taxistas

Hace un mes justo, llegué a Lima. Dejar a mi familia, mis alumnos y mi trabajo no fue tan difícil como pensar en dejar México en estos momentos.

Siempre he pensado que un error que cometimos en Reynosa la gente de mi generación fue no haber vuelto. Dejar esos espacios en blanco para que otros los tomaran. Así que me dolía pensar en marcharme. El razonamiento detrás de la decisión no viene al caso ahora, que tengo ganas de escribir sobre los taxistas.

El taxista es un lugar común del visitante extranjero. Siempre tienen grandes frases, metáforas, enseñanzas. Los taxistas son capaces de resumir el pulso del lugar que se visita en tres cuadras, con lenguaje simple y sin cargo extra.

En este mes, he hablado con un montón de conductores que me llevan de aquí para allá en esta ciudad que poco a poco va dejando de serme ajena. En Argentina, los taxistas siempre me preguntaban cómo vemos en México a Argentina. Aquí, en Perú, esos señores del volante quieren saber, sobre todo, si nos parecemos. Si mi ciudad es como su ciudad. Si hay tanto tráfico, si me parece un lugar moderno. Algunos, los menos, quieren saber si conozco actrices de telenovela.

Ayer, otra vez me preguntaron cómo es mi ciudad. Si es muy diferente vivir aquí que allá, si al final de cuentas, no me siento casi como si estuviera en mi país. Entonces se me hizo un nudo en la garganta. Porque me dí cuenta que aquí se puede caminar a las doce de la noche en una calle desierta sin miedo. Porque aquí no estoy buscando carros sospechosos. Porque lo que más me mortifica cuando llevo mi laptop en la bolsa es que un pirañita (un niño de la calle), me la estire. Porque no me asusta tanto ver a la policía aquí. Porque leo en Twitter las cosas que pasan en mi país y siento vergüenza. Porque quisiera poder decir que allá vivía el día a día mejor que aquí.

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