El derecho de callar

El Óscar a la mejor película en 2011 fue para El Discurso Del Rey, en la que un monarca que debe dar un mensaje a la nación se pregunta si Inglaterra está lista para escuchar por la radio dos minutos de silencio de un tartamudo. El año siguiente la Academia de Hollywood premió una película que contenía cien minutos de silencio. No se trataba del intolerable silencio de algunos presidentes que, sin problemas con su lengua, callan durante años. Se trataba de la película muda más galardonada de la historia del Óscar. Lo paradójico es que fue hecha en la era del sonido de mayor fidelidad y en la del peor ruido. Michel Hazanavicius, el director de El Artista, nos recuerda con acento francés que hoy más que nunca subestimamos el poder del silencio como el del cero en las matemáticas. La palabra tiende a ser vanidosa. En Internet, nuestro domicilio real, solemos ser aún más exhibicionistas de nuestra ignorancia, torpeza y mezquindad. Nos creemos invisibles, libres, anónimos. Y tendemos a intervenir. A quejarnos. A maldecir. Con otros quinientos millones de adictos a la vez. Hoy algunos presentimos, nerviosos, en la yema de los pulgares, que callar es síntoma de indiferencia, de ignorancia, de ingratitud. Creemos que, si callamos, concedemos. El silencio, como condición necesaria para pensar, está en vías de extinción. Y nosotros junto con él: el ruido eleva el ritmo cardiaco y nos llena de cortisol, la hormona del estrés que nos hace irritables, agresivos y lentos para ayudar a los demás. Pero ya no es sólo un asunto de paz auditiva. Estar enterado es un problema de salud mental. El ruido de todos gritando a la vez se agita al ritmo del ringtone del teléfono celular, se acelera en Twitter, se cansa en Facebook. ¿Por qué insistimos en opinar donde no hace falta, de quejarnos de lo que no nos afecta? «Es casi intolerable —escribió George Steiner en BABEl— que las necesidades, afectos, odios e introspecciones que son tan propios, que dibujan nuestra conciencia del mundo y de la identidad, tengan que ser pronunciados». Lo dijo el siglo pasado. Y ya no es suficiente que algo nos guste. Hacemos click click para que se sepa y nos guste que a los demás les guste y nuestros nuevos antipáticos o imbéciles sean aquellos a quienes no les gusta o los que tienen la cortesía de desaparecer. No es posible enviar un tuit vacío, y si dejamos en blanco el estado de Facebook es casi como admitir que no estamos pensandoen nada. La indignación no es atendible si no va acompañada de un texto en mayúsculas y luego aparecen digitadores quejándose en minúsculas de la contaminación visual de las mayúsculas. Los tipógrafos aún no inventan el silencio on line. San Jobs nunca trabajó en él.

[Carta editorial Etiqueta Negra 102]

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