septiembre 1, 2014 § Deja un comentario

Vasitos de plástico con tapa antichorreo. Cuchillos de punta roma. Manteles impermeables. Sospechosos nuggets de pollo, deprimentes hamburguesas y aburridos tallarines a la boloñesa. Cucharas recubiertas de jebe. Comensales de corta concentración, incapaces de masticar con la boca cerrada, de quedarse sentados más de 35 minutos, propensos a meterse debajo de la mesa. El imperio de los restaurantes infantiles es un fenómeno de última generación. Durante buena parte del siglo XX, los restaurantes fueron sitios para adultos. Y los niños que asistían a ellos se comportaban como tales. Sin magos que vienen a la mesa ni cajitas con sorpresa. Sentarse a la mesa –a cualquier mesa- según el sociólogo francés Norbert Elias, es un proceso civilizatorio. Es decir, una forma de volvernos aptos para vivir en armonía con otros humanos. Alimentarse es un acto primitivo. Hacerlo en compañía nos obliga a controlar esos instintos. Al menos, dice Elias, eso aprendimos durante siglos: desde no limpiarse los dientes con un cuchillo, hasta evitar los eructos en la mesa. Cuando el prestigio no se gana con fuerza bruta –como en ciertos reality shows- dominar las funciones corporales es símbolo de refinamiento. Pero en una sociedad donde la burguesía crece, los buenos modales se vuelven asunto de la vida privada. En ese caso, el prestigio viene de lo que uno tiene-compra-gana-paga. Comer fuera no es un asunto de elegancia o exclusividad, sino una rutina de consumo. Y el pragmatismo del mercado –o la democracia del consumo- es perverso para los buenos modales. Al cliente, lo que pida. Y si el cliente tiene hijos y estos resultan ser unos minúsculos tiranos o chiquitines inquietos, el mercado les ofrecerá sitios hechos a su medida. No hay nada de malo en ello: ¡que vivan los restaurantes donde se puede dibujar en el mantel y disfrutar un panqueque con una carita sonriente de crema batida! Pero sería bueno que nos resistamos un poco a esa infancia prolongada y privilegiada. ¿No hay ya demasiados señores con actitudes infantiles y desconsideradas? ¿De verdad hacen falta letreros que nos prohíban tocar objetos frágiles? No recuerdo nada tan emocionante cuando era niña como las noches en las que me colaba en la mesa de los grandes: ahí la comida era mejor, la conversación estaba llena de enigmas para mi curiosidad y las servilletas siempre eran de tela. Creo que allí aprendí a ser adulta. O al menos a desearlo.

Viral

agosto 26, 2014 § Deja un comentario

Viral: el video que captura el momento en que un periodista es decapitado en el Medio Oriente. Viral: una campaña benéfica que pretende que -a cubetazos de agua helada- aprendamos algo sobre la esclerosis lateral amiotrófica. Viral: la carta que escribió la hija de Robin Williams para despedirse de su padre muerto. Viral: todo aquello que se propaga con el fin de destruir. Viral: infeccioso, venenoso, contagioso. Como la violencia, la generosidad, la estupidez y la gratitud. En términos biológicos, un virus, explica el periodista científico Michael Specter, es un parásito incapaz de funcionar por sí solo y cuyo único talento es apoderarse de controlar las células del cuerpo receptor para reproducirse. O sea, un oportunista. Un bicho que se aprovecha de nuestra necesidad -u obligación- de estar cerca de otros: de besar, de dar la mano en una entrevista de trabajo, de toser en el cine, de viajar apretujados con otras tres docenas de almas en un vagón del Metropolitano. Cuando se apodera de nosotros, puede manifestarse de inmediato, como cuando atrapamos una de esas horribles versiones de la influenza, o esconderse durante algún tiempo hasta que empieza a sabotear al mismo cuerpo que lo alberga, como sucede con el VIH. Un virus ataca poco más fuerte a los hambrientos, a los tristes, a los débiles, ajetreados, a los pobres. A quienes tienen las defensas abajo. Pero, -bendito cuerpo humano- casi siempre somos capaces de combatirlo, ya sea como individuos o como especie. Harmit Malik, un geneticista evolutivo de origen indio, dice que los virus son una fascinante oportunidad para la ciencia: mientras que amenazan nuestra existencia, también nos ayudan a volvernos más fuertes. A él le interesan los parásitos más poderosos, pues de ellos podemos entender la clave de nuestra supervivencia. Hay bichos que, como niños, debemos contraer para estar más sanos como adultos: pienso en la reglamentaria varicela que todos hemos padecido, causada por el Epstein-Barr. Lo cual me obliga a preguntarme si existe vacuna contra esos virus que nos invaden en la vida online: esos videos, fotos, frases y noticias repletos de superficialidad, de histeria, falsedad y tonterías. Y si no la hay ¿cuánto tiempo tardaremos en crear anticuerpos? Que sea pronto y sin dolor.

Columna de la editora, Viù!, domingo 24 de agosto de 2014. 

Día del padre

junio 16, 2014 § Deja un comentario

Viernes, cuatro y pico de la tarde. Centro de Lima. Levantas la mano con insistencia. Ningún taxi. Sinfonía de bocinas y motores pestilentes. Se detiene uno al fin. Agachas la cabeza para negociar precio y distancia y te arrepientes a medio camino. En el asiento trasero viaja una bebe en un asientito especial.  «Estoy libre», se disculpa el chofer y con los ojos te pide que no te marches. Luego explica: «Ando trabajando con la niña». Por tu mente alocada pasan fugaces veinticinco estúpidas teorías: bebe raptado, pasajera cómplice, fuga en taxi, etcétera. Te avergüenza la desconfianza. El taxi lleva matrícula, está limpio, en orden. Todo normal excepto por la bebe. El hombre te mira esperanzado. Te subes. A tu lado, Yosllin, -enterizo rosa, mejillas chaposas, ojos de sorpresa-, te mira sin parpadear. «¿Andas de paseo?», preguntas con esa voz con la que se le habla a un niño con la intención de que sean los padres quienes respondan. No está de paseo. Lleva cuatro horas dando vueltas por Lima, mientras su papá intenta hacer taxi. Intenta: «Hay clientes que no se animan,-se queja-. No se trabaja igual». Yosllin te mira fijamente. Aún le quedan dos horas de jornada. A las cinco y media tendrá hambre. Entonces su papá interrumpirá cualquier carrera, buscará un sitio, preparará la leche en el biberón de vidrio que la niña aún no es capaz de sostener por sí sola, le dará la leche, sacará el chanchito y de vuelta al asiento donde una sonaja de colores la entretiene. Yossllin cumple seis meses. Su  madre está trabajando y no puede cuidarla. Durante algún tiempo Yosslin -se inquieta durante el tiempo muerto frente a los semáforos- estuvo inscrita en una cuna, mientras mamá iba a su oficina y papá hacía taxi. «Pero empezó a perder peso, a llorar». Y ¿cómo iba a dejar él que eso sucediera? No podía. Así que se quedó con ella. Primero a cuidarla y después empezó a llevarla a trabajar con él. Nada muy distinto a lo que hacen tantas mujeres a diario. ¿Entonces por qué me conmueve tanto este señor que maneja con cuidado y cortesía? ¿Por qué en él parece tan singular y valioso si tantas mujeres cargan con sus hijos para trabajar, aunque no sea lo mismo, aunque ganen menos, aunque los clientes no se animen? Tal vez porque en su experiencia está la semilla de la igualdad de género, de la empatía en pareja, de una ciudad más amigable, de una hija orgullosa de su padre. Ojalá todos los padres salieran a trabajar como si llevaran a sus hijas en el asiento trasero del auto.

(Columna en http://viu.pe/ del 15 de Junio de 2014)

ET llama a casa

mayo 14, 2014 § 1 comentario

Lo normal es que alejarse de casa sea peligroso. Lo normal es que la casa paterna sea segura y el mundo inseguro. Lo normal es que las madres llamen a los hijos que se han marchado lejos para saber cómo están.La mía llama para asegurarme que en Reynosa todos bien. Lo que quiere decir es que ni a ella ni a mi padre ni a mi hermano les ha caído un balazo. Un domingo de marzo ella levanta el teléfono y anuncia: «Hoy se puso feo, pero todos estamos bien». Ella dice «se puso feo» y cuando colgamos busco en Internet qué significa eso. Lo normal sería buscar en los periódicos. Pero allí sólo está el nuevo presidente diciendo que vamos a transformar el país. Allí sólo está el nuevo horario de primavera, dieciocho grados centígrados, cielos parcialmente nublados.

Mordisqueo un pastel de chocolate que sobró del almuerzo y me entero. Ella quiso decir que en Reynosa se escapaba un tigre del circo, que los narcotraficantes incendiaban camionetas y que alrededor de mi padre y mi hermano estallaban granadas. Ella dice «todos estamos bien» y yo adivino que quiere decir que le alegra que nadie de los nuestros sea uno de los cuarenta muertos de esta noche. Los nombres de esos muertos nunca van a publicarse y por eso nunca vamos a tener la certeza de que hayan sido cuarenta como todo el mundo dice. Al despedirnos, mi madre no dice «cuídate». Ella no dice «anda con cuidado». Ella no tiene que preguntar si yo estoy bien, porque ya lo sabe. Yo estoy lejos. No le cuento del pastel de chocolate. El pastel a medio terminar ahora es un memorándum siniestro sobre la mesa: Emigrar es siempre una traición. Me fui sin pensar que sería para siempre. No me espantaron las balaceras. A ninguno de nosotros lo habían levantado. Los bombazos sólo eran en las casas de la gente mala.

Huí sólo de las calles polvorientas, del pueblo sin bibliotecas ni librerías. Cuando dejé Reynosa no conocía aún la vergüenza de su violencia. En esa época la frontera mexicana eran Tijuana, Mexicali, Ciudad Juárez. La frontera y su contrabando y sus putas y sus narcocorridos y todos sus clichés quedaban muy lejos de nosotros. «Aquí no es así», decíamos. Aquellas fronteras eran un malentendido, una injusticia para las demás. Para nuestras tierras de gente afanosa, recia, tosca pero honrada. Me fui sin saber que algún día tendría miedo de volver. Que me daría vergüenza admitirlo. Sobrevivir sin estar junto al peligro no tiene chiste. Te conviertes en un cobarde.

Los que se van para no volver son siempre sospechosos. Cuando yo era niña, casi todos los mayores que conocía se iban a estudiar fuera, pero volvían cada fin de semana, en las vacaciones, y después, cuando se graduaban, regresaban para quedarse. De vez en cuando, algún vecino «andaba huido». O sea, cruzaba la frontera para que nada malo le pasara tal vez porque algo malo había hecho. Sólo había esos dos modos de marcharse.

Hace quince años que me fui de Reynosa, la primera ciudad de mi biografía. Pronto habré vivido fuera más que a la orilla del Río Bravo. ¿Se puede todavía reclamar el gentilicio sin haberse tapado la boca de espanto? ¿Se puede decir que uno es reynosense aunque nunca haya atrancado la puerta con la prisa de las balaceras? La misma noche del pastel de chocolate hago lo que hacemos todos los que estamos a salvo, es decir, los que estamos fuera. Procuro un modo de tocar el peligro. De acercarme a la zozobra. De reclamar esa ciudad herida para mí. Youtube me regala quince minutos del tableteo de los cuernos de chivo, el rafagueo de las R-15s, de una que otra granada. De vez en cuando, las voces con

ese acento que huele a la casa de uno.

—No levantes, no tienes que estar grabando güee.

—¿Nos vamos p’allá atrás, Apá? — susurra una mujer

—Sí, p’atrás, p’atrás, p’atrás

Uno perro chilla. A lo lejos el ulular de una sirena. Puertas que se abren y se cierran. Autos que pasan a toda velocidad.

—Se oye gacho. Ya no tardan en entrar los soldados.

Dos tiros. Siete más lejanos que los contestan. Hay una vacante en el Cártel del Golfo y se la están peleando, dirán los rumores al día siguiente. En la esquina noreste del país la mayoría de la gente aprecia a los soldados. La última Navidad yo misma he visto a una anciana detenerse en un retén a entregarle tamales a unos militares. Esta noche, sabremos después, no habrá Ejército.

El resplandor azul de una sirena interrumpe la caja negra en Youtube.

—Ai viene la policía—se ríe entre incrédulo y resignado el camarógrafo. Más tiros. Una granada. O un basukazo.

—Están aquí, aquí en corto.

Catorce balazos taladran cerquísima. Están por todas partes. Siempre ha sido así pero nunca hicieron tanto ruido. Los narcos solían ser gente discreta. Vecinos pudorosos.

—Pinche tiradero de güeyes que debe haber ya—dice después de grabar durante ocho minutos y cincuenta y ocho segundos.

Dos días más tarde un escueto comunicado del gobierno informará que hubo dos muertos. Y veintitantos heridos. Nadie lo creerá. En las páginas más feas de Internet aparecen horas después fotos de calles y banquetas llenas de sangre y vacías de cuerpos. En los próximos siete minutos aullará una ambulancia. Pasarán las trocas. (Esos motores son de trocas con el pie sobre el acelerador). «Los de la gente», dice. Tres, cuatro trocas, rechinar de llantas. «Van pa’allá. Parece que ya se apaciguaron» y quiere suspirar ese testigo que es igual que tu padre y tu hermano y tus primos y tíos y los novios que tuviste en la secundaria. Luego, antes de que termine el audio, otros diez, doce, catorce, veintitrés tiros cruzados. Al final no se habían apaciguado todavía. En los últimos años no se apaciguan mucho rato.

Leer el periódico es tan detestable como sensual, escribía Marcel Proust, en
SENTIMIENTOS FILIALES DE UN PARRICIDA. Gracias a ese acto casi siempre acompañado de café con leche,encontramos«todas las desgracias y los cataclismos del universo de las últimas veinticuatro horas, las batallas que han costado la vida a cincuenta mil hombres […] transmutados en un regalo matinal para nosotros, que no tenemos nada que ver en ellos». Proust encontraba excitante y vigorizante la manera en que él mismo había recibido en el diario la noticia del crimen horrendo de un joven conocido suyo. Como él, y con el plato de pastel de chocolate abandonado a mi lado, también recibo con una espina de fascinación los horrorosos reportes. A diferencia suya, no es hojeando el periódico ni a través de un periodista anónimo.

Cuando se vayan apaciguando las cosas, tu mamá y una tía y un hermano y un compañero del colegio te contarán en voz baja y sin espanto, te escribirán como telegramas los pormenores de ese domingo diez de marzo en Reynosa: Una comadre y su esposo y otros cientos de personas atrapados en el cine, con las cortinas de hierro abajo, en función de permanencia involuntaria hasta la medianoche. También allí entraron «Eran unos huercos, corriendo entre la gente, armados». Una familia de la gente llegó con todo y mascota a cuestas a hospedarse a un hotel local antes de que empezaran las tres horas de tiros. A la mitad de la balacera llegarían otras gentes a llevárselos. La madre de un niño de cuatro años escribirá en Facebook lo difícil que es tirarse al suelo en medio de la función de circo mientras su hijo reclama: «¿Por qué me trajiste a este circo del terror, mamá?».Vivir hoy en Reynosa y en las ciudades cercanas, es como estar en una película de Tarantino, dice el único de mis hermanos que sigue ahí. Hace unos días un amigo suyo sintió una pedrada en el estómago. La bala de un R-15 había entrado por una ventana de su casa, rebotó en el techo y lo alcanzó. El pedazo filudo de metal pasó bajo la piel como un sedal y después salió. El muchacho sintió que el pellejo se le había mallugado. Después tomó una cámara. En su página de Facebook apareció una fotografía de su herida, otra de la bala. Una mancha roja que escurría sobre la piel. La punta de la munición intrusa entre los dedos.

Sí. Como en una película de Tarantino donde los personajes sangran y en lugar de huir o defenderse sacan una cámara de fotos y se dan el tiempo de elegir un filtro para registrarlo.

Alguna vez nos horrorizaron los retratos de estudio que a principios del siglo veinte se tomaban a los difuntos antes de sepultarlos. Hoy nuestros álbumes de fotos son un catálogo de peritajes de criminalística. Las llamadas a casa, noticieros de la crónica roja. Por teléfono sabré de un niño de tres meses alcanzado por una bala. Sabré de un niño de ocho años alcanzado por otra bala. El hijo de una señora conocida de mi papá. Mi padre y un puñado padres de los jóvenes adultos de mi generación que decidieron quedarse a guerrearla. Que se resisten a regalarles a los narcos, a esa gente, las calles donde nos
enseñaron a andar en bicicleta y a conducir el carro familiar. Que se quedan en Reynosa mientras sus hijos cruzan al otro lado para criar a los suyos en Texas. Y una generación de niñitos reynosenses, de paisanos tuyos ante los cuales te dará vergüenza un día admitir que nunca pasaste la hora del recreo adentro de un armario, que jamás escuchaste la palabra narco en voz alta cuando eras chica, que lo único que te asustaba del circo eran ciertos payasos y el rugido de los leones. Que temes que no te crean cuando les digas cuánto amor le tienes al pueblo del que te fuiste porque te fuiste. Que le reclamarán siempre al resto del país la indiferencia, la falta de cariño. Hay emigrantes que cocinan un plato nostálgico, que llevan en la maleta los cidís de la música regional, que exhiben en una repisa la fotografía del níspero en el jardín de la abuela. Yo cuelgo el teléfono con mi madre y busco el audio de la última balacera para sentir que todavía soy de ahí. Es el soundtrack de una huida involuntaria y culposa.
(Lima, Perú, Marzo 13 de 2013)

Los nuevos desafíos de la mujer barbuda

febrero 5, 2014 § Deja un comentario

Julia Pastrana fue una indígena mexicana que hablaba cuatro idiomas, llamó la atención de Darwin y de Freud, y se casó con un doctor estadounidense que la mandó momificar después de muerta. Su cadáver embalsamado siguió recorriendo el mundo casi cien años después de que muriera trayendo al mundo a un niño que también murió (y que también anduvo por el mundo hecho momia en una cajita de cristal). La señora Pastrana, mezzo-soprano y acróbata ecuestre, le debió su fama a una barba negra y abundante. A su barba, al circo de su marido y a un infinito deseo de mirarla. Julia Pastrana era, para el público de fines de siglo XIX, una bestia peluda que cantaba como los ángeles. En sus giras la presentaban como ‘La mujer oso’, ‘El eslabón perdido’ o ‘La mujer más fea del mundo’. Ella era una curiosidad circense y nosotros siempre hemos sido animales de la curiosidad: pagamos para sorprendernos, para espantarnos, para creer en algo. Los circos de acróbatas, las películas de terror y las revistas de chismes han existido por eso. Y hoy cada quien lleva una ilusa cura contra el asombro en la punta de sus dedos: Google nos engaña con la apariencia de que casi no quedan misterios que unos clics no puedan resolver. Las películas con efectos especiales incluyen con el DVD el detrás de cámaras que revela la tecnología detrás de una ilusión óptica. En Internet se venden los secretos de los magos. Y los médicos saben ahora que la más célebre de las mujeres barbudas sufría hipertricosis, un síndrome que hoy desaparece con tratamiento láser o una navaja de afeitar. Hoy la única mujer barbuda que queda en un circo se llama Jennifer Miller y es profesora de performance y artes circenses en el prestigioso Pratt Institute de Brooklyn. Ella no ensaya una actuación sobre zancos para divertirnos, sino para denunciar la opresión y desafiar los prejuicios de un público aturdido. La barbuda profesora Miller usa nuestra antigua atracción por lo extravagante para educarnos desde la ironía: el programa de su circo también ofrecía «¡La increíble visión de un hombre gay sobreviviente!».

En el siglo XIX, Julia Pastrana no salía a la calle porque su marido no quería que nadie la mirara sin pagar: cuando ella estaba a punto de morir en Moscú, él ofreció entradas para quien quisiera ser testigo de sus últimas palabras. En el siglo XXI, Jennifer Miller va al supermercado de su barrio desafiando a quien se atreva a mirarla con curiosidad: dice que no se rasura la barba porque sería un modo de engaño. «Mantener un secreto —dice Miller— requiere una energía que debilita, sobre todo si es a causa de la vergüenza o el miedo». Hoy con Internet estamos asistiendo a perder el derecho al secreto. Es una victoria para celebrar contra los dictadores, los estafadores y los criminales. Pero junto con ellos hemos perdido también la confianza en los novios siempre fieles, el asombro ante la perfección de las reinas de belleza y la fe en las medicinas milagrosas. Después de tantas vueltas por circos, museos y laboratorios, en 2013 Julia Pastrana volvió a su tierra: el gobierno del estado mexicano de Sinaloa, donde había nacido, repatrió los restos de esa mujer que, entre la infamia y la esclavitud, había pasado su vida como una freak de tierras lejanas. Querían restaurarle la dignidad. El día de su sepelio, la función fue abierta para el público

Cuando te levantas de la mesa sin limpiar el plato

diciembre 18, 2013 Comentarios desactivados

Cada vez que una madre chantajea a su hijo inapetente frente a un plato de comida diciéndole que no hay suficiente comida para miles de niños en el mundo, nos engaña. Cada vez que un profesor pronostica que el planeta morirá de hambre dibujando en la pizarra una gráfica donde la población crece más rápido que los alimentos, miente. Cada vez que una nueva tribu de freegans se zambulle en un basurero para rescatar restos de comida, pierde su tiempo ensuciándose las manos inútilmente. Cada vez que la ONU urge a adoptar una dieta de insectos para enfrentar la escasez mundial de proteínas, exagera. No hacen falta milagros ni dietas bondadosas ni invenciones futuristas ni experimentos radicales para que todo el mundo se llene la barriga de comida. La verdad es que hay comida de sobra para todos. La FAO calcula que mil trescientos millones de toneladas de alimento se van a la basura cada año en todo el mundo. Si se fundara un país con los niños que esconden el brócoli en la servilleta, con las modelos que mordisquean una manzana sólo para cumplir con el cálculo de una dieta, con los turistas que atiborran sus platos en los bufets all-you-can-eat, con los gerentes de supermercados que desprecian esos tomates medio golpeados, con los chefs que arrancan cabezas y colas de pescados para convertirlos en insípidos filetes, con los trasnochados que abandonan cajas de pizza en el refrigerador, con los pescadores que tiran por la borda los bacalaos que no tienen la talla que más vale en los mercados, ese imperio del derroche sería el tercer país más contaminante del planeta. En el Reino Unido, en 2009, unos científicos encontraron que se fueron por el drenaje unas trescientas sesenta mil toneladas de leche sólo porque los ingleses la habían servido en vasos más grandes que su sed. Estados Unidos descarta el cuarenta por ciento de todos los alimentos que produce, casi todos en perfecto estado. El escándalo mayor es que esos alimentos encontrarían mejor destino en la barriga de los países más hambrientos. Pero, también, esas pilas de basura perfectamente comestible se convierten en gases que asfixian al planeta. Depositar comida en los tachos de basura es un problema de consumo exagerado y también de pobreza en tecnología, conservación y agricultura. Llevarse una cuchara a la boca no es sólo un asunto de calorías. Visitar el supermercado no es sólo un problema de bolsillo. Elegir una semilla o repartir la tierra no es sólo una decisión de altos funcionarios. Sentarse a la mesa debería seguir siendo una cura para el vacío del estómago y el espíritu, no un banquete de culpabilidad frente al hambre ajena. Un derecho a la satisfacción y el goce. A ninguno le gusta recibir una mala noticia cuando por fin se dispone a comer. Haríamos bien en dejar de angustiarnos frente a la muchedumbre y creer que sólo quedan tres panes y dos peces para alimentar a tantos. Haríamos bien en dejar de esperar un milagro y empezar, simplemente, a compartir.

Todo está en tu cabeza

diciembre 3, 2013 § Deja un comentario

La nueva neurociencia pop corre el riesgo de convertirse en una suerte de horóscopo para aficionados a la ciencia ficción. No estoy triste: en mi estómago no hay suficiente serotonina. No estoy estresada: tengo un exceso de cortisol en la sangre. No estoy enamorada: mi cuerpo es un cocktail de adrenalina, serotonina y dopamina. Mi estado de ánimo puede describirse como una fórmula química. No tengo que ponerle al tiempo buena cara ni dejar de tomarme las cosas tan a pecho ni tener la cabeza fría. Se trata sólo de ajustar mi química cerebral. Adiós a la melancolía, la angustia y las mariposas en el estómago. Gracias a la Imagen por Resonancia Magnética funcional (IRMf) nuestros deseos, impulsos y personalidad se han convertido en un mapa estrambótico de rojos, azules y amarillos en el monitor de una computadora. La indisciplina de un hijo se cura con una pastillita. Los asesinatos en un centro comercial los traduce un experto en asuntos mentales. Según esta tendencia, nuestros conflictos más íntimos se resolverían con una receta médica de píldoras, una levísima descarga eléctrica y alguna terapia experimental. En una de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, los neuroanalistas políticos aseguraban que republicanos y demócratas eran biológicamente diferentes. Según una serie de estudios cuya confiabilidad ha sido cuestionada, las personas que tienden hacia la derecha en política tienen amígdalas más grandes mientras que los liberales tienen más materia gris en el córtex del cíngulo anterior, el sitio del cerebro donde se alojan funciones cognitivas como la toma de decisiones. Esto explicaría por qué los conservadores siempre están a la defensiva mientras que los liberales tienen mayor capacidad de adaptarse a los cambios. El gobierno de Barack Obama ha destinado millones de dólares para que sus científicos por fin comprendan cómo funcionan las cien mil millones de neuronas que tenemos en la cabeza. Vivimos en una era de neurocentrismo, advierten Sally Sattel y Scott Lilienfeld, dos profesores —ella psicóloga, él psiquiatra—en un libro llamado BRAINWASHED. Estamos encandilados por el arcoíris de IRMf: «La idea de que la experiencia humana y el comportamiento se explica mejor desde la perspectiva predominante o exclusiva del cerebro». El neuromárketing es el futuro. Compramos un auto porque el aviso en la televisión activó nuestra nostalgia. Elegimos a un candidato porque su contrincante político nos ha hecho sentir amenazados. No podremos jamás dejar de fumar porque la adicción ha cambiado la estructura de nuestro cerebro. El encanto de aquellos viejos tests de personalidad de las revistas para adolescentes ahora adopta validez científica en forma de frenología neuronal. Hay científicos que aseguran que nuestra amabilidad, extroversión y sentido de la responsabilidad están determinados por el tamaño de ciertas regiones de nuestro cerebro. Y, como agitan frente a nosotros esas coloridas fotografías de nuestra mente, les creemos. Por primera vez en la historia, se nos dice, es posible saber por qué somos cómo somos y por qué hacemos lo que hacemos.

Hasta una mañana de verano de 1966 en Texas, Charles Whitman era un hombre normal. Cajero de banco, estudiante de ingeniería arquitectónica, guía de niños exploradores, ese día Whitman asesinó a su madre y apuñaló a muerte a su esposa, hirió a treinta y dos personas y mató a disparos otras trece. Nadie, ni él mismo, sabía qué lo había poseído. Pero en la nota que había dejado antes de aquella carnicería había una petición: que le revisaran el cerebro. Hacía un tiempo que tenía dolores de cabeza y estaba seguro de que algo malo estaba ocurriendo dentro de ella. El médico forense le abrió el cráneo y encontró un glioblastoma, un tumor del diámetro de la uña de un pulgar que le estaba comprimiendo la amígdala, esa parte del cerebro desde donde se controlan el miedo, las fobias sociales y algunas funciones de la memoria. La historia de Whitman es una parábola para neurocientíficos como David Eagleman, que se pregunta si la biología por sí sola justifica ese comportamiento violento. ¿Cuánto de lo que somos puede explicarse con una radiografía sofisticada de nuestro cerebro? Sabemos que nuestros afectos no residen en la bomba de sangre que es el corazón. Pero seguimos creyendo que todo está en nuestra cabeza. Como en una pesadilla.

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