Década de elecciones I

Hace diez años,  hicimos coperacha, le pusimos gasolina entre todos a mi coche y manejamos al Aeropuerto para votar en la única casilla especial que a media mañana todavía tenía boletas para foráneos en Monterrey. Hasta donde sé, cada uno votó por un partido distinto. Éramos estudiantes universitarios nacidos a finales de los años setenta. Crecimos leyendo Proceso, escuchando a nuestros padres quejarse del PRI y de la crisis. Cuando por fin fue nuestro turno en la casilla, Zedillo ocupaba discreta y dignamente una presidencia que le fue entregada como de rebote en la primavera  fundacional de nuestros quince años. Empezábamos a pensar que el modelo podía agotarse. Veíamos en nuestros estados -veníamos de Durango, de Michoacán, de Tamaulipas- que por primera vez los caciques batallaban para ganar las elecciones. Seguían ahí, pero nos quedaba claro que no sería por mucho tiempo. Comprábamos La Jornada y discutíamos sesudamente sobre las posibilidades de nuestro país para el siglo XXI. Pensábamos que las cosas podían e iban a cambiar. Llenamos de gasolina el coche y nos fuimos al aeropuerto de Monterrey.

Ese verano no teníamos miedo. Nuestras diferencias partidarias no nos enemistaban. Nos sentamos en la fila que serpenteaba el lobby del aeropuerto donde docenas de personas más esperaban con la misma paciencia, con el mismo entusiasmo que nosotros. Con un crayón negro y dos trazos íbamos a ayudar a escribir la historia de nuestro país. Por primera vez no teníamos idea quién ganaría las elecciones.

Antier volví a subirme al coche para ir a votar. Con la misma urgencia que hace diez años pero sin aquella ilusión. Y no se trataba sólo del desencanto de tener treinta y uno en lugar de veintiuno. Esta vez el recorrido fue un poco más largo, y tal vez haya sido más peligroso. Libramos la furia del huracán en Monterrey y nos dirigimos a la de la elección más difícil de Tamaulipas en los últimos años. No a la más incierta, sólo a la más difícil. Esta vez mi copiloto era sólo uno: Un joven estudiante que conoce la competencia electoral desde que vota, pero no la posibilidad del cambio político. Sus contemporáneos votan poco, votan nulo o de plano no votan. Su generación no va a mítines, no se manifesta. Organizan grupos en Facebook. Se informan en medios electrónicos, tienen acceso a mucha y muy buena información. Los Tamaulipecos, como nosotros, conocen a alguien que ha estado en una balacera, o les ha tocado estar en fuego cruzado. Si viven fuera, llaman a casa diario y varias veces al día si ese día se reportó “Situación de riesgo”. En eso pensaba el sábado, cuando íbamos en el coche a Reynosa. Sabíamos que esta vez no habría filas.