Secretos que no lo son

Cuando una mujer llamada Andrea Constand acusó a Bill Cosby de abuso sexual en el 2005, empezó una avalancha. Poco a poco, docenas de mujeres -abuelas setentonas, supermodelos retiradas- comenzaron a contactar a la policía, a los medios, a los abogados de Constand. Todas ellas -más de 50- también habían sido víctimas de los abusos de Cosby. Algunas se habían quedado calladas durante décadas. Otras les habían dicho a sus jefes, sus mejores amigas, sus familias. Una de ellas tuvo un hijo de Cosby, producto de la violación. Y casi todas habían decidido que no valía la pena hacer público aquel crimen. Hasta que, con la denuncia de Constand, se animaron a contar su experiencia. Y junto con esa decisión empezaron a ser víctimas otra vez, ahora de la incredulidad: ¿por qué habían esperado tanto?, ¿qué buscaban?, ¿querían sacar provecho del venerable Bill Cosby porque era famoso, millonario, ahora anciano? ¿se podía confiar en mujeres que habían trabajado en la mansión Playboy, que habían ido solas a la casa de Cosby, que habían aceptado que les sirviera un trago (o un capuccino)? Y la mayoría siguió adelante. Una filántropa y ex-ejecutiva de Hollywood -alguien que no necesitaba el dinero ni  la fama- lo explicó así en un ensayo para “The Huffington Post”: “Me doy cuenta de que estamos tan enfermas como los secretos que guardamos. Una vez que esos secretos se dicen en voz alta, aunque sea a una sola persona, pierden su poder”. Hay asuntos tan incómodos y escabrosos que parecen inadecuados para una publicación de domingo. Pero los secretos que cargamos -por graves o inofensivos que nos parezcan- casi nunca son felices y nos acompañan también los fines de semana. Cada una encuentra un modo de esconderlos, de superarlos, de dejarlos atrás. Y rara vez somos capaces de hacerlo solas. Porque en realidad, como reza el dicho, “Secreto de dos no es secreto”, pero la única forma de quitarnos un peso de encima es compartirlo con alguien dispuesto a ayudarnos a llevar la carga el tiempo necesario para deshacerse de ella. (Publicado en Semana Viù! el domingo 10 de julio de 2016)

La urticaria del 8 de marzo

Vagina, vientre fecundo, virgen inmaculada. Cosas de mujeres: Mortificarse porque la falda del uniforme del colegio se te ha manchado de sangre el día que tu periodo llegó sin avisar. Encerrarse en el baño de la oficina hasta que se te pasen las ganas de llorar después de que tu jefe te gritó. Pagar diez soles más para volver a tu casa en taxi -en lugar de caminando- las noches que sales en minifalda. Aprender a hacer pis sin que tu cuerpo toque el asiento de cualquier baño que no sea el de tu casa. Horrorizarte cada vez que te sale un pelo impertinente en el rostro. Entender que en una reunión de colegas en donde eres la única mujer se espera que tú sirvas el café, y que si se te ocurre pedir una copa en un almuerzo de trabajo recibirás miradas de suspicacia.
Hay cosas, nos dicen, que son solo nuestras. Que solo nos pasan a nosotras y nos hacen tan peculiares que, aunque poblamos algo más de la mitad del planeta, nos hacen merecedoras de una fecha especial en el calendario. Este año nos tocó domingo. A mí el Día de la Mujer me causa un poco de urticaria, me incomoda como un zancudo cuando estás tratando de dormir. Acaso porque no creo en celebrar a esa mujer abstracta, de pelo largo, instinto maternal, puño alzado, lágrima fácil, fortaleza inquebrantable y delicada como el pétalo de una rosa. Tal vez por eso, para esta edición nos propusimos buscar diferentes formas de mujer. No son una muestra estadística de nada. Representan la apurada curiosidad con la que emprendimos este número. No son sino las distintas respuestas a las muchas preguntas que nos hicimos en la redacción: ¿qué logran las mujeres que se ponen juntas a trabajar? ¿acaso se la pasan parloteando todo el día? ¿viven preocupadas de verse siempre bonitas, por aquello de que las mujeres nos vestimos para otras? ¿se ponen zancadillas para sabotearse? ¿se jalan de los pelos y se rasguñan? ¿o viven abrazándose cada vez que consiguen cualquier cosa? Algunas de esas preguntas, ya se habrán dado cuenta, estaban inspiradas en los mil prejuicios que existen sobre nosotras. Y que, con frecuencia, las mismas mujeres repetimos.
Así que visitamos una casa antigua en Jesús María, una chocolatería dentro de un penal en Chorrillos, una oficina pública en el Centro de Lima, un taller textil en Gamarra, una comisaría en el Cono Sur y un edificio inteligente en San Isidro. Miramos, escuchamos, preguntamos, retratamos. Alguna contuvo una lágrima, otras nos despedimos con abrazos y una cálida sensación en el pecho. Todas nos sentimos agradecidas. Mujeres, concluimos cuando pusimos punto final a esta edición, existen de todas las formas y colores, con todos los vicios y todas las virtudes. Y eso, creo, sí es algo que vale la pena celebrar. Feliz día.

(Editorial en viu.pe el domingo 8 de marzo de 2015)

San Valentín

Valentín. Un supuesto mártir de la iglesia católica que, dice una leyenda, murió por una obstinación romántica: a escondidas del emperador romano de turno (Claudio II), casaba a los soldados con sus enamoradas. Según aquel tirano -continúa la leyenda-, el soldado ‘matrimoniado’ era un guerrero distraído e inepto para la profesión. No se podía defender un imperio y querer muchísimo a una mujer. Es poco probable que Valentín haya existido -el Vaticano ha borrado su fiesta del calendario hace más de 40 años- pero hoy aquel santo apócrifo tiene una fiesta secular. La organizan, decimos con cinismo, las industrias del chocolate, de las florerías, de los peluches, los diamantes y del turismo sensual a hoteles con jacuzzis y espumante de cortesía. Nadie disfruta más el día de San Valentín que los marketeros de dichas negocios, y las adolescentes. Para muchas, es la primera vez en la vida que recibirán una flor o una tarjeta tierna. Prepararán brownies, se vestirán de rojo, intercambiarán cartitas con sus amigas en el cole. En esa fecha, yo misma me animé a decirle que sí a un muchacho que me pidió ser su enamorada. Ese día nos tomamos de la mano por primera vez. Otro novio posterior solía llevarme serenata -y rosas- los catorces de febrero a medianoche. Yo solo podía salir a darle un beso tímido al zaguán de la casa. Cada vez que cuento esto último, el hombre con me casé se ríe de aquellas mis cursis escenas adolescentes. Y yo me río junto con él, él que jamás llegaría acompañado de un Mariachi a cantar bajo un balcón miraflorino. Lo nuestro, como lo de la mayoría de parejas, no es un amor en blanco y rojo. No descansa en pétalos de rosa ni se excita comiendo chocolates hiperazucarados. Lo que nos une no es un par de sugerentes esposas de peluche. Pero siempre tenemos la opción de celebrarlo. Yo sé que lo haría si me hiciera sentir la misma emoción que aquellos san valentines de la década de los 90: la sorpresa, la ilusión. Ese tener la cabeza rodeada de pajaritos que cantan y los pulmones repletos de mariposas inquietas. Hoy eso lo encuentro en otra parte, de otros modos. De San Valentín me quedo con esa terquedad mortal de permitir que los que quieran distraerse (o refugiarse) de sus guerras personales con un compañero para toda la vida así lo hagan. Todos deberían tener ese derecho. (Columna en viù!, Febrero de 2015)

La cofradía de los portarretratos plateados

Hay que ser cierto tipo de mujer para exhibir en casa las fotografías en marcos de plata. Eso me decía siempre que espiaba las casas ajenas y descubría, una y otra vez, en repisas y mesita10295798_242477429291900_6241694944670597973_ns los recuerdos familiares más importantes enmarcados por ese clásico brillo argentino. Había que ser como Ivanka Trump, que en su lista de novios incluyó tres pares de portarretratos Tiffany (en US$500, US$415 y US$295 cada modelo, según “The New York Times”). O como algunas tías, que acostumbraban rezar el rosario y participaban en clubes de jardinería y tejido.

Yo no era esa clase de mujer, me repetía mientras escudriñaba aquellos retratos felices. Hasta que un día, sin saber bien cómo, en mi departamento donde no reluce casi nada, aparecieron no uno, sino dos portarretratos en plata .925. Resultó que sí había que ser un cierto tipo de mujer para ser dueña de ese adorno: una señora casada. No importa cuánto insistan los novios en planificar las mesas de regalos, ni cuán modernos, minimalistas o progres sean. Si hay una boda de por medio, seguro hay un metálico portarretrato entre los obsequios.

Nos gusta pensar que el amor, nuestra personalidad, amistades, hábitos y hasta nuestros gustos en decoración quedan intactos luego de que cambiamos de estado civil. Después de todo, insistimos, solo es un papel, un cambio de domicilio, otra cajita que marcar en los formularios médicos y migratorios. Lo cierto es que con la resaca de la boda y la actualización del DNI viene también ese marquito plateado. Y, si no es algo que deseabas, lo mble es que se trate del regalo de alguien que no te conoce bien, pero que te aprecia y se alegra contigo de que hayas encontrado a alguien con quien quieras compartir tu vida. Quien regala ese portarretrato metálico podría pasar por perezoso o falto de imaginación.

Mi teoría es otra: ese portarretrato es típico de quien te hace un obsequio por compromiso, incluso aunque no lo hayas invitado a la fiesta. Alguien con quien conservas cierta cariñosa distancia: la mejor amiga de la universidad de tu mamá, el jefe de tu novio, los vecinos de tu abuela que siempre la quisieron mucho. Y ¿no es el quid de una boda justamente el compromiso?

Quien te regala un marco plateado te obsequia también la oportunidad de que exhibas el recuerdo de ese día feliz con un brillo especial. Aunque no combine con el resto de tu sala. Agradécelo.

(Mi columna en viu.pe del domingo 8 de octubre 2015)

Bodas y matrimonios

Boda
Foto: Santiago Vaquera.

Nicole tenía seis años cuando declaró que, de grande, ella quería ser como yo.  Yo no tuve tiempo de sentirme halagada porque, entre un bocado y otro del desayuno, agregó: “nunca me voy a casar, igual que ella”. Su mamá, mi mejor amiga, quiso suavizar aquella conversación. Nicole, tan bien educada como elocuente, nos explicó a ambas que la soltería le parecía más apetecible: yo viajaba más, salía más y compraba más regalitos para ella que su mamá, que estaba casada. Una lógica peculiar a los seis años, cuando, se supone, las niñitas típicas sueñan con ser princesas y, por consecuencia, con casarse. Porque una boda es -entre millones de otras cosas- la posibilidad de ser hermosa, amada y perfecta. Aunque sea por un solo día. Yo, hace seis años, ya era ‘perfecta’ a los ojos de Nicole. O por lo menos, era la imagen de un futuro apetecible. Tal vez por ello, Nicole haya sido la única persona en el mundo con la que titubée al darle la noticia de mi matrimonio. Sentí que iba a traicionarla. He escrito matrimonio y no boda por una razón: aunque en el Perú se usen como sinónimos, no lo son (y tampoco duran lo mismo).  Podemos oponernos al matrimonio como institución, como símbolo, como opción de vida. Podemos pensar que es absurdo, inútil, anticuado, castrante. Podemos pensar, como algunas niñas listas, que el matrimonio nos enjaula y nos vuelve señoras cansadas. Que nos despersonaliza. Pero una boda suele ser sinónimo de fiesta y alegría. Una boda nos hace a todas -novias e invitadas- más bonitas. En una boda todo es más armonioso, más lindo, mejor que en la vida real. El día de mi boda yo no era tan flaca como lo exigía el vestido y arruiné con torpeza el maquillaje mientras lloraba en la ceremonia. Nicole llevó un ramo de flores ese día. Aunque no me lo dijo a mí (a los doce nos volvemos más tímidas), sé que su presencia era otra forma de cariño. Sin testigos, sin el reconocimiento de los demás -de tus padres, tus amigos, tus vecinos, el Estado, tu comunidad de fe- el matrimonio es un viaje más solitario, un salto sin red de seguridad. Una boda es ese lugar donde quienes te quieren, van y abrazan a un desconocido y le prometen que intentarán quererlo. Ojalá que pronto más personas puedan celebrar su boda, ojalá que pronto TODOS puedan, si así lo desean, brindar frente a su familia y amigos porque encontraron a ese desconocido. Ahí estaremos para festejarlo.

Oliver Sacks

de Violento entusiasmo, disposición vehemente y excesivamente desmesurado en todas sus pasiones. De este modo se describía a sí mismo hace unos días el neurólogo Oliver Sacks en una columna del New York Times. El autor de «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero» anunció que, a sus 81 años, se encuentra cara a cara con la muerte por culpa de un cáncer que ha invadido su hígado. El texto me llamó tanto la atención que lo imprimí y lo subrayé a mano. La mía no era la fascinación morbosa que provoca la ajena tragedia de un famoso. Había una serenidad y lucidez admirables en cada una de sus palabras. Parecen dictadas por una gratitud urgente con la vida. Tiene aún tanto por hacer y tan poco tiempo.
On Kawara, un pintor japonés que nació siete meses antes que Oliver Sacks, tuvo una obsesión distinta respecto al tiempo. Aunque de su biografía se conocen pocos detalles, su trabajo es un registro minucioso de su obsesión con la vida y el presente. Por estos días, quien visite el Museo Guggenheim de Nueva York podrá ver algunas de las más de tres mil pinturas de la serie «Hoy» de Kawara: cada una tiene un fondo sólido (rojo, azul, negro, gris) y sobre él la fecha del día en que la creó. No hay nada más. Cada una es un homenaje al efímero día a día: antes de guardarlas, el pintor las envolvía en una hoja de papel periódico de la misma fecha. Trabajaba como si no hubiera mañana: si no conseguía terminar el trabajo antes de la media noche, lo destruía. Para entender por qué tanto Sacks como Kawara resultan irresistibles haría falta echar un vistazo a la entrevista de esta semana. Gisella Orjeda -hoy una funcionaria de la ciencia y la creatividad- dice que existen personas que viven en el pasado (y lamentándose), otras que solo quieren disfrutar el presente. Las que viven para el futuro, a menudo sacrifican el goce de hoy como una inversión para mañana. En su columna, Oliver Sacks no se lamenta: nos dice que él ha sido parte del desafortunado 2% de pacientes con melanoma ocular a los que el cáncer se les extiende a otras partes del cuerpo. El neurólogo apunta, además que se siente «intensamente vivo». La expresión es un cliché pero también es sincera y eficiente: Sacks dice que ahora está concentrado en el presente. Lo suyo han dejado de ser los planes. On Kawara, por su parte, gustaba de anunciar vía telegrama a sus amigos: «Sigo vivo». Envió 900 de estos mensajes, algunos de los cuales también expone el Guggenheim ahora. Después de muerto, aquellos papeles hablan de sus obsesiones y su talento. Yo me pregunto qué habré hecho hoy que sobreviva mi paso por aquí, aun mucho después de marcharme.

(columna en viù! el 22 de febrero de 2015)

Viste su celulitis. No querías, pero lo hiciste. Estaba en la tele, en algún quiosco al pasar. La espiaste en tu teléfono celular o en la computadora de tu trabajo. ¡Qué descaro! ¡Qué perezosa! Días después también te lamentaste de las malas decisiones que aquella otra había tomado. Cliqueaste una y otra vez en las galerías de fotos. Estaba irreconocible. Otra pobre víctima de la obsesión con la apariencia, le dijiste a tu colega en la oficina. Que envejezca en paz, con gracia. Que asuma su edad con dignidad, sentenciaste. ¿Y a ti qué te importa? ¿No tenemos bastante ya con nuestra propia inseguridad? ¿No nos hemos ya graduado del colegio? ¿Nos gusta el bullying, sí? ¿Acaso no tenemos nada mejor que hacer que rajar de las demás? Nada ganamos con estos ejercicios ociosos. Ni siquiera superioridad moral. Es más, me parece que estos días he mirado con renovada neurosis mi propio trasero: redoblo la cantidad de agua que bebo. Me matriculo en una clase de yoga. Escribe Caitlin Moran en ‘How to be a Woman’ sobre el afán de la prensa que vive de señalar las fallas de las celebridades: «Para una lectora, no existe consuelo al ver una foto de una mujer famosa ‘ampayada’ con un lente de largo alcance, con ‘círculos escarlatas de vergüenza’ alrededor de sus piernas fofas, brazos con estrías o su guata ligeramente hinchada. Porque lo que esto le dice a una lectora…es que aunque fuera una mujer ambiciosa y creativa que ha trabajado duro, recibido algunas oportunidades y escalado en su profesión para ser famosa en una industria de hombres, los paparazzi vendrían a buscarla para hacerla sentir fatal…». Y toda esta especulación gratuita y azarosa, continúa Moran, es perniciosa. Porque las mujeres tenemos relaciones de por sí bastante complicadas con nuestro cuerpo como para que los demás también tengan derecho a opinar sobre él. Porque refuerza la idea de que la cualidad más importante en una mujer es su belleza física, porque -parece que el mundo nos dice- no importa que seas una actriz en la cima del mundo, una deportista de clase mundial o una política al mando del gobierno de una nación, al final de cuentas, el mayor juicio que debemos enfrentar es el de ese espejo hipertrofiado, malvado y chillón que nos señala con saña nuestras supuestas imperfecciones. Ya va siendo hora de que dejemos de hacerle caso.
(columna en viù! del 8 de febrero de 2015)