos chinos hechos de abedul. Mareamos pesados trompos de encino en el parque del barrio. Abatimos algarrobos para avivar nuestras hogueras. Abrazamos guitarras de ébano. Dividimos pan y queso sobre tablas de ciprés. Sepultamos el cuerpo de nuestros abuelos en cofres de cedro. Un mundo sin madera perdería su textura de leyenda. Jesucristo habría sido hijo de un ceramista y sacrificado sobre una roca. Cincelado en mármol, el caballo de Troya sería un monumento a una muy idea torpe. Noé jamás habría salvado a las especies en una balsa de caucho. Un Pinocho de hojalata sería un robot demasiado cursi. El repertorio de nuestras metáforas estaría incompleto. No encontraríamos la raíz de los problemas. Ninguna chica guapa se ilusionaría creyendo que tiene madera de actriz. Los portadores de malas noticias no podrían andarse por las ramas. Y los supersticiosos quedarían desamparados sin poder tocar madera. No tendríamos Filosofía: sin robles ni bellotas Aristóteles habría demorado en explicar que el hombre potencial habita en el niño. Tampoco conoceríamos a ciertos filósofos: Karl Popper pasó dos años como aprendiz de carpintero en Viena y en su Autobiografía cuenta que después de enfrentar un gran pedido de escritorios de caoba buscó un oficio menos exigente que también pudiera hacerse cerca de una mesa de trabajo. Harrison Ford no habría sido descubierto mientras hacía labores de carpintería. Sin árboles, no existen los bosques encantados. Tampoco podríamos actuar como árboles en la obra de teatro escolar. Interpretar a un coloso de madera no debería ser el premio de consolación para los que no consiguieron ser príncipes ni brujas. Pero raíces, troncos y ramas también pueden convertirse en villanos. Este otoño una de las peores tormentas de la Historia cayó sobre el noreste de Estados Unidos. Se llamaba Sandy. Los periódicos anunciaban que los árboles se habían convertido en armas mortales. Un padre y una hija paseaban a su perro cuando quedaron atrapados bajo un tronco. Las ramas de otro árbol atravesaron el techo de una casa y aplastaron a dos niños mientras miraban televisión. Un candidato político murió con el golpe de la pierna de un árbol. La naturaleza parecía haber olvidado su instinto maternal. «Si se tratara de un caso policial, los detectives tratarían al calentamiento global como cómplice probable del crimen», dijo el Huffington Post. Pronto el agua reencontrará su cauce, vendrán los constructores a reparar los edificios. A los árboles desgajados por el huracán sólo les espera la motosierra. Tal vez -ojalá- resuciten convertidos en guitarras, puertas y crucifijos.

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