sin noticias de casa

Los expatriados del siglo veintiuno viven a un click de su país. Dicen que con la tecnología es como si nunca se hubieran ido. Los diarios mexicanos encuentran a sus más entusiastas comentaristas entre los que se marcharon pero quieren seguir allí. Hay grupos de email de paisanos que gustan de reenviar las editoriales y noticias de los periódicos como virtuales vecinos que se reúnen en la esquina a chismear, a decir québarbaridad y a menear la cabeza con reprobación.

Los tamaulipecos no tenemos eso. Nadie quiere gastar la llamada en Skype con su mamá para hablar de tiroteos. Ningún hermano manda emails para decir que otra vez hubo una balacera o que a fulano lo levantaron. Uno tiene que volver después de un año a que le digan que el esposo de una amiga está desaparecido hace meses. Uno tiene que visitar en Navidad para constatar que después de las tantas de la noche, las calles están vacías. Nadie escribe para decir: esta semana volvieron los zetas. Nadie llama para decir feliz cumpleaños y agregar asaltaron a tu tía. Nadie lo hace porque hasta cierto punto no les corresponde, pero tampoco hay quien lo haga. Escasas crónicas salen de Tamaulipas y es rara la que se publica desde allí. Pero transcurren todos los días. En las conversaciones a la hora de la mesa. En las frases a medio decir que intercambian las comadres que ya no se ven cada jueves para jugar a la baraja porque dos de ellas se fueron a vivir al otro lado. En las casas vacías y las camionetas discretas que se guardan cuando todavía no se pone el sol por precaución. De vez en cuando, quedan registradas en los forwards que mandan las tías que sólo leen otras tías y que por default van a dar a la carpeta de correo basura que se queda sin abrir. Excepto cuando no hay a dónde más recurrir. Entonces el expatriado las escudriña como quien recorre la playa con un detector de metales. Entonces uno lee de la última balacera. Uno se entera que regresaron los malos al pueblo. Que fulanita estaba cocinando y zutanito llamó a su hija para advertirle. Que la nieta de alguien más estaba en el colegio y se asustó. Que una ahijadita preguntó cuándo van a terminarse los disparos.

Los cronistas de esta guerra no tienen chalecos antibalas. No han tomado talleres de periodismo ciudadano. Adivinan que twitter sirve para enterarse de alguna cosa, como cuando uno sintonizaba el radio por la mañana para saber cuánto frío hacía. Se llaman por teléfono para reproducir lo que alguien más les contó que escuchó desde su negocio a las tres de la tarde, para cuidarse unos a otros. Rezan, cierran bien las puertas, se persignan, encuentran el lugar de la casa más alejado de calle, le suben el volumen a la música que estaban escuchando para no enterarse. Después, cuando la calma se vuelve a dejar acariciar, algunos encenderán la computadora y escribirán un par de párrafos. Lo enviarán a sus primos y vecinos.

Y alguna tía lo reenviará para que, a miles de kilómetros de distancia, alguien reciba noticias de su casa.

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No te olvides de las llaves de la casa

Cuando Borges escribió sobre las cosas sigilosas que nos sobreviven, mencionó al llavero después del bastón y las monedas. Cuando escribió sobre la ingenuidad, mencionó el asombro de que una llave abriera una puerta. Cuando escribió sobre la confianza, mencionó los patios abiertos. El primero de mis abuelos que murió decía «Del tamaño de tu llavero son tus preocupaciones. Cada llave es una puerta que cuidar». Mientras él vivió, bastaba empujar la puerta de su casa para entrar. Mi papá—su hijo—fue en ese sentido un hombre muy preocupado durante mi infancia. Cuando era niña, el tintineo que pendía de la presilla de su pantalón anunciaba que había llegado. Después silbaba y preguntaba por mí. Empezaba entonces una comedia que me divertía: corría a esconderme en algún sitio y mi madre fingía sorprenderse de que yo no viniera con él. «¿¡No te llevaste tú a la niña!?», le imprecaba.  Y el diálogo escalaba del susto al reproche al borde de las lágrimas por la primogénita perdida hasta que yo saltaba desde donde estuviera para restaurar la alegría doméstica. Por las mañanas se repetía otro drama más real: nadie nunca sabía dónde estaban las llaves y mi padre tenía problemas para marcharse. Hace algún tiempo, diez años después de haberme ido de casa, tomé decisiones que disgustaron a toda mi familia. Era Navidad y mi padre me entregó una llave que pendía de un aro plateado y llevaba una placa grabada con la letra inicial de nuestro apellido. En la mesa del comedor me dijo que, aunque él no estuviera de acuerdo, era lo único que necesitaba para marcharme lejos y con quien yo quisiera. No abría la puerta de un auto, sino la de su casa. Como la mayoría de papás con sus hijas que se van de casa, mi padre tenía miedo de dejarme ir. Me había enseñado a dividir cuando tenía seis años para que tuviera tiempo de leer mientras los otros niños envejecían en la clase de matemáticas. También me había dicho que todos los raspones se curaban con un beso suyo para que siguiera trepándome a cualquier sitio. Me había enseñado la importancia de votar, cuando era aún adolescente, para que luego fuera y eligiera el partido contrario al suyo. Me había enseñado a pedir perdón por escrito para que no olvidara que él también se equivocaba. Me había enseñado a conducir mientras él leía el diario en el asiento del copiloto para que no necesitara sus instrucciones cuando manejara sola. A disimular la sonrisa de quien gana una partida de póker cuando en realidad la estaba  perdiendo. A armar muebles y revisar el aceite del auto para que pedir ayuda fuera un último recurso. A empacar una maleta para que marcharme fuera tan fácil como cerrar una cremallera. A reconocer que una casa sólo sirve si se tiene la llave para volver a ella. Entonces, cuando me fui, me dio esa llave. Como todas, las llaves son cosas diseñadas para olvidar. En la última Navidad, preocupados porque esta vez me mudaba más lejos de la familia, mis hermanos me regalaron uno de esos llaveros que emiten un sonido electrónico cuando su dueño silba.

Mi padre, por cierto, nunca me enseñó a silbar.

[Carta del editor, Etiqueta Negra 99. Octubre de 2011]