Un villano necesita un zoo privado
mayo 15, 2013 § 2 comentarios
Durante la última guerra de Irak, el primer viajero que llegó desde el extranjero después de las tropas estadounidenses no buscó el frente de batalla: se fue al Zoológico de Bagdad. Lawrence Anthony no era un voluntario de la Cruz Roja ni un reportero a la caza de una exclusiva ni un mercenario tras Saddam Hussein: era un activista sudafricano preocupado por los animales del mayor zoológico del Medio Oriente. Había visto por televisión las imágenes del combate. Sabía que en Afganistán, Kosovo y Kuwait estos habían sido las víctimas invisibles de la guerra. Sabía que en la Segunda Guerra Mundial trece mil animales murieron en el Zoológico de Berlín. Y sabía que tenía que estar ahí. Lawrence Anthony recuerda que en Bagdad, cuando cruzó la verja de los Jardines al-Zawraad, lo primero que pensó fue en conseguir un rifle para matar a la treintena de animales desnutridos y nerviosos que habían sobrevivido a los bombardeos y al saqueo de los hambrientos iraquíes. Quedaba sólo el cinco por ciento de la población que tenía el zoológico antes de que empezara la guerra. En su libro, Babylon’s Ark: The Incredible Wartime Rescue of The Bagdad Zoo, el defensor de leones y elefantes africanos recuerda el día que encontró a más sobrevivientes: a quince minutos del zoológico había otro santuario
de animales salvajes. Era el palacio abandonado de Uday Hussein, el primogénito del dictador. Durante su huida había dejado atrás a sus mascotas tras las rejas. Los Boinas Verdes del ejército estadounidense habían bautizado como Xena, Heather y Brutus a los tres leones pendencieros del hijo. Los alimentaron sacrificando a otros animales encontrados en el palacio. Una leyenda decía que Uday Hussein, alto funcionario del deporte nacional, amenazaba con lanzar sus perros salvajes sobre los futbolistas que fallaban en los partidos. Dos de esos perros estaban agazapados y famélicos en otra jaula junto a un par de guepardos. Un villano sin zoológico privado es un fracasado.
Ramsés II mandó importar a Egipto toda clase de felinos. Se dice que Nerón sólo sentía cariño por una tigresa blanca, Phoibê, que vivía en una jaula de oro. Josefina, la mujer de Napoleón Bonaparte, tenía un orangután, una foca y varias llamas en su jardín, una especie de Edén personal donde otros animales exóticos vivían en libertad. Hitler amaba a sus perros, sobre todo a Blondie, una pastor alemán a quien ordenó sacrificar antes de suicidarse. Pablo Escobar tenía un zoológico en su hacienda. Hoy al narcotraficante le sobreviven una veintena de hipopótamos salvajes que recorren las llanuras colombianas. No hay más hipopótamos libres en todo el continente. El hombre que mandó matar a más de diez mil personas y que arrancaba los dedos de sus víctimas antes de quemarlas vivas era un amante de los animales. Pero la biofilia —esa pasión que sentimos por todo lo que respira—, no es sólo una excentricidad de los delincuentes. El entomólogo Edward O. Wilson explica que todos los humanos estamos programados para sentir una conexión especial con los animales. Tocamos alelados el vidrio de un acuario, rascamos detrás de las orejas a un perro, pagamos para tomarnos una foto con un koala. Lo aprendemos desde niños: un estudio encontró que en una muestra de cien cuentos infantiles, sólo en diez no había animales. «Justo cuando alguien está aprendiendo a ser humano—dijo alneW york TImes el conservacionista Kieran Suckling—, lo rodeamos de no-humanos». El contacto con las bestias nos humaniza. Es un espejo que nos hace lucir más inteligentes, más poderosos, mejores. Semanas después de enfrentarse a tiros, las tropas de Estados Unidos y la Guardia Republicana de Saddam Hussein trabajaban juntos reparando jaulas porque Lawrence Anthony los había persuadido. El primer sitio de Bagdad que reconstruyeron los iraquíes después de la guerra fue el zoológico de la ciudad.
Toco madera
noviembre 9, 2012 § 1 comentario
Intentar convencernos de la urgencia de salvar la Amazonía porque se trata del pulmón del mundo no es un error de marketing: es una ingenuidad. Sólo sentimos que nos falta el aire en los incendios, en las altas montañas o bajo el mar. El aire es un elemento invisible y por eso nunca pensaremos en él. Lo conocemos a través del vapor que arrojan las ollas, de algunas faldas que vuelan con un ventarrón, o el vaho que escapa de nuestra boca los días que hace demasiado frío. Las campañas contra la deforestación harían bien en rescatar el encanto del árbol caído. Hay una belleza elemental y primitiva en los objetos de madera. Todos provienen de árboles derribados que reencarnan en cuerpos cotidianos. Tocamos madera todos los días. Nuestras primeras letras son garabatos sobre papel hecho con celulosa. Mordemos la cabeza de los lápices mientras aprendemos a multiplicar y a dividir. Rezamos arrodillados sobre bancas de roble. Atrapamos los fideos del tazón con palitos chinos hechos de abedul. Mareamos pesados trompos de encino en el parque del barrio. Abatimos algarrobos para avivar nuestras hogueras. Abrazamos guitarras de ébano. Dividimos pan y queso sobre tablas de ciprés. Sepultamos el cuerpo de nuestros abuelos en cofres de cedro. Un mundo sin madera perdería su textura de leyenda. Jesucristo habría sido hijo de un ceramista y sacrificado sobre una roca. Cincelado en mármol, el caballo de Troya sería un monumento a una muy idea torpe. Noé jamás habría salvado a las especies en una balsa de caucho. Un Pinocho de hojalata sería un robot demasiado cursi. El repertorio de nuestras metáforas estaría incompleto. No encontraríamos la raíz de los problemas. Ninguna chica guapa se ilusionaría creyendo que tiene madera de actriz. Los portadores de malas noticias no podrían andarse por las ramas. Y los supersticiosos quedarían desamparados sin poder tocar madera. No tendríamos Filosofía: sin robles ni bellotas Aristóteles habría demorado en explicar que el hombre potencial habita en el niño. Tampoco conoceríamos a ciertos filósofos: Karl Popper pasó dos años como aprendiz de carpintero en Viena y en su Autobiografía cuenta que después de enfrentar un gran pedido de escritorios de caoba buscó un oficio menos exigente que también pudiera hacerse cerca de una mesa de trabajo. Harrison Ford no habría sido descubierto mientras hacía labores de carpintería. Sin árboles, no existen los bosques encantados. Tampoco podríamos actuar como árboles en la obra de teatro escolar. Interpretar a un coloso de madera no debería ser el premio de consolación para los que no consiguieron ser príncipes ni brujas. Pero raíces, troncos y ramas también pueden convertirse en villanos. Este otoño una de las peores tormentas de la Historia cayó sobre el noreste de Estados Unidos. Se llamaba Sandy. Los periódicos anunciaban que los árboles se habían convertido en armas mortales. Un padre y una hija paseaban a su perro cuando quedaron atrapados bajo un tronco. Las ramas de otro árbol atravesaron el techo de una casa y aplastaron a dos niños mientras miraban televisión. Un candidato político murió con el golpe de la pierna de un árbol. La naturaleza parecía haber olvidado su instinto maternal. «Si se tratara de un caso policial, los detectives tratarían al calentamiento global como cómplice probable del crimen», dijo el Huffington Post. Pronto el agua reencontrará su cauce, vendrán los constructores a reparar los edificios. A los árboles desgajados por el huracán sólo les espera la motosierra. Tal vez -ojalá- resuciten convertidos en guitarras, puertas y crucifijos.
El último desayuno
septiembre 1, 2012 § 2 comentarios
Los historiadores nos deben una historia universal del desayuno. Sólo los nutricionistas y los empresarios del cereal se han preocupado por estudiar la comida que inaugura el día. En una biblioteca un hambriento encontraría regordetes volúmenes de fórmulas calóricas o frugales recetarios pero nunca una teoría sobre el primer alimento que nos llevamos a la boca. Existen tratados sobre el huevo, enciclopedias del café y odas a la hojuela de maíz de Kellog’s. Malas noticias para los ilusos que creen que hay de todo en Internet : allí no hay resultados para «Desayuno, Historia del». No es ninguna sorpresa que el English Breakfast sea el plato nacional de Inglaterra, un país de legendario aburrimiento gastronómico y el único con un historiador del desayuno, un hombre llamado Seb Emina que escribe bajo el seudónimo de Malcolm Eggs. Tal vez al resto del mundo nos limita la superstición de que no podemos pensar con el estómago vacío. Yo no funciono bien si empiezo el día con el estómago repleto. «Todos los días amanezco a ciegas a trabajar para vivir; —escribe Vallejo— y tomo el desayuno, sin probar ni gota de él, todas las mañanas». Nunca me gustó desayunar. Excepto los domingos, me provoca náuseas desde niña. Mientras los otros chicos se desmayaban si iban al colegio con el estómago vacío, yo vomitaba cada vez que mi madre triunfaba en la primera de sus obligaciones diarias. En ayunas aprendí a mentir cada vez que la maestra me preguntaba qué había comido esa mañana. La ciencia, los libros de superación personal y las abuelas repiten que es la comida más importante del día. Pero hubo una época en la que se le permitía ayunar a los monjes, a los niños y a los guerreros para ejercitar su disciplina y concentración. En alemán y en japonés el primer alimento se conoce como «comida de la mañana», mientras que en inglés y en castellano desayunar significa romper el ayuno, acabar con el vacío. Por ello es un acto íntimo cuando se comparte con un amante y tan mundano cuando tiene lugar en la fila de un buffet.
Hay banquetes para el almuerzo y para la cena. Hay cenas románticas y comidas familiares. En cambio el desayuno es una oferta obligatoria en cualquier hotel que se respete. El primer alimento del día ha sido relegado a la categoría de trámite alimentario, una estación necesaria antes de los platos que comemos por placer. Los desayunos son energizantes y terapéuticos pero casi nunca memorables. Los desayunos son tan poco excitantes que hasta las dietas más extremas lo permiten. Desayunar en la cama es un lujo para ociosos, la herencia de cierto privilegio reservado hoy para los enfermos, los niños malcriados y los comerciales del día de las madres. Existen tres tribus de comensales que disfrutan de manera sincera el desayuno: los borrachos con resaca, los obligados a hacerse un análisis de sangre y los pobres. Para ellos el hambre es una condición natural e involuntaria. La única vez que la Biblia menciona el desayuno es cuando Jesús resucitado se aparece por tercera vez a sus discípulos y les ordena volver a echar las redes al mar después de que éstos habían pasado la noche sin pescar. «Vengan a desayunar», les dice Cristo. Y esa invitación al amanecer es al mismo tiempo una celebración y la prueba de un milagro. El desayuno debería ser un pretexto para la alegría, una celebración después de abrir los ojos y constatar que —otra vez— no hemos muerto mientras dormimos.
Se vende aire puro [no se aceptan tarjetas de crédito]
agosto 10, 2012 § 3 comentarios
A veces las catástrofes económicas resultan, por una paradoja, un golpe de suerte para la salud del planeta. Cuando suceden, utilizamos menos el auto, suspendemos las vacaciones en avión, utilizamos la ropa del verano anterior, e inventamos formas que el dinero rinda. La escasez monetaria nos vuelve hippies involuntarios que benefician la ecología. Ninguna campaña de Greenpeace es tan convincente como quedarse de súbito con menos dinero. Hace unos años, por ejemplo, en el peor momento de la última crisis financiera, la cantidad de CO2 en la atmósfera se encogió tanto que el mundo pareció respirar de alivio por unos meses. Resolver los problemas ambientales es sobre todo un dilema económico: los gobiernos subsidian a las compañías que limpian el agua después de haberla contaminado, los laboratorios de investigación ofrecen premios millonarios para quienes inventen el próximo auto ecológico y luego se rehúsan a fabricarlo, los empresarios multimillonarios compran bosques remotos que sirven para descontaminar la atmósfera. Nosotros compramos camisetas para salvar a los delfines, preparamos el desayuno con unas naranjas carísimas que nuestro vecino cultiva en su huerta, botamos a la basura el refrigerador que funciona pero que gasta más electricidad y lo reemplazamos por uno con un sello de garantía verde. Si tenemos dinero para gastar, contaminamos más. Estamos programados para comprar y vender, y sólo compramos menos cuando las cosas cuestan más, y, por el contrario, en lugar de ahorrar, compramos más cuando las cosas cuestan menos. Hace un siglo y medio, William Stanley Jevons, un economista británico, pronosticaba que usar el carbón como combustible de manera más eficiente no conduciría al ahorro sino al derroche. Pero la pregunta clave de Jevons era si a Inglaterra le interesaba más la grandeza efímera que la mediocridad duradera. La mediocridad de ese entonces, dice David Owen en su libro Conundrum, sería hoy sinónimo de la palabra sustentabilidad. Owen, un periodista ambiental de la New Yorker, cree que Jevons tenía razón: la mayor parte de las tecnologías verdes de hoy terminan siendo un pretexto para seguir gastando, pero con la conciencia tranquila. Ahora vivimos aterrados de que nuestro estilo de vida próspero sea incompatible con el medio ambiente, pero no estamos dispuestos a sacrificarlo. Así que también hemos creado un mercado de buenas intenciones. Lo único que todavía no se vende es la frugalidad, esa cara virtud de vivir mejor con menos.
Yo no quiero ser John Malkovich
junio 20, 2012 § 1 comentario
La ilusión que nos han creado los reality shows es que deberíamos alegrarnos ante la oportunidad de ser alguien más. Remodelar la casa, el guardarropa o el rostro es el sueño que ofrece la televisión como fórmula para la felicidad. Pero la última generación de estos programas ya no busca talentos originales ni le pide a los concur- santes que encuentren su propia voz: ahora premian a los que se parecen más a sus ídolos. Allí está Yo soY, un espectáculo en el que para ganar los concursantes deben convertirse en la mejor copia de otra persona. En la película Being John Malkovich, un titiritero fracasado encuentra una puerta que conduce al cerebro de este actor. La mujer del titiritero cree que el descubrimiento es un negocio en potencia y pone un aviso:
«¿Alguna vez quiso ser alguien más? Ahora es posible.
Sin bromas. Sólo 200 dólares por 15 minutos.
Visite J.M. Inc., Mertin-Flemmer Building».
Al primer y único cliente que responde el aviso no le importa tanto que no pueda elegir en quién convertirse: «Malkovich sería mi segunda opción —dice cuando contrata el tour—, pero es maravilloso: soy un hombre gordo y triste». La fantasía no está en ser un famoso, sino en habitar el cuerpo y la mente de otro durante un cuarto de hora. Que exista una puerta para escapar de uno mismo. Algunos vendedores de sabiduría pop repiten que uno se libera, es decir que uno triunfa, cuando se contenta con ser- uno-mismo. ¿Qué pasa cuando aspiramos a tener las tetas más grandes, la esposa del vecino o talento para el piano? Que un adulto quiera convertirse en otro podría leerse no sólo como la evidencia de un inconforme sino como el síntoma de un perdedor. De niños no dudamos cuando se nos pregunta qué queremos ser de grandes: astronauta, futbolista, superhéroe. Después —cuando nos hemos resignado— ser otro se convierte en la excusa para diseñar una doble vida, la oportunidad de renegar de nuestra herencia o de rebelarnos contra el destino. Pero, sobre todo, es un pretexto para jugar a ser lo que no somos. Michelle Obama —una graduada de Harvard y Princeton que ganaba el doble que su esposo cuando él era senador— dijo en una entrevista que le gustaría ser Beyoncé y tener el don de la música. La mujer del presidente de Estados Unidos quiere divertirse. El cuestionario de Proust era un juego de salón del siglo XIX que hoy sigue siendo una invitación para que los famosos se reinventen en las páginas de las revistas. A los veintitrés años Mick Jagger quería ser un Beatle. Brigitte Bardot desearía poder obrar milagros. Giorgio Armani quisiera ser un libertino. A Deepak Chopra, que dice que no se arrepiente de nada, le gustaría cantar como Plácido Domingo. Donald Trump qui- siera jugar golf como Tiger Woods. En Being John Malkovich, el encanto no estaba en tener quince minutos de fama, porque al final uno entendía que la vida de Malkovich también era triste y aburrida (aunque con un poco más de dinero). Lo excitante de verdad era ponerse una piel ajena y actuar dentro de ella. Sentirse distinto. Alguien con más belleza, talento, dinero o libertad. Nadie quiere ser otro para ser peor. Para eso nos tenemos a nosotros mismos.
La era de la sed
junio 5, 2012 § Dejar un comentario
No hacen falta palabras rimbombantes ni términos científicos en latín para referirse a ella. De los cuatro elementos de la naturaleza, es el que menos sinónimos tiene. Ninguno de ellos es intercambiable. No existen sobrenombres para el agua. A uno no le refresca un vaso de líquido helado ni le provoca una ducha de fluido caliente para poder dormir bien. Lo que necesitamos es agua y no hay forma de reemplazarla. Estamos hechos de agua y no sabemos casi nada de ella. Ni de dónde viene ni a dónde va. El primer número de Etiqueta Verde está dedicado al agua. Ignoramos su edad, sus propiedades y no somos capaces de describir con precisión su sabor. Pero nos la estamos terminando.
En Tuvalú, una isla de Oceanía que es uno de los países más pequeños del mundo, el cambio climático no es un cuento de ciencia ficción. Le quedan menos de cincuenta años de vida. En esa isla del Pacífico de veintiséis kilómetros cuadrados las olas van ganando espacio a los campos, las carreteras y, pronto, también a las casas de sus doce mil habitantes. En cualquier inundación, el agua termina siempre por volver a su lugar: en Tuvalú no será así. Es un lugar en peligro de extinción porque el resto del mundo sigue conduciendo autos, duchándose por demasiado tiempo, comprando alimentos procesados que se ofrecen en envoltorios plásticos. Tuvalú sería el primer país que desaparece a causa del calentamiento global. Pero no el último: a su alrededor hay otras islas donde medio millón de personas miran por la ventana cómo sube la marea y preparan sus maletas. Sus pasaportes son desde ahora objetos de colección.¿A dónde irán?
[***]
Asterio Takesy es un hombre que trabaja con organizaciones que gastan millones de dólares para que los últimos días de Tuvalú y sus vecinos sean menos dramáticos. Dice que su labor es como acomodar las tumbonas de sol en la cubierta del Titanic. Etiqueta Verde buscará historias de los Asterios Takesys del mundo. «No puede amarse lo que tan rápido fuga», dice el poema de Watanabe que inspira el título de la historia de portada en este número. Amemos pronto a Tuvalú. Le quedan cincuenta años.
La angustia sobre el futuro del agua nos iguala como ciudadanos de la sed. Se necesita agua para celebrar un carnaval. Para bautizar un niño. Para preparar un café. Incluso para inundar un pueblo que sólo aparece en la noticias hundido en la desgracia. El Perú tiene el lago más alto, el río más caudaloso, y la capital del país con vista (y de espaldas) al mar. Pero ignoramos otra forma de decir «agua» sin parecer cursis, químicos o pobres de lenguaje. Volvemos a pronunciar la misma palabra porque no hay otra. La crisis no es lingüística sino de imaginación y política: si no encontramos otras formas de cuidar el agua, tampoco tendremos una nueva palabra para ella.
[Carta del Editor. Etiqueta Verde No. 1 Abril, 2011]
El derecho de callar
abril 19, 2012 § 2 comentarios
El Óscar a la mejor película en 2011 fue para El Discurso Del Rey, en la que un monarca que debe dar un mensaje a la nación se pregunta si Inglaterra está lista para escuchar por la radio dos minutos de silencio de un tartamudo. El año siguiente la Academia de Hollywood premió una película que contenía cien minutos de silencio. No se trataba del intolerable silencio de algunos presidentes que, sin problemas con su lengua, callan durante años. Se trataba de la película muda más galardonada de la historia del Óscar. Lo paradójico es que fue hecha en la era del sonido de mayor fidelidad y en la del peor ruido. Michel Hazanavicius, el director de El Artista, nos recuerda con acento francés que hoy más que nunca subestimamos el poder del silencio como el del cero en las matemáticas. La palabra tiende a ser vanidosa. En Internet, nuestro domicilio real, solemos ser aún más exhibicionistas de nuestra ignorancia, torpeza y mezquindad. Nos creemos invisibles, libres, anónimos. Y tendemos a intervenir. A quejarnos. A maldecir. Con otros quinientos millones de adictos a la vez. Hoy algunos presentimos, nerviosos, en la yema de los pulgares, que callar es síntoma de indiferencia, de ignorancia, de ingratitud. Creemos que, si callamos, concedemos. El silencio, como condición necesaria para pensar, está en vías de extinción. Y nosotros junto con él: el ruido eleva el ritmo cardiaco y nos llena de cortisol, la hormona del estrés que nos hace irritables, agresivos y lentos para ayudar a los demás. Pero ya no es sólo un asunto de paz auditiva. Estar enterado es un problema de salud mental. El ruido de todos gritando a la vez se agita al ritmo del ringtone del teléfono celular, se acelera en Twitter, se cansa en Facebook. ¿Por qué insistimos en opinar donde no hace falta, de quejarnos de lo que no nos afecta? «Es casi intolerable —escribió George Steiner en BABEl— que las necesidades, afectos, odios e introspecciones que son tan propios, que dibujan nuestra conciencia del mundo y de la identidad, tengan que ser pronunciados». Lo dijo el siglo pasado. Y ya no es suficiente que algo nos guste. Hacemos click click para que se sepa y nos guste que a los demás les guste y nuestros nuevos antipáticos o imbéciles sean aquellos a quienes no les gusta o los que tienen la cortesía de desaparecer. No es posible enviar un tuit vacío, y si dejamos en blanco el estado de Facebook es casi como admitir que no estamos pensandoen nada. La indignación no es atendible si no va acompañada de un texto en mayúsculas y luego aparecen digitadores quejándose en minúsculas de la contaminación visual de las mayúsculas. Los tipógrafos aún no inventan el silencio on line. San Jobs nunca trabajó en él.
[Carta editorial Etiqueta Negra 102]