San Valentín

febrero 9, 2015 § Deja un comentario

Valentín. Un supuesto mártir de la iglesia católica que, dice una leyenda, murió por una obstinación romántica: a escondidas del emperador romano de turno (Claudio II), casaba a los soldados con sus enamoradas. Según ese tirano -continúa la leyenda-, el soldado ‘matrimoniado’ era un guerrero distraído e inepto para la profesión. No se podía defender un imperio y querer muchísimo a una mujer. Es poco probable que Valentín haya existido -el Vaticano ha borrado su fiesta del calendario hace más de 40 años- pero hoy aquel santo apócrifo tiene una fiesta secular. La organizan, decimos con cinismo, las industrias del chocolate, de las florerías, de los peluches, los diamantes y del turismo sensual a hoteles con jacuzzis y espumante de cortesía. Nadie disfruta más el día de San Valentín que los marketeros de dichas negocios, y las adolescentes. Para muchas, es la primera vez en la vida que recibirán una flor o una tarjeta tierna. Prepararán brownies, se vestirán de rojo, intercambiarán cartitas con sus amigas en el cole. En esa fecha, yo misma me animé a decirle que sí a un muchacho que me pidió ser su enamorada. Ese día nos tomamos de la mano por primera vez. Otro novio posterior solía llevarme serenata -y rosas- los catorces de febrero a medianoche. Yo solo podía salir a darle un beso tímido al zaguán de la casa. Cada vez que cuento esto último, el hombre con me casé se ríe de aquellas mis cursis escenas adolescentes. Y yo me río junto con él, que jamás llegaría acompañado de un Mariachi a cantar bajo un balcón miraflorino. Lo nuestro, como lo de la mayoría de parejas, no es un amor en blanco y rojo. No descansa en pétalos de rosa ni se excita comiendo chocolates hiperazucarados. Lo que nos une no es un par de sugerentes esposas de peluche. Pero siempre tenemos la opción de celebrarlo. Yo sé que lo haría si me hiciera sentir la misma emoción que aquellos san valentines de la década de los 90. Ese tener la cabeza rodeada de pajaritos que cantan y los pulmones repletos de mariposas inquietas. Hoy la sorpresa y la ilusión los encuentro en otra parte, de otros modos. De San Valentín me quedo con la terquedad mortal de permitir que los que quieran distraerse (o refugiarse) de sus guerras personales con un compañero para toda la vida así lo hagan. Todos deberían tener ese derecho.

(columna en http://viu.pe, domingo 8 de febrero de 2015)

Viù!

enero 4, 2015 § Deja un comentario

Vaticinio para los lectores de periódicos: despídase del papel y la tinta y asegúrese de que su tableta y teléfono celular tengan bastante batería. El fin del papel, se anuncia con tono sombrío -o con fanfarria futurista, según la nostalgia- ha llegado. Según esa predicción, Viù! no debería de existir. 48 delgadísimas páginas de papel -eso sí, respetuoso con el medio ambiente- que se añadieron hace un año a este diario en la edición del domingo. Con los rostros, las voces y las inquietudes de mujeres anónimas y otras más conocidas. Señoras y señoritas que hoy festejamos que los adivinos de la prensa se hayan equivocado hasta el momento. Por eso celebramos. Alguien me dijo un día que celebrar un cumpleaños no tiene gracia si la vida de uno no ha corrido peligro en serio. Que cuando uno vive sin riesgos ni peligros resulta un capricho egoísta eso de inflar globos, soplar velitas, obligar a los demás a que le canten a uno una cancioncilla infantil. Pero, dado que el universo de periódicos y revistas está poblado de planetas famélicos y agonizantes, algo de sentido tiene esta celebración. No se trata de pedir regalos ni vítores. Ni de darnos palmaditas en la espalda. Nada vigoriza más que saber que la posibilidad de la muerte nos ronda. Vivir como si no hubiera mañana.  Porque entendemos que saber que tenemos la existencia asegurada nos vuelve aburridas y autocomplacientes. Esta urgencia nos mueve: Sabemos que estás ocupada, aburrida, inquieta. Que no tienes paciencia para el lugar común, ni tiempo para los clichés. Pedirte que detengas tu domingo para pasear los ojos por estas líneas es un atrevimiento similar al del equilibrista sobre la cuerda floja. Después de que te hemos obligado a desviar la mirada hacia nosotros y a contener la respiración, no podemos caer. Pero esperar que vengas acá cada semana no es un acto de inocencia descabellada, sino una forma de obligarnos a hacer mejor cada vez las cosas. De ofrecer algo digno de entrar a tu casa y quién sabe, tal vez hasta de subirnos a la cama contigo mientras tomas café o tomas desayuno con tu familia. Hoy soplamos la primera vela de Viù! y pedimos un solo deseo: que te quedes con nosotras hasta que soplemos la siguiente.

diciembre 29, 2014 § Deja un comentario

Volver atrás -decía mi abuela- no sirve ni para tomar impulso. Ella era una mujer enfocada en el futuro. Planeaba, soñaba, imaginaba. Yo, que no me parezco tanto a ella como me gustaría, vuelvo a menudo sobre mis pasos. Lo hago al menos dos veces al día, cada vez que pierdo mis llaves, o no encuentro el celular, o no estoy segura si apagué los foquitos del árbol. También soy asiduaviu51 del pasado siempre que cometo un error: por masoquismo, pero también porque la única forma de no repetir el fracaso es conociéndolo. Otras veces, me gusta mirar atrás por boba y cursi: suspirar con aquel recuerdo adolescente, derramar una lagrimita nostálgica por la infancia perdida. Los días previos a la Nochevieja, como hoy, son adecuados para los turistas de la melancolía. El año nuevo -escribió Julio Ramón Ribeyro- llega como la presencia ‘enojosa’ de un acreedor. Leo esas palabras 60 años después y me imagino al 2015 como un señor gordo al que uno le debe dinero. Uno se asoma por la ventana y quiere decirle que todavía no, que un ratito más, que el lunes sin falta y a primera hora pagaremos aquella deuda. Tal vez miramos al 2014 con la misma cara con la que se miran los amantes que se despiden en el aeropuerto. O con el alivio de quien se deshace -por fin- de una visita que mastica con la boca abierta y nos ensucia la alfombra. A mí me gusta pensar que el 2015 es ese desconocido apuesto junto al que nos toca sentarnos en el bus. Tal vez tenga mal aliento, pero eso no lo sabré si no entablamos conversación. Y aunque su colega el 2014 no siempre fue amable conmigo, me da una inmensa curiosidad lo que traiga consigo. Y creo que eso me contenta. En la misma carta sobre la naturaleza ‘enojosa’ del Año Nuevo, Ribeyro escribe: «La verdadera felicidad estaría constituída por un perpetuo estado de iniciación, de sucesivo descubrimiento, de entusiasmo constante. Y aquella sensación sólo la producen las cosas…que nos ofrecen resistencia o que aún no hemos asimilado». El calendario nos regala de esta forma una excusa para ser felices. Tomemos la novedad ahora. Echa un último vistazo al año que se va y hazlo con un corazón agradecido. «Ser ingratos con nuestro pasado es una de nuestras peores ingratitudes. -escribe Ribeyro- ¿No forma acaso parte de nuestro tesoro particular cada uno de nuestros días?». La noche del 31 celebremos un funeral feliz. Enterremos los días que dejamos atrás con perdón y gratitud.

(Viù! No. 51. Domingo 28 de diciembre de 2014)

Viaja con él

diciembre 5, 2014 § 1 comentario

Viaja siempre con tu esposo, me dijo con urgencia un médico, segundos después de preguntarme mi edad y mi estado civil. Parpadeé del modo que suelo hacer cuando no comprendo lo que escucho. «Si él viaja solo van a empezar los problemas», me advirtió durante aquella bizarra consulta. Balbuceé que no puedo tomar vacaciones del trabajo cada vez que él debe irse. «Pues te las arreglas. Hay maneras», sentenció. Yo estaba allí porque quería saber si podía extirparme un lunar que me molesta un poco. También me daban curiosidad los distintos masajes y tratamientos para bajar de peso ‘clínicamente probados’ que ofrecía este especialista. (Después de todo, el verano está a la vuelta de la esquina y a nadie le viene mal afinar un poco la cintura o reafirmar las piernas antes de ponerse el traje de baño). Minutos después, mientras aquel doctor examinaba mi rostro debajo de una luz fluorescente y hablaba de láser y cicatrices, yo no estaba preocupada por la posibilidad de cáncer de la piel. Cuando me pidió que me levantara el polo para ver si podía hacer algo por aquellos rollitos, mi mente voló a su primera advertencia: si mi marido anda solo por ahí, seguro que se va con otra. Quise contarle que la última vez que viajamos lo hicimos en aviones distintos, porque nuestras agendas no coincidían. Al final de aquella consulta no hice cita para la siguiente. Rechacé la lipoescultura que me sugirió y no quise saber más de mi lunar incómodo. Ese día, aquella clínica perdió una paciente y varios cientos de soles. ¿Por qué traficar con nuestras inseguridades? Feliz de la vida me habría hecho uno u otro tratamiento si solo hubiera apelado a mi bienestar. A mi yo egoísta. Bastaba: «Con esta máquina te olvidarás de la celulitis y cada vez que te pongas un bikini te sentirás regia». ¿Cuántas mujeres se operan la nariz con la esperanza de que alguien les proponga matrimonio? ¿Cuántas se tiñen de rubio para tener más chances de que las contraten? Bienvenidas sean las mejoras y caprichos estéticos más extravagantes. Obligatorios todos los chequeos y despistajes más desagradables. Pero que sea egoísmo puro. Que no sea el miedo el que te lleve a la peluquería. Que no te asuste negarte una vez a acompañar a tu pareja a esa aburrida reunión. Que no te aterrorice hacer cita para tu siguiente mamografía (esa que estás postergando). Que el miedo te acompañe es inevitable. Pero que no te domine.

(Columna en viù!, 21 de septiembre de 2014)

Vocación

noviembre 28, 2014 § Deja un comentario

Vocación de madre, de profesora, de médico, de bailarina, de sacerdote, de poeta. Ese llamado inexplicable a hacer tal o cual cosa parece tener un sesgo hacia la nobleza. Como si una voz nos susurrara con urgencia: anda a evangelizar a África Subsahariana, a curar las heridas de los leprosos, a madrugar para llegar a tiempo a enseñarle a los niños a leer y escribir. Dicen los artistas en las entrevistas: «siempre supe que lo mío era el arte». Pero ¿cuántas de nosotras hemos tenido una revelación tan clara? ¿Cuántas adolescentes postulan a la universidad con plena convicción de que quieren, en efecto, pasarse la vida como contadoras, administradoras o publicistas? Cuando era niña estaba resuelta a ser odontopediatra. Lo repetía una y otra vez cada vez que alguien me lo preguntaba. Y confirmaba aquella prematura vocación cada seis meses cuando visitaba con entusiasmo el consultorio dental: mi doctora era una joven bonita e inteligente. Su oficina tenía un precioso vitral de una jirafa y cuando era tu cumpleaños te enviaba una tarjeta por correo. Me parecía lo máximo. Todo eso quedó muy lejos cuando tuve que marcar la carrera de mi preferencia en el examen de admisión a la facultad. Recuerdo la escena con bastante claridad: era una tarde de agosto y, mientras hacía cola detrás de otra docena de estudiantes tan inmaduros como yo, me debatía entre Comunicación y Relaciones Internacionales, como quien está a punto de elegir un boleto de lotería. La prueba de intereses vocacionales había dicho que podía ser una buena abogada. Mis padres deseaban en secreto –aunque jamás me lo dijeron– que fuera ingeniera, como ellos. Mi abuelo materno decía que hacía falta un doctor en la familia. Lo único que yo sabía era que me encantaba ir a la escuela y que quería viajar. No me atrevía a decir en voz alta que lo que de verdad deseaba era que algún día alguien me pagara por leer y escribir.  Pasaron más de 12 años para que eso sucediera, casi como por accidente. El filósofo François-René de Chateaubriand escribió «un maestro en el arte de vivir no distingue entre el trabajo y el juego; su labor y su placer; su mente y su recreación. Con dificultad sabe cuál es cuál. Simplemente persigue su visión de excelencia a través de lo que sea que esté haciendo». Cuando uno va a su trabajo como si fuera a una fiesta, cuando espera con gusto que termine el domingo para estar frente a la computadora o ver a sus colegas, uno sabe que ha encontrado su sitio. Que sea lunes.

(Semana viù! 14 de Septiembre 2014)

Venecia

octubre 12, 2014 § Deja un comentario

Venecia: una abogada de ascendencia libanesa se casa con un actor estadounidense de ojeras atractivas. Durante las últimas semanas hemos mirado -y admirado- sin cansarnos las fotografías de aquella fiesta. Y hace algunos meses lo mismo sucedió con Angelina Jolie. ¿Por qué se animó Amal Alamuddin a decirle que sí a ese playboy empedernido? ¿Para qué se vistió de blanco tradicional la menos convencional de las actrices de su generación? ¿Por qué la industria de las bodas crece y crece aunque también lo hace la estadística de divorcios? Porque somos optimistas, porque creemos en el amor y nos gusta celebrarlo, porque creemos que vale la pena decir en público que uno pretende pasar el resto de su vida siéndole fiel a la misma persona. Y, también, porque nos gusta bailar, beber y usar zapatos lindos. Rodeadas de gente que nos quiere. Me declaro fan de las bodas. Tanto, que aunque aún no cumplo ni medio año de casada, a menudo me siento con ganas de volver a celebrar mi matrimonio. Pero no siempre fue así: durante la mayor parte de mis veintes fui escéptica, cínica y despectiva respecto a todo el numerito. Veía con tristeza cómo mis guapas, equilibradas e inteligentes amigas perdían la cabeza por aquella dichosa ocasión. Deslumbradas por el brillante que llevaban ahora en el dedo anular, no hacían otra cosa que hablar de flores, fotógrafos y canapés. Rompían en llanto cuando el vestido no les quedaba y atormentaban a sus futuros maridos para que eligieran juegos de vajilla en las listas de regalos. Hasta que me topé con un hombre que me hizo entender que una boda en abstracto no me atraía. Pero casarme CON ÉL sí me apetecía. Así que ahora soy mucho más comprensiva, aunque algunos rituales me siguen pareciendo absurdos, cursis y sobre todo, innecesariamente caros. Y al menos esto último merece la pena repensarse: Hace unos días, Andrew Francis y Hugo Mialon, economistas de la Universidad de Emory (EE.UU.), publicaron un estudio que sugiere que, entre más costosa es la boda, menos probabilidades tiene de durar el matrimonio. Tal vez las deudas contraídas estresan a los novios. Tal vez una fiesta demasiado cara es síntoma de que algo anda mal en la relación. «Dime de qué presumes -decía mi abuela- y te diré de lo que careces». Pero un poquito de extravagancia bien pensada no tiene nada de malo. Y cuando llegue el día disfrútalo, futura novia. Nosotras brindamos para que te sientas como en una fiesta todos los días después de ese día.

(12 de octubre en viù!)

Vota así

octubre 5, 2014 § Deja un comentario

Vota ASÍ, dicen los letreros que a partir de mañana serán basura. Vota por fulano, por zutana o mengano. Vota para que la ciudad cambie. Vota para que siga el curso que lleva. Hazlo por los niños. Piensa en el futuro. Vota porque es obligatorio en este país. Porque de otro modo tienes que pagar la multa. Porque no quieres líos al momento de renovar tu pasaporte. Vota porque tu bisabuela murió sin poder hacerlo. Vota con los pies en la tierra: la democracia no es un acto de magia ni una panacea. Vota con la cabeza fría y el corazón contento. Vota no como quien termina una carrera sino como quien recién emprende una maratón. Vota con la confianza de que –como con un costoso par de zapatos– si te equivocas al elegir, tienes la temporada siguiente para cambiar de opinión. Vota con la misma convicción y disciplina que te desmaquillas después de una noche larga o te examinas los pechos en la ducha. Vota del mismo modo concienzudo que elegiste el colegio para tus hijos.

Mi primera experiencia electoral ocurrió en 1985. Aquel día de setiembre volví a casa arrastrando con desgano la mochila: había perdido las elecciones para ser representante del grupo 1º A de mi primaria. Mis padres me explicaron que aquella derrota era predecible: Maribel, la chica pelirroja que ganó, tenía más amigos que yo, que era nueva en ese colegio. De consolación, me convertiría en funcionaria resignada: el resto del año yo borraba la pizarra cada vez que la profesora lo indicaba. Me propuse que, en segundo grado, la representante sería yo. No había campañas electorales. Solo había que levantar la mano el día que la profesora preguntara quién quería postular. Eso era fácil. Lo difícil, para una niña tímida que no sabía atarse los pasadores –un símbolo de fracaso total en primero de primaria– era tener más amigos que Maribel. Así que me pasé el año haciendo lo que una niña entiende por política: memoricé los apellidos de todos los niños del salón. Limpiaba con ahínco la pizarra. Si alguien necesitaba ayuda con los problemas razonados, ahí estaba yo. Compartí mi lonchera con una niña a la que nadie le dirigía la palabra. Aprendí a declamar. Me porté mejor que nadie. Al año siguiente fui la jefa de mi grupo. Así que hoy vota contenta tú, ciudadana registrada, que esta vecina tuya se ha quedado con las ganas.

(Domingo 5 de octubre en viù!=

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