El último desayuno

Los historiadores nos deben una historia universal del desayuno. Sólo los nutricionistas y los empresarios del cereal se han preocupado por estudiar la comida que inaugura el día. En una biblioteca un hambriento encontraría regordetes volúmenes de fórmulas calóricas o frugales recetarios pero nunca una teoría sobre el primer alimento que nos llevamos a la boca. Existen tratados sobre el huevo, enciclopedias del café y odas a la hojuela de maíz de Kellog’s. Malas noticias para los ilusos que creen que hay de todo en Internet : allí no hay resultados para «Desayuno, Historia del». No es ninguna sorpresa que el English Breakfast sea el plato nacional de Inglaterra, un país de legendario aburrimiento gastronómico y el único con un historiador del desayuno, un hombre llamado Seb Emina que escribe bajo el seudónimo de Malcolm Eggs. Tal vez al resto del mundo nos limita la superstición de que no podemos pensar con el estómago vacío. Yo no funciono bien si empiezo el día con el estómago repleto. «Todos los días amanezco a ciegas a trabajar para vivir; —escribe Vallejo— y tomo el desayuno, sin probar ni gota de él, todas las mañanas». Nunca me gustó desayunar. Excepto los domingos, me provoca náuseas desde niña. Mientras los otros chicos se desmayaban si iban al colegio con el estómago vacío, yo vomitaba cada vez que mi madre triunfaba en la primera de sus obligaciones diarias. En ayunas aprendí a mentir cada vez que la maestra me preguntaba qué había comido esa mañana. La ciencia, los libros de superación personal y las abuelas repiten que es la comida más importante del día. Pero hubo una época en la que se le permitía ayunar a los monjes, a los niños y a los guerreros para ejercitar su disciplina y concentración. En alemán y en japonés el primer alimento se conoce como «comida de la mañana», mientras que en inglés y en castellano desayunar significa romper el ayuno, acabar con el vacío. Por ello es un acto íntimo cuando se comparte con un amante y tan mundano cuando tiene lugar en la fila de un buffet.
Hay banquetes para el almuerzo y para la cena. Hay cenas románticas y comidas familiares. En cambio el desayuno es una oferta obligatoria en cualquier hotel que se respete. El primer alimento del día ha sido relegado a la categoría de trámite alimentario, una estación necesaria antes de los platos que comemos por placer. Los desayunos son energizantes y terapéuticos pero casi nunca memorables. Los desayunos son tan poco excitantes que hasta las dietas más extremas lo permiten. Desayunar en la cama es un lujo para ociosos, la herencia de cierto privilegio reservado hoy para los enfermos, los niños malcriados y los comerciales del día de las madres. Existen tres tribus de comensales que disfrutan de manera sincera el desayuno: los borrachos con resaca, los obligados a hacerse un análisis de sangre y los pobres. Para ellos el hambre es una condición natural e involuntaria. La única vez que la Biblia menciona el desayuno es cuando Jesús resucitado se aparece por tercera vez a sus discípulos y les ordena volver a echar las redes al mar después de que éstos habían pasado la noche sin pescar. «Vengan a desayunar», les dice Cristo. Y esa invitación al amanecer es al mismo tiempo una celebración y la prueba de un milagro. El desayuno debería ser un pretexto para la alegría, una celebración después de abrir los ojos y constatar que —otra vez— no hemos muerto mientras dormimos.

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