Se vende aire puro [no se aceptan tarjetas de crédito]

 A veces las catástrofes económicas resultan, por una paradoja, un golpe de suerte para la salud del planeta. Cuando suceden, utilizamos menos el auto, suspendemos las vacaciones en avión, utilizamos la ropa del verano anterior, e inventamos formas que el dinero rinda. La escasez monetaria nos vuelve hippies involuntarios que benefician la ecología. Ninguna campaña de Greenpeace es tan convincente como quedarse de súbito con menos dinero. Hace unos años, por ejemplo, en el peor momento de la última crisis financiera, la cantidad de CO2 en la atmósfera se encogió tanto que el mundo pareció respirar de alivio por unos meses. Resolver los problemas ambientales es sobre todo un dilema económico: los gobiernos subsidian a las compañías que limpian el agua después de haberla contaminado, los laboratorios de investigación ofrecen premios millonarios para quienes inventen el próximo auto ecológico y luego se rehúsan a fabricarlo, los empresarios multimillonarios compran bosques remotos que sirven para descontaminar la atmósfera. Nosotros compramos camisetas para salvar a los delfines, preparamos el desayuno con unas naranjas carísimas que nuestro vecino cultiva en su huerta, botamos a la basura el refrigerador que funciona pero que gasta más electricidad y lo reemplazamos por uno con un sello de garantía verde. Si tenemos dinero para gastar, contaminamos más.  Estamos programados para comprar y vender, y sólo compramos menos cuando las cosas cuestan más, y, por el contrario, en lugar de ahorrar, compramos más cuando las cosas cuestan menos. Hace un siglo y medio, William Stanley Jevons, un economista británico, pronosticaba que usar el carbón como combustible de manera más eficiente no conduciría al ahorro sino al derroche. Pero la pregunta clave de Jevons era si a Inglaterra le interesaba más la grandeza efímera que la mediocridad duradera. La mediocridad de ese entonces, dice David Owen en su libro Conundrum, sería hoy sinónimo de la palabra sustentabilidad. Owen, un periodista ambiental de la New Yorker, cree que Jevons tenía razón: la mayor parte de las tecnologías verdes de hoy terminan siendo un pretexto para seguir gastando, pero con la conciencia tranquila. Ahora vivimos aterrados de que nuestro estilo de vida próspero sea incompatible con el medio ambiente, pero no estamos dispuestos a sacrificarlo. Así que también hemos creado un mercado de buenas intenciones. Lo único que todavía no se vende es la frugalidad, esa cara virtud de vivir mejor con menos.

Anuncios