Los arquitectos necesitan un terremoto

Hace unos días le preguntaron a Óscar Niemeyer, esa leyenda viviente que diseñó Brasilia, si existía una arquitectura a prueba de maremotos, y él respondió que no. Luego, el tatarabuelo que se ha pasado la vida imponiéndole sus edificios curvilíneos a este planeta, sentenció: «La tierra está tarambana». Los sobrevivientes de un terremoto recuerdan siempre cómo hicieron para protegerse. Me parece curioso que apenas se mueve la tierra, haya al mismo tiempo gente que sale corriendo espantada y gente que se queda espantada. Pero la brújula del recuerdo es la construcción. Adentro o afuera. Arriba o abajo. La arquitectura es un truco de cajas que nos permite imaginar que el equilibrio y la estabilidad son posibles. Un terremoto demuestra que el verdadero orden es el de la naturaleza. Y cuando los edificios dejan de bailar, los escombros revelan que la arquitectura es en realidad el caos. Construimos para protegernos, para refugiarnos, para vanagloriarnos. Shigeru Aoki, un especialista de la arquitectura de la refinación, afirma que los edificios de cuerpos ligeros soportan mejor el vaivén de la tierra, y recomienda el genchiku, una suerte de régimen de adelgazamiento japonés, para eliminar el peso innecesario y reforzar las estructuras de las construcciones. Al mismo tiempo, la civilización reclama cada vez más grandes y pesadas edificaciones. La fiebre de la construcción es tomada como síntoma de la prosperidad, no de diseño. Grúas, albañiles y excavadoras señalan a los visitantes el optimismo del progreso en las ciudades. Pero un edificio no debería matar a nadie. Con un terremoto, dice Juan Villoro, la materia, el muro (como con las cárceles, como con las fronteras), se vuelve incomprensible. La paradoja de un sismo es que para salvarse haya que abandonar la casa. La maqueta del Walt Disney Concert Hall de Frank Gehry, sobrevivió el terremoto de Los Ángeles de 1994, pero las personitas a escala que asistían a su concierto imaginario no pudieron escapar. Después de la tragedia no se culpa al movimiento telúrico, sino al hormigón que aprisiona, que aplasta, que mata. En el terremoto del once de marzo, muchos japoneses se salvaron porque tenían alarmas ultrasensibles que, a través de mensajes de texto, anunciaron el sismo segundos antes de que sucediera. Pero los rascacielos nipones no recibieron la alerta. ¿En dónde puede refugiarse un edificio? Después de pagar la cuota de dolor y de memoria, debiéramos alegrarnos un poco de la destrucción: el temblor humaniza a la arquitectura. Nos recuerda que todo tiene un fin y, en pleno zangoloteo, nos obliga al examen de conciencia. Un terremoto desafía la solidaridad de la gente, el vigor de los rescatistas, el patrimonio de un país, la moral del espectáculo de la prensa, la mezquindad de los políticos y la avaricia de los constructores; pero también, y sobre todo, pone a prueba el ego y la generosidad de los arquitectos. Nuestras vidas se definen a partir de los temblores: nacimos antes o después de un terremoto. Sin haber estado allí, cargo junto con mi generación, la herida y el optimismo de la tragedia de México en 1985. Porque la tentación de una nueva ciudad invita también a la resistencia: a pesar de sus cíclicas destrucciones, las ciudades de México, Japón y Perú siguen conservando sus perfiles. Es como si, inconscientemente, nos gustara ser una sociedad de sobrevivientes, a quienes, de cuando en cuando, les atrae el desafío del amanecer ante un horizonte desolador que invita a la resurrección. Vine a vivir a Lima porque no estaba pensando en terremotos. Lo supe cuando deposité mis maletas en un irónico piso número trece, y entendí que, a esa altura, el diseño de una escalera pierde toda su belleza cuando la tierra está tarambana.

[Carta de la Editora en Etiqueta Negra Marzo 2011]