Cobardes

El fin de semana, Lorenzo Zambrano escribió en esa inagotable fuente de escandalosas declaraciones que es Twitter, que eran cobardes quienes se iban de México. Estos comentarios alimentaron editoriales, titulares e infinidad de tuits. Los hay a favor y en contra. Los hay cínicos, irónicos, escandalosos, orgullosos. Lo más seguro es que los principales aludidos en la declaración ni se dieran por enterados y que los más ofendidos no hayan sido los destinatarios originales del mensaje. De acuerdo o no, el tema da para mucho no sólo en términos de tendencias pero también en cuestiones más bien “normativas”: ¿debemos irnos o quedarnos?

Para muchos la simple pregunta es una burla pues no tienen opción. Lo que sí es cierto es que cada vez que alguien decide irse del país – por razones económicas, de seguridad o de simple salud mental- el país pierde. Cuando el migrante o el exiliado se llevan su talento, capital, esfuerzo y lealtad a otro país, perdemos todos. Lo preocupante de que tantos estén considerando irse (arreglando papeles, llenando solicitudes, pidiendo transferencias, contactando parientes)  es que es muy difícil hacer patria cuando tienes otra de repuesto.

Creo que no podemos juzgar el miedo ajeno: es algo tan irracional y tan privado que es inútil intentar establecer si el temor por la vida, las propiedades y los seres queridos es infundado. Cuando la violencia y la inseguridad son tan erráticos y aleatorios, nos arriesgamos a ser injustos o sentencioso cuando señalmos a quienes un día toman sus cosas y se van. No podemos juzgar a quienes recibieron amenazas, atestiguaron balaceras, fueron despojados de un auto, pagaron un rescate o enterraron a un familiar.  Aunque algunos asuman que sus razones son equivocadas o exageradas. Pero son privadas y como tales, debemos respetarlas aunque no las compartamos. Ése es un valor de la democracia.

Ahora bien, el miedo -o la precaución- de quienes son funcionarios públicos, grandes patrones, líderes de diferentes órdenes, ese sí nos corresponde calificarlo. Porque son justamente ellos quienes nos exigen, nos guían, nos gobiernan. Porque sus funciones y sus privilegios, vienen del poder, riqueza e influencia que obtienen de nosotros, los que nos quedamos. De nosotros: sus empleados, votantes, ciudadanos y clientes. Sus decisiones afectan nuestra vida de una forma que debería ser transparente y sujeta a rendición de cuentas.

Estoy segura que el debate seguirá: En los medios, en la academia, en el gobierno, pero sobre todo, al interior de las familias que todos los días toman decisiones sobre su futuro. Pero dos cosas deberían quedarnos muy claras a todos los mexicanos: Ni es cobarde todo el que se va, ni somos valientes todos los que nos quedamos. Tampoco es cierta ya la noción que circula entre algunos de que la violencia y la inseguridad son focalizadas, controlables ni circunscritas sólo a los que “andan mal”. Si continuamos pensando así, vamos a seguir levantando muros de indiferencia que muy  poco ayudarán a que resolvamos este asunto pronto.