Parientes en Tamaulipas

El noreste del país es una tierra inhóspita.  El himno de Tamaulipas la describe como “altiva y heróica, la región que dormita en la margen del río”.  Sus habitantes son gente dura que no sabe amedrentarse. Durante mucho tiempo el resto del país transitó por sus ciudades sin prestarles mucha atención: son lugares agrestes, francos, violentos. Quienes somos de ahí nos acostumbramos hace mucho a las bromas de gángsters y pueblos bicicleteros y a que los visitantes pasen a las prisas y se marchen tan pronto como pueden.

Con el asesinato de Torre Cantú, algunos analistas apuntan a lo que los tamaulipecos saben hace rato: que esta tierra que al resto del país le sirve sólo de tránsito para ir a Estados Unidos, le importa a por lo menos dos grupos de criminales organizados. Que mientras los liderazgos nacionales del PRI y el PAN evitan ponerse de acuerdo y se niegan a acudir a la absurda mesa de diálogo a la que llamó el presidente Calderón esta mañana, los únicos que han puesto manos a la obra para repartirse la plaza son delincuentes. Que la violencia que se vive en el estado no es la misma violencia del resto del país que empezó con la guerra al narco de Felipe Calderón. Que pueden llamarle narcoviolencia, colombianización, narcoelección o como mejor quede en el radio, la tele o las ventanitas de ciento cuarenta caracteres. El caso es el mismo: Hace años que a la gente le da desconfianza, miedo y resignación votar. Y hace tal vez un poco menos que la violencia se acomoda libre, impunemente en las aceras y calles de las ciudades de Tamaulipas. Más que de costumbre.

Hablo con mi gente en Tamaulipas y hago notas mentales. Un par de cosas me saltan hoy, a día y medio del asesinato del candidato del PRI a la gubernatura:

Pobre familia, dicen de los de Torre Cantú. Nadie dice pobre PRI, pobres elecciones, pobre ciudad. Después de tantos episodios cotidianos, los tamaulipecos no se lloran ni por las estadísticas ni por las instituciones ni por los partidos. Al final de cuentas, las que sufren son las familias. “Pobre gente”, dicen, y comparten la pobreza de seguridad y tranquilidad. ¿Cuántos muertos son demasiados? preguntaba alguien el otro día en Twitter. Cuando se trata de los tuyos, uno es demasiado.

Ante el futuro, algunos todavía albergan algo de esperanza: Desde en la mañana se ven más federales, dicen. Tal vez con esto, los tres niveles de gobierno ahora sí le entren juntos en lugar de pasarse la responsabilidad unos a otros y asignarse las culpas mutuamente. Tal vez ahora alguien venga a rendirnos cuentas en lugar de a decirnos que no pasa nada. Tal vez los medios van a empezar a reportar lo que pasa. Y ante el tal vez, la duda ¿para cuándo? y ¿qué van a hacer? y ¿cómo  quieren que les ayudemos? Porque azules o verdes, los tamaulipecos coinciden en que es demasiado. Coinciden en que tienen ganas de trabajar. Coinciden en que las cosas tienen que cambiar pero falta liderazgo y compromiso. Estrategia. Que sí, pero que cómo.

Escucho y tomo nota. Escucho y se me ocurre una vaga receta: Todos en México necesitan un pariente en Tamaulipas. Beatriz Paredes y Felipe Calderón, los comentaristas del radio y de la tele y otros cien millones de mexicanos (cien serán suficientes)  necesitan tener un hermano, a su mamá, dos sobrinos en Tamaulipas. Para que no se les olvide. Para que también reclamen. Para que les duela, les importe, les mueva. Para que, como suelen decir las abuelas sabias, se miren en este espejo. Hagan suyas nuestras familias y trátenlas como las de ustedes.

Chiste mal contado

Hoy al país le duele Tamaulipas.  Hoy el país de pronto se interesa por un estado en cuyas elecciones se había puesto poco énfasis por la certidumbre de su resultado: las encuestas de la semana pasada le daban dos tercios de ventaja al candidato del PRI Rodolfo Torre Cantú. Esta mañana Torre y otros siete acompañantes fueron asesinados mientras se dirigían a un evento de cierre de campaña, a menos de una semana de los comicios.Y entonces, ante el espanto algunos tamaulipecos y el cinismo de otros, se asoma un poco de eso que dicen los politólogos que es señal de un proceso verdaderamente democrático: la incertidumbre sobre el ganador. Sólo que en este caso la incertidumbre no es un síntoma de que los proceso electorales están sólo en las manos de los votantes, sino al contrario.

En Tamaulipas siempre ha gobernado el PRI. El moméntum del cambio que culminó en el año 2000 con la llegada del PAN a Los Pinos sólo despeinó brevemente las cabeceras de algunos municipios que de pronto y con sorpresa impaciente, conocieron la alternancia. Este año todo apuntaba a un triunfo arrollador del PRI en todo el estado. Por primera vez en mucho tiempo, los ciudadanos vieron campañas apuradas, cortadas, discretas. Sin grandes declaraciones ni duelos mediáticos. La forma de vida que por supervivencia han adoptado los ciudadanos de a pie, se vio reflejada en recorridos rapiditos, mantas modestas y mítines descoloridos. Todo en el escenario de esa violencia que permea al estado desde hace un poco más que al resto del país y que no ha servido de cuento precautorio para nadie.

La violencia, democrática ella sí, toma igual la vida de una docena de ciudadanos anónimos que del virtual futuro gobernador de la entidad, o de un candidato del PAN a la alcaldía en Vallehermoso. Estos días no importa ni el color del partido ni el tamaño de la camioneta. A cualquiera le puede tocar. Y tal vez por eso los tamaulipecos se espantan pero no se detienen: las autoridades han indicado que hay condiciones para que el 4 de julio vayamos a las urnas. De un lado y de otro, cuando se empieza a enfriar la noticia, cuando queda claro que no se suspenden las elecciones, la ciudadanía se pregunta quién se beneficiará más con el asesinato de esta mañana.

La verdad es que perdemos todos. Si gana el PAN, poco probable pues tenía el 14% de la preferencia la semana pasada, oportunísticamente le tocaría el beneficio de lo sucedido, y  nadie quiere seis años de mandato inmerecido. Si gana el PRI, no habrá quien afirme que ganó el miedo, o que el partido se benefició del martirio del candidato. Lo cierto es que reformular las preferencias (o las resignaciones, como dicen algunos) con tan poco tiempo y tantas dudas, de alguna forma coarta la libertad de la elección. Pierde la vida Torre y perdemos todos en Tamaulipas.  Así que no queda de otra que hacer lo único que todavía podemos hacer: salir a la calle y votar.

Esta tarde, después de la noticia y de que se calmaron los signos de exclamación en Facebook y Twitter, un joven tamaulipeco me decía, “y al final ¿qué mas da?, si las elecciones del estado son un chiste mal contado”. La imagen me pareció pertinente y aterradora: Nadie quiere oír un chiste mal contado porque además de que ya se conoce el final, la narrativa no tiene gracia ni enseñanza. Tal vez para Tamaulipas, sea hora de cambiar el final del chiste, y empezar a contar una historia diferente. Si no, el resto del país tampoco tiene futuro.

Nos vemos en las urnas.