Escribir

Premiación del IV Concurso de Divulgación Científica y Humanística

ITESM, Campus Monterrey

Cuando se me pidió que hablara aquí, no sabía bien qué decir. Así que me puse a hacer lo que sí sé hacer: escribir. Eso nunca falla.

[…] Gracias a los maestros por perseguir el arduo oficio de corregir y encauzar el viaje de cada uno con las palabras. Si de algo pudiera ser indicativo este premio, ((y estoy segura que habrá casos mucho más alentadores que el mío)), les contaré que el ensayo que escribí en 1998 para este concurso fue también el primer texto que publiqué. Primero en una revista de hechura casi artesanal que por entonces editaba la carrera de Relaciones Internacionales y más tarde en un periódico local de Tamaulipas. Con un poco de suerte, la paciencia de un par de buenos editores (…) y muchos, muchos intentos posteriores, no ha sido el último. Pero en ese entonces yo no lo hubiera imaginado. Y ahí, en ese “nunca pensé”,  está la belleza del viaje de escribir: La capacidad que tienen las palabras –una vez que están afuera de nosotros- de transportarnos a lugares que no podemos adivinar de otra forma.

Escribir es una suerte de éxodo solitario hacia otras realidades: aquellas que abordamos cuando tomamos la pluma, o un lápiz, o, cada vez más con más frecuencia, el teclado, ya de la computadora, ya incluso, del teléfono celular. Esto es verdadero para toda la escritura.

En el plano de la ficción, escribir es un ajuste de cuentas con la realidad. Posibilita lo fantástico, lo terrible, lo imposible, lo no creado y lo lleva a una dimensión más concreta. Si lo hemos puesto en palabras, entonces existe. En la pantalla, en el papel pero sobre todo, en el universo de quien lo lee y quien, incluso para reconocer la fantasía o  para denunciarla, debe primero imaginarla.

Cuando se trata de la no-ficción, escribir es el registro de la realidad; si quisiéramos ponerlo en términos más concretos, es la campaña de mercadotecnia que le hacemos a nuestras ideas, a nuestros saberes y experiencias. Para los universitarios, esta segunda opción resulta ser casi vital. ¿Cuántos de los profesores que estamos aquí no hemos experimentado la frustración del estudiante que viene a buscarnos para explicarnos lo que él o ella realmente quería decir cuando tuvo la oportunidad de decirlo, por escrito, en un examen o en una tarea?

De cualquier modo, la escritura nos salva de la realidad –material o imaginada- que nos rebasa. Porque nos permite fijarla y acomodarla de tal forma que podamos entonces adueñárnosla y al mismo tiempo compartirla con otros. Y con cada lectura –propia o ajena- esta realidad hecha palabras se recrea y enriquece, se multiplica. Ahí la importancia de la escritura.

Dice Juan Villoro que “Internet refrendó la fuerza de la cultura de la letra. No podemos vivir sin escritura. La constelación que una vez se trazó con tinta de calamar, ahora brilla en nuestras pantallas”. Hace seis días se celebró el día internacional del libro, efeméride ensombrecida para algunos  por el lanzamiento del nuevo lector electrónico de Apple. El libro peligra, agoniza, muere, dicen cabizbajos algunos, apocalípticos, los otros. Y sobre los diarios se dice más o menos lo mismo. Escritores y periodistas preparan con prisa la elegía de los medios impresos antes de que se termine el papel. Yo no soy tan pesimista. Digamos que estoy más bien del lado de los integrados.

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