Yo no quiero ser John Malkovich

La ilusión que nos han creado los reality shows es que deberíamos alegrarnos ante la oportunidad de ser alguien más. Remodelar la casa, el guardarropa o el rostro es el sueño que ofrece la televisión como fórmula para la felicidad. Pero la última generación de estos programas ya no busca talentos originales ni le pide a los concur- santes que encuentren su propia voz: ahora premian a los que se parecen más a sus ídolos. Allí está Yo soY, un espectáculo en el que para ganar los concursantes deben convertirse en la mejor copia de otra persona. En la película Being John Malkovich, un titiritero fracasado encuentra una puerta que conduce al cerebro de este actor. La mujer del titiritero cree que el descubrimiento es un negocio en potencia y pone un aviso:

«¿Alguna vez quiso ser alguien más? Ahora es posible.

Sin bromas. Sólo 200 dólares por 15 minutos.

Visite J.M. Inc., Mertin-Flemmer Building».

Al primer y único cliente que responde el aviso no le importa tanto que no pueda elegir en quién convertirse: «Malkovich sería mi segunda opción —dice cuando contrata el tour—, pero es maravilloso: soy un hombre gordo y triste». La fantasía no está en ser un famoso, sino en habitar el cuerpo y la mente de otro durante un cuarto de hora. Que exista una puerta para escapar de uno mismo. Algunos vendedores de sabiduría pop repiten que uno se libera, es decir que uno triunfa, cuando se contenta con ser- uno-mismo. ¿Qué pasa cuando aspiramos a tener las tetas más grandes, la esposa del vecino o talento para el piano? Que un adulto quiera convertirse en otro podría leerse no sólo como la evidencia de un inconforme sino como el síntoma de un perdedor. De niños no dudamos cuando se nos pregunta qué queremos ser de grandes: astronauta, futbolista, superhéroe. Después —cuando nos hemos resignado— ser otro se convierte en la excusa para diseñar una doble vida, la oportunidad de renegar de nuestra herencia o de rebelarnos contra el destino. Pero, sobre todo, es un pretexto para jugar a ser lo que no somos. Michelle Obama —una graduada de Harvard y Princeton que ganaba el doble que su esposo cuando él era senador— dijo en una entrevista que le gustaría ser Beyoncé y tener el don de la música. La mujer del presidente de Estados Unidos quiere divertirse. El cuestionario de Proust era un juego de salón del siglo XIX que hoy sigue siendo una invitación para que los famosos se reinventen en las páginas de las revistas. A los veintitrés años Mick Jagger quería ser un Beatle. Brigitte Bardot desearía poder obrar milagros. Giorgio Armani quisiera ser un libertino. A Deepak Chopra, que dice que no se arrepiente de nada, le gustaría cantar como Plácido Domingo. Donald Trump qui- siera jugar golf como Tiger Woods. En Being John Malkovich, el encanto no estaba en tener quince minutos de fama, porque al final uno entendía que la vida de Malkovich también era triste y aburrida (aunque con un poco más de dinero). Lo excitante de verdad era ponerse una piel ajena y actuar dentro de ella. Sentirse distinto. Alguien con más belleza, talento, dinero o libertad. Nadie quiere ser otro para ser peor. Para eso nos tenemos a nosotros mismos.

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La era de la sed

No hacen falta palabras rimbombantes ni términos científicos en latín para referirse a ella. De los cuatro elementos de la naturaleza, es el que menos sinónimos tiene. Ninguno de ellos es intercambiable. No existen sobrenombres para el agua. A uno no le refresca un vaso de líquido helado ni le provoca una ducha de fluido caliente para poder dormir bien. Lo que necesitamos es agua y no hay forma de reemplazarla. Estamos hechos de agua y no sabemos casi nada de ella. Ni de dónde viene ni a dónde va. El primer número de Etiqueta Verde está dedicado al agua. Ignoramos su edad, sus propiedades y no somos capaces de describir con precisión su sabor. Pero nos la estamos terminando.

En Tuvalú, una isla de Oceanía que es uno de los países más pequeños del mundo, el cambio climático no es un cuento de ciencia ficción. Le quedan menos de cincuenta años de vida. En esa isla del Pacífico de veintiséis kilómetros cuadrados las olas van ganando espacio a los campos, las carreteras y, pronto, también a las casas de sus doce mil habitantes. En cualquier inundación, el agua termina siempre por volver a su lugar: en Tuvalú no será así. Es un lugar en peligro de extinción porque el resto del mundo sigue conduciendo autos, duchándose por demasiado tiempo, comprando alimentos procesados que se ofrecen en envoltorios plásticos. Tuvalú sería el primer país que desaparece a causa del calentamiento global. Pero no el último: a su alrededor hay otras islas donde medio millón de personas miran por la ventana cómo sube la marea y preparan sus maletas. Sus pasaportes son desde ahora objetos de colección.¿A dónde irán?
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Asterio Takesy es un hombre que trabaja con organizaciones que gastan millones de dólares para que los últimos días de Tuvalú y sus vecinos sean menos dramáticos. Dice que su labor es como acomodar las tumbonas de sol en la cubierta del Titanic. Etiqueta Verde buscará historias de los Asterios Takesys del mundo. «No puede amarse lo que tan rápido fuga», dice el poema de Watanabe que inspira el título de la historia de portada en este número. Amemos pronto a Tuvalú. Le quedan cincuenta años.

La angustia sobre el futuro del agua nos iguala como ciudadanos de la sed. Se necesita agua para celebrar un carnaval. Para bautizar un niño. Para preparar un café. Incluso para inundar un pueblo que sólo aparece en la noticias hundido en la desgracia. El Perú tiene el lago más alto, el río más caudaloso, y la capital del país con vista (y de espaldas) al mar. Pero ignoramos otra forma de decir «agua» sin parecer cursis, químicos o pobres de lenguaje. Volvemos a pronunciar la misma palabra porque no hay otra. La crisis no es lingüística sino de imaginación y política: si no encontramos otras formas de cuidar el agua, tampoco tendremos una nueva palabra para ella.

[Carta del Editor. Etiqueta Verde No. 1 Abril, 2011]