Update

En setiembre de 2016 dejé mi trabajo en El Comercio y he dedicado unos meses a viajar y replantear algunos proyectos que tenía en pausa. Sigo enseñando en la Universidad ESAN y publico “Manías textuales”, una columna mensual en la Revista h. He escrito para The New York Times en Español sobre lo que significa ser alcaldesa en América Latina y la migración venezolana a Perú. También escribí algo a propósito de la Mujer Maravilla, para El Dominical de El Comercio. Últimamente leo más de lo que escribo, pero sigo por aquí.

Puro calzoncillo

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Foto: Samantha Sophia @Unsplash

¿Quién se olvidó de invitarnos?

La foto ochentera de un sonriente David Hasselhoff en tiempos del Auto Increíble causa gracia. La leyenda del meme, “Congrats, you have an all-male panel!”, resulta confusa y, con suerte, intrigante. Pero la causa detrás no genera gracia ni esconde un misterio. Se trata de una expresión que se suma al movimiento que boicotea a los paneles de expertos 100% masculinos. Una campaña que tal vez haya tenido más difusión global cuando PayPal organizó el evento “Desigualdad de género e inclusión en el espacio de trabajo”, discusión en donde participaban -wait for it- cinco varones. En Lima, un pequeño torbellino se desató cuando el diario Gestión publicó una nota titulada “Tiempo de crear: qué están preparando siete escritores peruanos en la actualidad” y no incluyó a ninguna mujer.

Después de eso, yo misma le propuse a un grupo de periodistas que consultáramos con catorce escritoras peruanas sus proyectos a futuro. La discusión se desvió: ¿Habría tantas buenas escritoras? ¿Valía la pena su trabajo o solo haríamos el ejercicio por joder? ¿No estábamos forzando esto de la inclusión sin considerar el mérito? Me parece que la pregunta adecuada era: ¿habría tantas escritoras famosas preparando algo? Porque en realidad ¿cómo vamos a saber si son buenas si no las conocemos, si nadie les puso enfrente el micrófono, la grabadora, la cámara?, si nadie las leyó

Pedir que haya más mujeres en los paneles de expertos -o en los espacios de opinión- pareciera un problema de primer mundo, un capricho post-feminista: primero habría que preocuparnos por la violencia, la educación, la salud reproductiva, escuchamos cuando salta el tema. Ahora  resulta que, no contentas con conseguir el derecho a votar, la representación en el congreso y la nominación del partido, también queremos que nos inviten a sentarnos a la mesa y a opinar. Pues claro. Las mujeres no sólo exigimos igualdad en la repartición del trabajo doméstico, el salario y las oportunidades de ascenso laboral, también queremos igualdad al momento de subir al escenario y tomar el micrófono. La denuncia se expresa, como todo en esta era, con un hashtag: #allmalepanel. Es decir, un conversatorio, foro o discusión donde todos los participantes son varones.

Los esfuerzos para contrarrestar la ausencia de mujeres como voceras o ponentes en los debates académicos y foros de expertos parecen venir de un mundo al revés: Australia. Ahí, en 2013, el Women’s Leadership Institute (WLI) lanzó una iniciativa para incluir más mujeres en los foros de discusión así como una suerte de manual con instrucciones sencillas para lograrlo. De hecho, en aquel país, siete conferencistas famosos se sumaron este año con la web No thanks, mate para boicotear todas las charlas en donde el programa no incluya mujeres. Pero los australianos no han sido los únicos: la periodista Rebecca J. Rosen propuso en The Atlantic que los expertos en ciencia y tecnología incluyan más mujeres en sus eventos, inspirada en la práctica de una organización de liderazgo femenino judío, cuyos aliados y miembros hacen la promesa de no participar en paneles 100% masculinos. Y en Suecia y Noruega -paraísos de igualdad- hay iniciativas similares porque también allá entre 70% y 80% de los expertos y voceros que aparecen en los medios y participan en paneles son varones. Que sean los hombres quienes vengan a decirlo, tal vez

En un panorama de tanta desigualdad, la afirmación positiva no es un capricho ni un favor: “si no incluyes intencionalmente, el sistema excluye por default”, dice Elizabeth Broderick, comisionada de discriminación sexual en Australia.  Para Andrea de la Piedra, una de las fundadoras de Aequales -organización que promueve el empoderamiento femenino y elabora un ranking de las empresas con mejores prácticas en favor de la igualdad- uno de los mayores desafío que enfrentamos hoy es la visibilidad, la conciencia de que existen estos sesgos inconscientes: “la empresa que no hace nada replica lo que ya existe”, dice.  Hace unos días, Cynthia Sanborn, escribía en El Comercio que además del famoso techo de cristal que impide que las mujeres alcancen los puestos de mayor liderazgo, también existe una suerte de tubería atrofiada que ralentiza el acceso, como ‘por goteo’, a saber: la elección de carreras ‘soft’  (educación, comunicación) en lugar de  las ciencias duras o las ingenierías, la sobrecarga administrativa y de labores domésticas en detrimento del trabajo de laboratorio o de investigación así como el sexismo y el acoso sexual.

Si “Panel completamente masculino” resulta aparatoso y poco sexy en redes sociales, en Cataluña está: #onsonlesdones o ¿dónde están las mujeres? Una iniciativa que ha tomado fuerza este año, pero que surgió con un tuit de la escritora y especialista en tecnología Liz Castro: “Os estimo a todos, pero ostras, sois todos tíos blancos”. La queja era para el diario catalán Ara y su espacio de opinión AraTv. Desde entonces, Castro y una cincuentena de colegas -entre ellas periodistas, profesoras pero también una  ingeniera, una senadora, una cantante y una neuroradióloga- han lanzado un blog, un observatorio y una cuenta en Twitter para que haya más expertas opinando en público: “miramos todos los espacios donde se dan opiniones [periódicos, tertulias de radio y televisión, etc.] y contamos cuántas de las opiniones son de mujeres”, me explica vía Twitter. Y el activismo no se queda ahí: #onsonlesdones también ha creado un directorio de expertas dispuestas (y capaces) para opinar, derribando así la excusa más frecuente de los organizadores de eventos: “no hay mujeres que sepan de este tema”.

En nuestro país un colectivo de mujeres ha tomado también el toro por las astas:  el Grupo Sofía reúne a expertas en Ciencias Sociales y ha publicado un directorio que incluye a más de cincuenta profesionales, sus datos de contacto y líneas de trabajo. Para que la próxima vez que usted quiera decir que no existen expertas en economía, políticas públicas, desarrollo rural o innovación, mejor lo piense dos veces, consulte la lista y extienda la invitación correspondiente.

Porque, incluso hoy, en el mundo de Dilma y Cristina y Angela (a quienes, a diferencia de los líderes hombres, salvo contadas excepciones, llamamos por su nombre de pila), Hillary todavía tiene que escuchar de su contrincante que no tiene el temperamento ganador para ser presidenta de Estados Unidos. Al final la crítica no es por su capacidad o carácter moral sino por su personalidad, una crítica que todas las mujeres en posición de liderazgo enfrentan: para ser jefa hay que ser una hija de puta. Pero una hija de puta no es una mujer ‘como debe ser’.

Andrea de la Piedra cree que esto sucede sobre todo entre las líderes pioneras:  “las que hoy están en directorios, que son muy pocas, la han tenido que luchar, no la han tenido fácil y su estrategia ha respondido a las necesidades del momento: masculinizarse o camuflarse”.  Eso explicaría por qué, al menos aún en el Perú las poquísimas mujeres que están en la cima no abordan el tema de género como sí lo hacen Michelle Obama, Hillary Clinton o Sheryl Sandberg, que han empezado a usar su influencia para atraer la atención sobre la disparidad salarial, la repartición de tareas, etc.

De hecho, nuestro progreso en política aún puede contarse con los dedos de las manos: la ONU calcula que al día de hoy hay 10 jefas de Estado y 9 Jefas de gobierno en el mundo. En las legislaturas la cosa va algo mejor (23%) pero solo en dos países del mundo las mujeres ocupan el 50% o más del parlamento. Que suceda en Rwanda y Bolivia y no en Escandinavia hace que parezca un error o un mal chiste. En el Perú la presidencia del consejo de ministros -una jefatura de gobierno de facto- ha sido ocupada por tres mujeres durante un total de 555 días, en sus 160 años de existencia. En la última encuesta de poder realizada por Semana Económica, 9 de las 10 mujeres incluidas pertenecen al ámbito de la política, un reflejo de que en los negocios el machismo sigue arraigado justo en la cima: aunque la fuerza laboral femenina ronda el 40% en todo el mundo, se calcula que solo uno de cada cuatro puestos gerenciales y de liderazgo en el sector privado son ocupados por ejecutivas. El World Economic Forum cumple este año una década de rastrear los progresos de género y no tiene buenas noticias: aunque en las aulas universitarias ya alcanzamos la paridad de género, las mujeres hoy ganan en promedio lo mismo que ganaban sus colegas varones hace diez años. En el Perú solo el 14% de las empresas cuentan con mujeres en puestos de alta gerencia mientras que la participación en directorios es de 6%.

Lo bueno, dentro de todo, es que más allá de la avalancha de cifras, datos y nombres de mujeres que escapan a los 7 grados de separación del común de las mortales, la paridad ya no es un tema de tesina universitaria ni dormita en el portafolio de buenas intenciones de algún ministerio. Las nuevas generaciones de mujeres, las que ya tienen edad para hacerse oír y tratarnos de tú a tú a sus mayores caminan con las antenas puestas y la respuesta inteligente e irreverente en la punta de la lengua.

Cada vez que mi amigo E le comparte por email o facebook a su chica MJ, una veinteañera brillante que acaba de terminar una maestría en Estados Unidos, el programa de un congreso o simposio al que le gustaría asistir, ella responde con dos palabras: “Puro pene.”

Es verdad: en los festivales de cine, las ferias de libro, los congresos académicos, las listas de invitados suelen estar dominados por varones transmitiendo dos mensajes: no solo todos los expertos son varones sino que la fama de la que gozan está directamente relacionada con su capacidad (y no con su sexo).

¿Pero qué pasaría si empezáramos a incluirlas a ellas? “Hay un punto clave en política y las empresas. Si queremos más mujeres en posiciones de liderazgo deben haber más mujeres modelos a seguir”, dice De la Piedra. Y en los paneles lo mismo: invitar a una conferencistas u opinóloga atrae la atención de otras mujeres y de jóvenes que entenderán que existe espacio para ellas. Y para eso hace falta que todos metamos el hombro, que todos digamos basta. Incluso esos varones que ya están diciendo que no van si no estamos también invitadas nosotras.

(Publicado originalmente en Revista h, Noviembre de 2016)

Para saber más:

Recuperar la sorpresa

Hace unas horas he terminado de limpiar mi escritorio. Mi bandeja de correo ha quedado vacía. Olvidé la contraseña de Facebook, eliminé el perfil de Instagram, apagué la computadora. Los tres cajones a mi izquierda solo contienen media docena de clips y un par de blocs de notas en blanco. Cuando leas estas líneas, querida lectora, ya habré descendido las escaleras y sonreído por última vez al guardián del edificio. Me habré marchado más o menos por la misma puerta por la que llegué, hace 142 semanas. Ahora tengo más canas, media docena de kilos extras y unas quinientas mujeres en el bolsillo: actrices, deportistas, científicas, activistas, empresarias, médicas, nutricionistas, cantantes. Llegué soltera y me voy una mujer casada. Pelo largo, pelo corto, pelo aún sin teñir, todavía no. Zapatillas, tacos altos, ballerinas, botas de invierno. Vine a viù! porque quería saber si se podía hacer una revista para mujeres que no nos subestimara, que fuera útil y sorprendente y linda a la vez. Y me encontré con un conjunto de señoras y señoritas curiosas y comprometidas con una misma causa: hablarles de tú a tú a nuestras lectoras, recordarnos y recordarles que seguimos luchando contra un puñado de taras heredadas de un pasado más oscuro, pero que gracias a muchas mujeres como ellas hoy somos más dueñas de nuestras vidas y que no basta con celebrar lo alcanzado, que la libertad, como los sueños, se persigue y se conquista día a día. Para ello hemos hablado afanosamente con centenares de mujeres, les hemos hecho miles de preguntas y hemos satisfecho un sinfín de dudas, para cada domingo volver a empezar y renovar nuestra curiosidad. “Lo que a las nuevas mujeres les preocupa es desarrollar su propia individualidad y he aquí que se rehúsan a llamar amo a cualquier hombre, sea un esposo o un guía espiritual. Su libertad personal es mucho más preciosa que la protección del mejor de los hombres. Las mujeres a las que envidian no son simples esposas y madres sino aquellas que a través del trabajo inteligente han conseguido distinguirse en cualquier línea de esfuerzo y cuyo credo ha sido la auto suficiencia”. La frase la escribió Josephine Redding, la primera editora de Vogue, hace 121 años y sigue este domingo tan actual como cuando tu tarabuela aún caminaba por el mundo. Quienes hacemos revistas somos aficionados a quejarnos de los horarios, los cierres de edición, la paga, lo pronto que nos olvidan los lectores. Pero lo único que realmente nos amarga la vida es que desde el cuarto de máquinas, estando siempre detrás del telón, es imposible ser parte de la sorpresa que trae consigo cada ejemplar impreso. Cuando una coge una revista, se enfrenta a un misterio que dura desde la tapa a la contratapa. Y es esa expectativa la que nos mueve a pasar las páginas, a detenernos en una fotografía hermosa, un destacado sorprendente, una frase bien escrita, un dato útil e inesperado. A partir de la próxima semana, cuando mi firma ya no las salude desde esta página, confío en recuperar esa sorpresa, ese placer. Gracias por tanto. Hasta la próxima oportunidad.

Más -mujeres- policías

Somos un país de violadores, de víctimas. Eso sugieren las últimas cifras, aunque los adjetivos y generalizaciones puedan poner a algunos en guardia y terminar la discusión antes de que empiece. Un dato que ayudaría a replantearla: Perú fue el primer país de América Latina en incluir mujeres en la policía. Hace 60 años, justo después de que nuestras abuelas votaran por primera vez. Aquel debió ser un tiempo de optimismo y progreso.

Sabemos que una fuerza policial igualitaria es también menos propensa a aceptar coimas, a usar fuerza innecesaria, a ignorar la violencia doméstica. Los policías varones tienen mejor desempeño si tienen más colegas mujeres. “No hay mayor agente disruptivo que una policía mujer”, escribe la periodista Sarah Smarsh. En su artículo “A favor de más policías femeninas”, Smarsh -cuya abuela fue policía- pinta el panorama en Estados Unidos, donde la llamada más frecuente al 911 es por violencia doméstica, pero solo el 10% de los policías son mujeres.
El Perú está algo mejor. Según un censo de 2015, en el país hay 118,000 policías. Este año, el Mininter indicó que 22 mil peruanas forman parte de la PNP. El 18%. Un reporte de la ONU menciona a las “comisarías de la mujer” peruanas como una estrategia prometedora para acabar con la violencia de género. Un paso más sería que no solo veamos a otras mujeres dirigiendo el tránsito en algunas de las esquinas más congestionadas de la capital, o que las encontremos en las comisarías de la mujer atendiendo las denuncias de violencia familiar, sino que su valentía y trabajo las lleven a puestos de mayor liderazgo. Lupe Valdez es la sheriff de Dallas, Texas, desde hace más de una década. La vi en la televisión dando un discurso de apoyo a Hillary Clinton. Dijo: “Nos ponemos nuestra placa todos los días para servir y proteger, no para odiar y discriminar… la violencia no es la respuesta. Gritar, vociferar e insultar no resolverá nada. Hablar solo con los tuyos en un idioma que solo ustedes entienden no lleva a ninguna parte. Tenemos que empezar a escucharnos unos a otros”. La sheriff Valdez es una mujer lesbiana hija de inmigrantes. Como representante de esas minorías es un ejemplo de diversidad en el páramo conservador de Texas. Pero Valdez conserva el puesto no por ser un símbolo de los grupos identitarios a los que pertenece, sino porque gracias a su trabajo y habilidad política los ciudadanos la han puesto tres veces -este año intentará conseguir un cuarto mandato- a cargo de su seguridad. La igualdad, creo, no pasa por elegir símbolos, sino por crear las condiciones para que cualquiera -una mujer, una lesbiana, un inmigrante- con el talento y el esfuerzo necesario tenga éxito en lo que se proponga. El primer paso es asumir que el juego ha estado amañado. Y eso parece que a muchos les cuesta demasiado. (Publicado en viù! el domingo 7 de agosto de 2016)

Secretos que no lo son

Cuando una mujer llamada Andrea Constand acusó a Bill Cosby de abuso sexual en el 2005, empezó una avalancha. Poco a poco, docenas de mujeres -abuelas setentonas, supermodelos retiradas- comenzaron a contactar a la policía, a los medios, a los abogados de Constand. Todas ellas -más de 50- también habían sido víctimas de los abusos de Cosby. Algunas se habían quedado calladas durante décadas. Otras les habían dicho a sus jefes, sus mejores amigas, sus familias. Una de ellas tuvo un hijo de Cosby, producto de la violación. Y casi todas habían decidido que no valía la pena hacer público aquel crimen. Hasta que, con la denuncia de Constand, se animaron a contar su experiencia. Y junto con esa decisión empezaron a ser víctimas otra vez, ahora de la incredulidad: ¿por qué habían esperado tanto?, ¿qué buscaban?, ¿querían sacar provecho del venerable Bill Cosby porque era famoso, millonario, ahora anciano? ¿se podía confiar en mujeres que habían trabajado en la mansión Playboy, que habían ido solas a la casa de Cosby, que habían aceptado que les sirviera un trago (o un capuccino)? Y la mayoría siguió adelante. Una filántropa y ex-ejecutiva de Hollywood -alguien que no necesitaba el dinero ni  la fama- lo explicó así en un ensayo para “The Huffington Post”: “Me doy cuenta de que estamos tan enfermas como los secretos que guardamos. Una vez que esos secretos se dicen en voz alta, aunque sea a una sola persona, pierden su poder”. Hay asuntos tan incómodos y escabrosos que parecen inadecuados para una publicación de domingo. Pero los secretos que cargamos -por graves o inofensivos que nos parezcan- casi nunca son felices y nos acompañan también los fines de semana. Cada una encuentra un modo de esconderlos, de superarlos, de dejarlos atrás. Y rara vez somos capaces de hacerlo solas. Porque en realidad, como reza el dicho, “Secreto de dos no es secreto”, pero la única forma de quitarnos un peso de encima es compartirlo con alguien dispuesto a ayudarnos a llevar la carga el tiempo necesario para deshacerse de ella. (Publicado en Semana Viù! el domingo 10 de julio de 2016)

La urticaria del 8 de marzo

Vagina, vientre fecundo, virgen inmaculada. Cosas de mujeres: Mortificarse porque la falda del uniforme del colegio se te ha manchado de sangre el día que tu periodo llegó sin avisar. Encerrarse en el baño de la oficina hasta que se te pasen las ganas de llorar después de que tu jefe te gritó. Pagar diez soles más para volver a tu casa en taxi -en lugar de caminando- las noches que sales en minifalda. Aprender a hacer pis sin que tu cuerpo toque el asiento de cualquier baño que no sea el de tu casa. Horrorizarte cada vez que te sale un pelo impertinente en el rostro. Entender que en una reunión de colegas en donde eres la única mujer se espera que tú sirvas el café, y que si se te ocurre pedir una copa en un almuerzo de trabajo recibirás miradas de suspicacia.
Hay cosas, nos dicen, que son solo nuestras. Que solo nos pasan a nosotras y nos hacen tan peculiares que, aunque poblamos algo más de la mitad del planeta, nos hacen merecedoras de una fecha especial en el calendario. Este año nos tocó domingo. A mí el Día de la Mujer me causa un poco de urticaria, me incomoda como un zancudo cuando estás tratando de dormir. Acaso porque no creo en celebrar a esa mujer abstracta, de pelo largo, instinto maternal, puño alzado, lágrima fácil, fortaleza inquebrantable y delicada como el pétalo de una rosa. Tal vez por eso, para esta edición nos propusimos buscar diferentes formas de mujer. No son una muestra estadística de nada. Representan la apurada curiosidad con la que emprendimos este número. No son sino las distintas respuestas a las muchas preguntas que nos hicimos en la redacción: ¿qué logran las mujeres que se ponen juntas a trabajar? ¿acaso se la pasan parloteando todo el día? ¿viven preocupadas de verse siempre bonitas, por aquello de que las mujeres nos vestimos para otras? ¿se ponen zancadillas para sabotearse? ¿se jalan de los pelos y se rasguñan? ¿o viven abrazándose cada vez que consiguen cualquier cosa? Algunas de esas preguntas, ya se habrán dado cuenta, estaban inspiradas en los mil prejuicios que existen sobre nosotras. Y que, con frecuencia, las mismas mujeres repetimos.
Así que visitamos una casa antigua en Jesús María, una chocolatería dentro de un penal en Chorrillos, una oficina pública en el Centro de Lima, un taller textil en Gamarra, una comisaría en el Cono Sur y un edificio inteligente en San Isidro. Miramos, escuchamos, preguntamos, retratamos. Alguna contuvo una lágrima, otras nos despedimos con abrazos y una cálida sensación en el pecho. Todas nos sentimos agradecidas. Mujeres, concluimos cuando pusimos punto final a esta edición, existen de todas las formas y colores, con todos los vicios y todas las virtudes. Y eso, creo, sí es algo que vale la pena celebrar. Feliz día.

(Editorial en viu.pe el domingo 8 de marzo de 2015)

San Valentín

Valentín. Un supuesto mártir de la iglesia católica que, dice una leyenda, murió por una obstinación romántica: a escondidas del emperador romano de turno (Claudio II), casaba a los soldados con sus enamoradas. Según aquel tirano -continúa la leyenda-, el soldado ‘matrimoniado’ era un guerrero distraído e inepto para la profesión. No se podía defender un imperio y querer muchísimo a una mujer. Es poco probable que Valentín haya existido -el Vaticano ha borrado su fiesta del calendario hace más de 40 años- pero hoy aquel santo apócrifo tiene una fiesta secular. La organizan, decimos con cinismo, las industrias del chocolate, de las florerías, de los peluches, los diamantes y del turismo sensual a hoteles con jacuzzis y espumante de cortesía. Nadie disfruta más el día de San Valentín que los marketeros de dichas negocios, y las adolescentes. Para muchas, es la primera vez en la vida que recibirán una flor o una tarjeta tierna. Prepararán brownies, se vestirán de rojo, intercambiarán cartitas con sus amigas en el cole. En esa fecha, yo misma me animé a decirle que sí a un muchacho que me pidió ser su enamorada. Ese día nos tomamos de la mano por primera vez. Otro novio posterior solía llevarme serenata -y rosas- los catorces de febrero a medianoche. Yo solo podía salir a darle un beso tímido al zaguán de la casa. Cada vez que cuento esto último, el hombre con me casé se ríe de aquellas mis cursis escenas adolescentes. Y yo me río junto con él, él que jamás llegaría acompañado de un Mariachi a cantar bajo un balcón miraflorino. Lo nuestro, como lo de la mayoría de parejas, no es un amor en blanco y rojo. No descansa en pétalos de rosa ni se excita comiendo chocolates hiperazucarados. Lo que nos une no es un par de sugerentes esposas de peluche. Pero siempre tenemos la opción de celebrarlo. Yo sé que lo haría si me hiciera sentir la misma emoción que aquellos san valentines de la década de los 90: la sorpresa, la ilusión. Ese tener la cabeza rodeada de pajaritos que cantan y los pulmones repletos de mariposas inquietas. Hoy eso lo encuentro en otra parte, de otros modos. De San Valentín me quedo con esa terquedad mortal de permitir que los que quieran distraerse (o refugiarse) de sus guerras personales con un compañero para toda la vida así lo hagan. Todos deberían tener ese derecho. (Columna en viù!, Febrero de 2015)