Cuando apagas la luz

Los adictos a la electricidad que cada tanto extendemos el brazo para alcanzar no la iluminación sino un cable hemos crecido mirando a gente que se volvía superhéroe después de recibir una descarga eléctrica. El científico Bruce Banner se convierte en The Incredible Hulk al ser alcanzado por la explosión de una bomba gamma. Peter Parker se vuelve Spiderman luego de ser mordido por una araña radioactiva. El príncipe Adam se transforma en He-Man cuando su espada recibía el poder de Grayskull en forma de luz. Pikachú es una tierna rata amarilla hasta que empieza a dar descargas capaces de electrocutar a cualquiera. Homero Simpson, el antihéroe como síntoma de nuestra cultura, es el empleado de una planta nuclear que ha sobrevivido a más electrocuciones de las que resulta divertido recordar. Nuestro Dios no es Internet: es la energía eléctrica.

Cada hora, en algún sitio del mundo, alguien es alcanzado por un rayo. Sólo morirá si pertenece al diez por ciento de los humanos que no resisten que una descarga eléctrica de esa magnitud los posea durante unos segundos. Entre los incas, quienes habían sido tocados por un rayo se convertían en elegidos de Illapa, el resplandeciente dios del trueno y del clima. Se volvían guardianes de ese algo que no sólo queremos para nuestros aparatos sino que también buscamos de una forma más exaltada. En la mitología nórdica, el Dios Thor tiene un martillo que lanza rayos y vuelve siempre a él. A fin de cuentas nuestras limitaciones no son de tiempo ni de espacio como alguna vez creímos: no necesitamos días más largos, sino más fuerzas para estar despiertos. No necesitamos más aviones veloces, sino más combustible para rellenarlos. No hacen falta más datos, sino conexiones neuronales para entenderlos. No necesitamos más tiempo, sino iluminación para crear.

Hunter S. Thompson decía que un auto sin gasolina puede andar otras cincuenta millas si tiene la música correcta tocando alto en la radio. La energía es tanto un asunto de fe como de ciencia.

Los héroes del futuro son gente que evita un exceso de descarga eléctrica. Hoy, cuando nuestro estado de ánimo oscila entre la adicción a la tecnología y la emergencia ecológica, la energía es, por supuesto, un asunto de poder. De dinero, pero también de políticas de costo ambiental. Crecimos admirando a gente que se convertía en superhéroes luego de una descarga eléctrica. Sin embargo, nuestros momentos más memorables –los-que-más-valen-la-pena-, siguen sucediendo cada vez que desconectamos el teléfono, que se muere el ruido de un motor, que miramos a través de la ventana en lugar de una pantalla iluminada. Cuando nos desenchufamos.

Los momentos más memorables suceden cuando apagamos la luz.