Parientes en Tamaulipas

Publicado en el Periódico El Norte

Opinión Invitada

21 Nov. 10

El noreste de México es una tierra inhóspita y seca. Sus habitantes, por ende, no pueden ser otra cosa que gente dura y luchona que no sabe amedrentarse. Durante décadas, el resto del País transitó por nuestras ciudades sin prestarles mucha atención: son lugares agrestes, francos, violentos. Sin mucha gracia ni atractivo para los de fuera más allá de las excentricidades y ocurrencias de sus habitantes. Sin otra utilidad que albergar los puentes que sirven para cruzar al otro lado.

México solía ser un país que acogía refugiados y desplazados. Esta semana se publicó por fin lo que la gente de Tamaulipas hace mucho sabe sobre su frontera chica: que ahora sí ya no se puede vivir en ella. Hace nueve meses que, poco a poco, Mier y Camargo se vacían. Hace nueve meses que por las carreteras del Estado, además de las sospechosas camionetas de vidrios polarizados, viajan también las pick-ups cargadas de muebles, ropa y pesadumbre.

Quienes somos de ahí hace mucho nos acostumbramos a las bromas de pistoleros y pueblos bicicleteros (Trampaulipecos, Reynosa la tierrosa, Vallehermoso, ciudad de las tres mentiras, etcétera) y a que los visitantes pasen a las prisas y se marchen tan pronto como pueden. Estos días nos preguntan sobre la patria chica sólo quienes intentan cruzar al otro lado. A nadie le importan nuestras ciudades si no es para indagar la ruta y el horario más conveniente para evadirlas.

Los tamaulipecos no se sorprenden de que los periódicos -por fin- den cuenta de los refugiados de la frontera chica y establezcan sesudas discusiones en torno a la legalización de las drogas. Por un lado les parecen absurdas las posturas “progre” de quienes indican que más militares no son la solución, puesto que implica la suspensión de ciertas garantías que sólo en la teoría siguen existiendo. Por el otro, les cansan los discursos alarmistas de quienes se dan un poco cuenta de la gravedad de la situación y sugieren que lo mejor es marcharse.

Los tamaulipecos no son gente que se raja, pero nuestras ciudades no tienen todavía una narrativa legítima de la violencia como la de Ciudad Juárez. Reportar sobre lo que en ellas pasa vale poco la pena porque se sabe casi nada sobre sus peligros. Y, sin embargo, son parte importante en esta historia de la guerra que todavía no sabemos calificar. Son importantes porque en ellas empieza y termina el País y sus problemas. Porque de ellas podemos tomar lecciones e idear soluciones para todos.

Tendríamos que empezar un diálogo en torno a los errores que cometimos en la frontera para que no los repitamos en el resto del País. Tal vez el más terrible haya sido el de la indiferencia comodina. El de voltear al otro lado y callarse la boca.

Durante décadas, los tamaulipecos reprobamos los negocios turbios, pero convivimos con ellos. Y si el vecino salía afectado seguramente se lo merecía. En Camargo, como en Miguel Alemán y Tampico, la gente sabía que si ese año no había habido cosecha y alguien andaba estrenando, seguro era que andaban chuecos. Y lo permitimos.

Todos en México necesitan un pariente en Tamaulipas. Felipe Calderón, la mitad de los diputados, un tercio de los empresarios, una docena de comentaristas de radio y tele y otros 50 millones de mexicanos necesitan tener un hermano en Nuevo Laredo, a su mamá en Reynosa, dos primos en Tampico. Necesitan conocer a las maestras de Mier que se niegan a marcharse de sus cada vez más vacíos salones de clases. Hace falta enterarse que la casa de la infancia está balaceada y la primaria abandonada y querer a alguien que pueda narrarte una balacera de primera mano.

Se necesita para que dos veces por semana tomen el teléfono y con zozobra pasen lista a sus afectos entre prisas y susurros. Para que en el nombre de los ranchos donde ocurren las masacres reconozcan la tierra de sus abuelos. Para que también reclamen de regreso las tardes calurosas en la banqueta y el derecho a la franqueza a plena luz del día. Para que les duela, les importe, les mueva. Para que, como suelen decir las abuelas sabias, se miren en este espejo. Que todos tuvieran un pariente en Tamaulipas para que hagan suyas nuestras familias y exijan para México la herencia de Ciudad Mier.

La autora es reynosense. Maestra en Estudios Latinoamericanos y del Caribe por la New York University. Dirige el Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades de la Prepa Tec, Campus Santa Catarina.

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