El pulgar es el nuevo índice

Los teléfonos celulares no inventaron el pulgar, pero hoy el dedo gordo controla el mundo desde el teclado de una Blackberry. ¿Hay algo más inútil que una mano sin pulgar? Sin ellos no podemos abrir una puerta, tomar un café ni contar hasta cinco. En la calle, mientras el dedo medio insulta y el índice contrata un taxi, el gordo es el único que puede conseguir un viaje gratis.

En la geopolítica de la mano, el pulgar tiene carácter separatista: es el único que se opone yema a yema con el resto de los dígitos. Newton dijo que el diseño prodigioso del pulgar era prueba irrefutable de que Dios existe. Sólo gracias al dedo gordo tenemos la precisión manual que nos distingue de los simios. Dicen los quirománticos que al presionar el pulgar se activan el intelecto y la creatividad pues en él residen el razonamiento lógico y el poder de la conciencia. En Japón se venden millones de keitai shosetsu, esas novelas escritas con los pulgares en el teléfono celular. Pronto publicaremos obras completas hechas con el dedo gordo.

La agilidad del pulgar es un síntoma de juventud. Ayer los pulgares se quedaban dormidos sobre la barra espaciadora en las duras lecciones de mecanografía; hoy están siempre despiertos y al acecho sobre los teclados del teléfono celular. ¿Dónde estarán los pulgares pasado mañana? Su protagonismo es el augurio de una nueva era.

Cada vez miramos menos a los ojos y atendemos más las palabras que aparecen bajo el dedo gordo. Pronto atribuiremos todos nuestros éxitos y fracasos al tino de los pulgares al teclear. Hace millones de años su independencia del resto de los dedos de la mano nos ganó un peldaño en la escalera darwiniana. Hoy basta un pulgar certero para seducir a tu hombre y contentar a tu jefe desde el teclado de una pantalla de bolsillo. Mick Jagger lo anunciaba con los Rolling Stones en el himno Under my thumb: la chica que te hace sufrir se convierte en tu mascota cuando la tienes bajo el pulgar. En el futuro, quien no lo sepa usar, será un verdadero simio.
Lizzy Cantú
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Publicado en Etiqueta Negra No.93 Febrero 2011

Tírala, pero nunca la olvides

[Un bolero ecotrash]

En su novela Underworld, Don DeLillo describe un botadero como ese sitio a donde van a parar todos nuestros anhelos y deseos luego de que, pensándolo bien, todo lo que queríamos con vehemencia ya no nos importa. Es el universo de lo que queremos olvidar. Cada bolsa maloliente que botamos en el ritual diario impuesto por la higiene es el marcador de nuestra civilización. Una de las escenas más memorables de la película American Beauty sucede cuando un personaje descubre que hay vida detrás de cada cosa mirando el baile distraído de una bolsa de plástico.  El hombre más buscado por la policía del Perú en el siglo veinte fue descubierto en gran parte por culpa de su basura. Sin avanzada tecnología forense, el servicio de inteligencia de la época de Fujimori encomendó a varios de sus hombres a disfrazarse de recolectores y a hurgar en las bolsas de una casa que parecía normal. Tenemos el hábito de separar lo valioso de lo inservible. Es un ejercicio que nos convierte en cultura y también nos delata. Nos obsesionan la salud y la limpieza, y por eso ensuciamos más. Hasta ahora: el imperativo ambiental de nuestro tiempo nos obliga a revalorizar la basura. Nos confronta con lo que descartamos y nos pide que encontremos en las bolsas malolientes el potencial del periódico de ayer y la riqueza latente de las latas de cervezas de la noche anterior. Reciclar es una forma de redención, la oportunidad de recuperar la virtud en una época de excesos. Sólo los seres humanos –dice Christopher Todd Anderson– hacen basura, una extraña categoría material que creamos sólo para desterrarla lejos de nuestra presencia por repulsiva o inútil. El resto de las especies produce desechos que la naturaleza entiende y es capaz de recibir sin ofensa. Para los humanos, la basura debe estar a una distancia conveniente que nos permita evadir sus repugnantes cualidades, pero a donde podamos acudir con comodidad para desecharla. El lugar que le damos a la basura notifica su condición marginal tanto de concepto como de sustancia. Existen restos orgánicos e inorgánicos, y eso los ubica en el borde entre lo natural y lo artificial, entre la cultura humana y la naturaleza salvaje. Para los ecologistas –continúa Anderson–, los bordes entre los ecosistemas son fuente de riqueza biológica. La basura, esa habitante fronteriza de nuestra civilización, es una pista para entender nuestra escala de valores. La economía del Imperio Romano puede descifrarse hoy visitando el Monte Testaccio, tal vez el relleno sanitario más perdurable de la antigüedad. En los millones de ánforas de barro allí sepultadas se adivinan las preferencias, los hábitos y las costumbres de sus habitantes. Un arqueólogo del futuro no tendría idea de nuestra dieta, rutinas ni deseos.

Encontraría tecnopor.