Los nuevos desafíos de la mujer barbuda

febrero 5, 2014 § Deja un comentario

Julia Pastrana fue una indígena mexicana que hablaba cuatro idiomas, llamó la atención de Darwin y de Freud, y se casó con un doctor estadounidense que la mandó momificar después de muerta. Su cadáver embalsamado siguió recorriendo el mundo casi cien años después de que muriera trayendo al mundo a un niño que también murió (y que también anduvo por el mundo hecho momia en una cajita de cristal). La señora Pastrana, mezzo-soprano y acróbata ecuestre, le debió su fama a una barba negra y abundante. A su barba, al circo de su marido y a un infinito deseo de mirarla. Julia Pastrana era, para el público de fines de siglo XIX, una bestia peluda que cantaba como los ángeles. En sus giras la presentaban como ‘La mujer oso’, ‘El eslabón perdido’ o ‘La mujer más fea del mundo’. Ella era una curiosidad circense y nosotros siempre hemos sido animales de la curiosidad: pagamos para sorprendernos, para espantarnos, para creer en algo. Los circos de acróbatas, las películas de terror y las revistas de chismes han existido por eso. Y hoy cada quien lleva una ilusa cura contra el asombro en la punta de sus dedos: Google nos engaña con la apariencia de que casi no quedan misterios que unos clics no puedan resolver. Las películas con efectos especiales incluyen con el DVD el detrás de cámaras que revela la tecnología detrás de una ilusión óptica. En Internet se venden los secretos de los magos. Y los médicos saben ahora que la más célebre de las mujeres barbudas sufría hipertricosis, un síndrome que hoy desaparece con tratamiento láser o una navaja de afeitar. Hoy la única mujer barbuda que queda en un circo se llama Jennifer Miller y es profesora de performance y artes circenses en el prestigioso Pratt Institute de Brooklyn. Ella no ensaya una actuación sobre zancos para divertirnos, sino para denunciar la opresión y desafiar los prejuicios de un público aturdido. La barbuda profesora Miller usa nuestra antigua atracción por lo extravagante para educarnos desde la ironía: el programa de su circo también ofrecía «¡La increíble visión de un hombre gay sobreviviente!».

En el siglo XIX, Julia Pastrana no salía a la calle porque su marido no quería que nadie la mirara sin pagar: cuando ella estaba a punto de morir en Moscú, él ofreció entradas para quien quisiera ser testigo de sus últimas palabras. En el siglo XXI, Jennifer Miller va al supermercado de su barrio desafiando a quien se atreva a mirarla con curiosidad: dice que no se rasura la barba porque sería un modo de engaño. «Mantener un secreto —dice Miller— requiere una energía que debilita, sobre todo si es a causa de la vergüenza o el miedo». Hoy con Internet estamos asistiendo a perder el derecho al secreto. Es una victoria para celebrar contra los dictadores, los estafadores y los criminales. Pero junto con ellos hemos perdido también la confianza en los novios siempre fieles, el asombro ante la perfección de las reinas de belleza y la fe en las medicinas milagrosas. Después de tantas vueltas por circos, museos y laboratorios, en 2013 Julia Pastrana volvió a su tierra: el gobierno del estado mexicano de Sinaloa, donde había nacido, repatrió los restos de esa mujer que, entre la infamia y la esclavitud, había pasado su vida como una freak de tierras lejanas. Querían restaurarle la dignidad. El día de su sepelio, la función fue abierta para el público

Cuando te levantas de la mesa sin limpiar el plato

diciembre 18, 2013 Comentarios desactivados

Cada vez que una madre chantajea a su hijo inapetente frente a un plato de comida diciéndole que no hay suficiente comida para miles de niños en el mundo, nos engaña. Cada vez que un profesor pronostica que el planeta morirá de hambre dibujando en la pizarra una gráfica donde la población crece más rápido que los alimentos, miente. Cada vez que una nueva tribu de freegans se zambulle en un basurero para rescatar restos de comida, pierde su tiempo ensuciándose las manos inútilmente. Cada vez que la ONU urge a adoptar una dieta de insectos para enfrentar la escasez mundial de proteínas, exagera. No hacen falta milagros ni dietas bondadosas ni invenciones futuristas ni experimentos radicales para que todo el mundo se llene la barriga de comida. La verdad es que hay comida de sobra para todos. La FAO calcula que mil trescientos millones de toneladas de alimento se van a la basura cada año en todo el mundo. Si se fundara un país con los niños que esconden el brócoli en la servilleta, con las modelos que mordisquean una manzana sólo para cumplir con el cálculo de una dieta, con los turistas que atiborran sus platos en los bufets all-you-can-eat, con los gerentes de supermercados que desprecian esos tomates medio golpeados, con los chefs que arrancan cabezas y colas de pescados para convertirlos en insípidos filetes, con los trasnochados que abandonan cajas de pizza en el refrigerador, con los pescadores que tiran por la borda los bacalaos que no tienen la talla que más vale en los mercados, ese imperio del derroche sería el tercer país más contaminante del planeta. En el Reino Unido, en 2009, unos científicos encontraron que se fueron por el drenaje unas trescientas sesenta mil toneladas de leche sólo porque los ingleses la habían servido en vasos más grandes que su sed. Estados Unidos descarta el cuarenta por ciento de todos los alimentos que produce, casi todos en perfecto estado. El escándalo mayor es que esos alimentos encontrarían mejor destino en la barriga de los países más hambrientos. Pero, también, esas pilas de basura perfectamente comestible se convierten en gases que asfixian al planeta. Depositar comida en los tachos de basura es un problema de consumo exagerado y también de pobreza en tecnología, conservación y agricultura. Llevarse una cuchara a la boca no es sólo un asunto de calorías. Visitar el supermercado no es sólo un problema de bolsillo. Elegir una semilla o repartir la tierra no es sólo una decisión de altos funcionarios. Sentarse a la mesa debería seguir siendo una cura para el vacío del estómago y el espíritu, no un banquete de culpabilidad frente al hambre ajena. Un derecho a la satisfacción y el goce. A ninguno le gusta recibir una mala noticia cuando por fin se dispone a comer. Haríamos bien en dejar de angustiarnos frente a la muchedumbre y creer que sólo quedan tres panes y dos peces para alimentar a tantos. Haríamos bien en dejar de esperar un milagro y empezar, simplemente, a compartir.

Todo está en tu cabeza

diciembre 3, 2013 § Deja un comentario

La nueva neurociencia pop corre el riesgo de convertirse en una suerte de horóscopo para aficionados a la ciencia ficción. No estoy triste: en mi estómago no hay suficiente serotonina. No estoy estresada: tengo un exceso de cortisol en la sangre. No estoy enamorada: mi cuerpo es un cocktail de adrenalina, serotonina y dopamina. Mi estado de ánimo puede describirse como una fórmula química. No tengo que ponerle al tiempo buena cara ni dejar de tomarme las cosas tan a pecho ni tener la cabeza fría. Se trata sólo de ajustar mi química cerebral. Adiós a la melancolía, la angustia y las mariposas en el estómago. Gracias a la Imagen por Resonancia Magnética funcional (IRMf) nuestros deseos, impulsos y personalidad se han convertido en un mapa estrambótico de rojos, azules y amarillos en el monitor de una computadora. La indisciplina de un hijo se cura con una pastillita. Los asesinatos en un centro comercial los traduce un experto en asuntos mentales. Según esta tendencia, nuestros conflictos más íntimos se resolverían con una receta médica de píldoras, una levísima descarga eléctrica y alguna terapia experimental. En una de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, los neuroanalistas políticos aseguraban que republicanos y demócratas eran biológicamente diferentes. Según una serie de estudios cuya confiabilidad ha sido cuestionada, las personas que tienden hacia la derecha en política tienen amígdalas más grandes mientras que los liberales tienen más materia gris en el córtex del cíngulo anterior, el sitio del cerebro donde se alojan funciones cognitivas como la toma de decisiones. Esto explicaría por qué los conservadores siempre están a la defensiva mientras que los liberales tienen mayor capacidad de adaptarse a los cambios. El gobierno de Barack Obama ha destinado millones de dólares para que sus científicos por fin comprendan cómo funcionan las cien mil millones de neuronas que tenemos en la cabeza. Vivimos en una era de neurocentrismo, advierten Sally Sattel y Scott Lilienfeld, dos profesores —ella psicóloga, él psiquiatra—en un libro llamado BRAINWASHED. Estamos encandilados por el arcoíris de IRMf: «La idea de que la experiencia humana y el comportamiento se explica mejor desde la perspectiva predominante o exclusiva del cerebro». El neuromárketing es el futuro. Compramos un auto porque el aviso en la televisión activó nuestra nostalgia. Elegimos a un candidato porque su contrincante político nos ha hecho sentir amenazados. No podremos jamás dejar de fumar porque la adicción ha cambiado la estructura de nuestro cerebro. El encanto de aquellos viejos tests de personalidad de las revistas para adolescentes ahora adopta validez científica en forma de frenología neuronal. Hay científicos que aseguran que nuestra amabilidad, extroversión y sentido de la responsabilidad están determinados por el tamaño de ciertas regiones de nuestro cerebro. Y, como agitan frente a nosotros esas coloridas fotografías de nuestra mente, les creemos. Por primera vez en la historia, se nos dice, es posible saber por qué somos cómo somos y por qué hacemos lo que hacemos.

Hasta una mañana de verano de 1966 en Texas, Charles Whitman era un hombre normal. Cajero de banco, estudiante de ingeniería arquitectónica, guía de niños exploradores, ese día Whitman asesinó a su madre y apuñaló a muerte a su esposa, hirió a treinta y dos personas y mató a disparos otras trece. Nadie, ni él mismo, sabía qué lo había poseído. Pero en la nota que había dejado antes de aquella carnicería había una petición: que le revisaran el cerebro. Hacía un tiempo que tenía dolores de cabeza y estaba seguro de que algo malo estaba ocurriendo dentro de ella. El médico forense le abrió el cráneo y encontró un glioblastoma, un tumor del diámetro de la uña de un pulgar que le estaba comprimiendo la amígdala, esa parte del cerebro desde donde se controlan el miedo, las fobias sociales y algunas funciones de la memoria. La historia de Whitman es una parábola para neurocientíficos como David Eagleman, que se pregunta si la biología por sí sola justifica ese comportamiento violento. ¿Cuánto de lo que somos puede explicarse con una radiografía sofisticada de nuestro cerebro? Sabemos que nuestros afectos no residen en la bomba de sangre que es el corazón. Pero seguimos creyendo que todo está en nuestra cabeza. Como en una pesadilla.

Dios, el diablo y los abogados

octubre 21, 2013 § 3 comentarios

Jesús de Nazareth fue acusado frente a un tribunal de sacerdotes, después llevado ante el juez Poncio Pilatos y, sin abogados, fue crucificado. La sentencia no obedecía a la ley sino al pedido de una turba. El hijo de Dios no tuvo derecho a la defensa, y su ejecución fue una decisión más política que legal. «Los abogados son los ministros del diablo», dice Al Pacino interpretando a Lucifer en THE DEVIL’S ADVOCATE. Existen abogados porque existieron primero criminales. Los griegos permitían que un acusado que no pudiera defenderse solo se hiciera acompañar de un amigo que hablara en nombre suyo. En el año 24 después de Cristo, los romanos prohibieron que los abogados cobraran por sus servicios. Desde tiempos antiguos, servir a la ley y a la justicia no tiene tan buena reputación. En el siglo XVIII Prusia y Francia abolieron la profesión. Cien años después, se escribían tratados sobre el exceso de abogados en Inglaterra y sus trece colonias. En HENRY IV de Shakespeare un carnicero dice: «Matemos a todos los abogados». La fi gura del abogado del diablo es histórica y necesaria. Cada país tiene su corrupto o genocida célebre y por cada uno de ellos una legión de defensores. Hace unas semanas murió el último de esta calaña internacional. En la bien educada THE ECONOMIST, la primera palabra en el obituario del abogado francovietnamita Jacques Vergès, un gran abogado del diablo, era salaud: bastardo, en buen francés. Durante su carrera defendió a Carlos ‘El Chacal’, miembro del Frente Popular para la Liberación de Palestina y en la década del setenta un villano muy buscado. También defendió al jémer rojo Khieu Samphan, presidente de Camboya, en la época que por lo menos un millón y medio de camboyanos fueron asesinados por orden de diabólico Pol Pot, antiguo compañero de universidad del futuro abogado Vergès.
El abogado del diablo también había sido consejero de Slobodan Milosevic —quien murió antes de que concluyera el juicio en el que había decidido ser su propio defensor— y también había ofrecido sus servicios a Sadam Hussein. El abogado declaró que no sólo defendería a Hitler sino también a George Bush, sólo si éste «se declaraba culpable». Pero su mayor desprestigio había sido defender a Klaus Barbie, ‘el carnicero de Lyon’, el sanguinario miembro de la Gestapo a quien unos cuarenta fi scales acusaron de crímenes contra la humanidad. Los enfrentó él solo. Sin embargo, el abogado del diablo también también llevó los casos de niñas musulmanas que querían llevar velo en escuelas francesas, de enfermos de SIDA contagiados por transfusiones negligentes en hospitales públicos y, al principio de su carrera, en los años cincuenta, Vergès salvó a una mujer argelina de morir en la guillotina. Djamila Bouhired era una activista acusada de terrorismo y su abogado acabó casándose con ella. Jacques Vergès creía que su trabajo era devolver la humanidad a sus clientes. No eran para él animales ni bestias que cometían atrocidades sino personas de la misma naturaleza que quienes los acusaban y juzgaban. Para este abogado, el peligro y el error del sistema de justicia estaban en creer que la maldad no era un defecto del que todos somos capaces. Vergès creía que era una ‘falta de elegancia’ creer que los déspotas, terroristas y criminales eran distintos al resto de nosotros. El valor de su trabajo, según él, no radicaba en la reputación de sus clientes sino en la inteligencia de sus argumentos. En su defensa, un hipotético abogado de Vergès podría alegar que sus clientes más famosos acabaron condenados. Cada vez que Vergés perdió, fue un cómplice, acaso involuntario, de lo que debería ser la justicia con los crueles. El cine y la televisión nos han convencido de que los juzgados son sitios glamurosos, de que los jueces son solemnes y respetables y los abogados viven sólo para ese momento de adrenalina en que golpean una mesa de roble y gritan «¡Objeción, su señoría!». Pero los abogados más bien son grises como sus trajes, hombres con la nariz hundida en expedientes. Traductores de la ley. Los abogados son los nuevos sacerdotes, los únicos que entienden la escritura: los códigos y mandamientos que todos deberíamos obedecer. Si Jesús de Nazareth no tuvo derecho a un abogado, no fue un acto de injusticia. Era la prueba de que sus verdugos admitían que no era un hombre cualquiera. Sólo Dios no necesita un abogado.

[Carta de la editora. Etiqueta Negra 114]

Un ducha fría contra tanta calentura global

septiembre 5, 2013 § 1 Comentario

Me gusta ducharme con agua caliente: creer que me purifico mientras los poros se dilatan durante el baño y dibujar con el dedo en el espejo empañado. Hoy declararse adicto al baño a altas temperaturas equivale a decir que encendemos el motor de una camioneta 4X4 para ir a la vuelta de la esquina. Una angustia por el futuro del planeta ha invadido nuestros momentos más íntimos y nos acusa de instante en instante: ya no puedo probar una ensalada de espárragos sin recordar la cantidad de agua necesaria para cosecharlos, me siento culpable de usar spray para peinarme sin considerar el agujero de la capa de ozono, me avergüenza volver del supermercado con las
manos cargadas de bolsas de plástico. La nueva conciencia ambiental está forzando a una nueva generación de jóvenes a convertirse en ciudadanos comprometidos, y, en el acto, muchos hemos ido perdiendo el sentido del humor. Podría ser la Nueva Inquisición: los sacerdotes del cambio climático dicen que si seguimos conduciendo autos, comprando agua embotellada o volando en avión, la Tierra arderá como un infierno. Se nos están muriendo los glaciares y los colegios han cambiado la clase de Religión por la de Ecología. Cuando era niña, reciclar no era un requisito para conseguir la vida eterna. Hoy los niños aprenden que las baterías de sus juguetes a control remoto ensucian los mares, organizan campañas para eliminar los sorbetes de las cafeterías y fruncen el ceño cuando sus padres botan el plástico junto con el vidrio. Pero, en el fondo, somos inquietas criaturas egoístas. Entusiastas del papel reciclado traído en avión desde el otro lado del mundo. Devoradores de quinua orgánica cada vez más cara y menos al alcance .de las comunidades andinas que la cosecharon. Saludables ciclistas que llevan la bicicleta en el auto hasta el parque más cercano. Cuando se interpone con nuestro confort, cuidar el medio ambiente ya no sucede de un modo natural. Elizabeth Shove, autora de Comfort, Cleanlinessand ConvenienCe, es una socióloga de la Universidad de Lancaster que estudia el modo en que vamos construyendo estilos de vida respetuosos con el medio
ambiente. Hasta hace un tiempo, nuestros hábitos culturales se adaptaban al clima local: se dormía siesta en los países cálidos para ahorrar energía a las horas de más sol, lavar la ropa no era un acto asociado a la industria de los detergentes y un baño semanal era perfectamente saludable. Según Shove, cuando el gobierno mexicano prohibió a los burócratas dormir la siesta en 1999, condenó al país a un clima de aire acondicionado. Dice ella que la ciencia del confort —la ergonomía— nos puso delante una pregunta que jamás habíamos enfrentado: ¿cuál es el clima ideal? El aire acondicionado nos permite convertirnos en dioses de la meteorología. Deshacernos de las ventanas, las hamacas y las minifaldas para programar los termostatos a una sola estación del año: la de la vida en interiores. El Ashrae 55, una unidad estándar de confort que usan quienes diseñan edificios, asegura que veintidós grados centígrados es la temperatura con la que cualquier individuo se sentirá cómodo. Es decir, cualquier individuo vestido con traje y corbata. Por eso los cines, bancos, hoteles, centros comerciales y nuestras casas nos parecen incómodos si no están a la misma temperatura que una persona atrapada en una oficina. Hoy,
desde laboratorios a veintidós grados centígrados, los científicos nos recuerdan que el planeta se deshiela al ritmo de nuestros caprichos térmicos mientras encendemos el aire acondicionado, la calefacción y las duchas calientes. Cuesta creer que pronto desaparecerá Groenlandia. Cuesta creer que los habitantes de la isla de Tuvalú deberán mudarse cuando el deshielo nórdico eleve siete metros las mareas del Pacífico. Cuesta creer tantas maldiciones sobre el futuro, pero me resigno a que mis hijos no conozcan los osos polares. A las seis de la mañana lo único que me importa es girar el grifo para recibir un chorro de agua caliente sobre la espalda. La búsqueda de la comodidad, igual que la contaminación, es un lujo que sólo nuestra especie puede permitirse. El agua caliente —dice un amigo— es lo que diferencia a los humanos de los animales.
Elda Cantú
(Para Shamán, amante del shampoo de sandía)

Cierra bien la puerta de tu refri

agosto 22, 2013 § Deja un comentario

???????????????????????????????Una refrigeradora es un ancla doméstica: comprar una es asegurar que te quedarás a vivir buen tiempo en el mismo lugar. Desde que  existen las neveras, ser un ermitaño ha dejado de ser una ruta segura para morir de hambre. Pero hoy esa gélida caja fuerte para sobrevivir y aplazar la excursión obligatoria a un supermercado ha destinado usos más memorables para su cara externa: recordarnos el número de teléfono para pedir una pizza, pagar la factura de electricidad, o a quién llamar en caso de incendios. Si el poeta Virgilio Piñera guardaba poemas de amor en su nevera, algunos intelectuales catastrofistas archivan los papeles más valiosos en sus refrigeradoras a prueba de fuego. Las neveras también son un clásico moderno del terror: han escondido los cadáveres de las víctimas de más de un centenar de asesinos en serie. A veces tienen un uso más noble: según la tradición, guardar la última rebanada de un pastel de bodas durante un año entero. Una nevera también alarga la vida del barniz de uñas, los rollos de película fotográfica, el perfume. Un tal Thomas Moore, inventor de la refrigeradora, era un comerciante que quería vender a mejor precio su mercancía. Le importaba que la leche y los huevos que ofrecía llegaran frescos a su destino y, gracias a su invento —una caja helada de madera— pudo cobrar el doble que su competencia. Como una conservadora del tiempo, la refrigeradora ha sido pieza esencial del paisaje de la cocina moderna y fría testigo de nuestras soledades y placeres culpables. Los genios de márketing de Whirpool colocaron cámaras de video dentro de algunos de sus refrigeradores y concluyeron que cada vez guardamos más bebidas y menos alimentos, que necesitamos estantes más espaciosos para las cajas de pizza y los empaques de tecnopor de la comida rápida. Pero hizo falta que la Universidad de California en Los Ángeles abriera un Centro de Investigación de la Vida Diaria Familiar para que alguien escudriñara el lado más íntimo de la heladera: la cara externa de su puerta. Con prisa por encontrar una estadística sobre «la saturación material de los espacios domésticos», los profesores concluyeron que, en promedio, las familias en Estados Unidos pegan cincuenta y cinco objetos afuera de sus refris. Desde que a mediados del siglo XX las puertas de las neveras se magnetizaron, se convirtieron en los primeros aparatos eléctricos que sirven de recordatorios de listas de deberes y teléfonos. Gracias a los imanes, el aparato que conserva frescas las lechugas también nos refresca la memoria. Llevar al niño a la fiesta de cumpleaños del vecino. Volver algún día a esa playa donde fuimos tan felices. Respetar el chocolate de tu hermano. O vivir cada día como si fuera el último de tu vida. Adherida a su puerta, la lista del supermercado se va llenando al mismo ritmo que se vacía el interior de la refri. Útil también como periódico mural, el refrigerador es la única doméstica galería de arte que exhibe dibujos infantiles. Una vez William Carlos Williams, otro gran poeta, escribió un poema encima de una heladera: «Justo es decirlo/Me comí/las ciruelas/que había en la nevera/y que/probablemente tú/ reservabas para desayunar/Perdóname/estaban deliciosas/ tan dulces y tan frías». La inglesa Alice Kuipers narró la intimidad de una madre y su hija a través de notitas pegadas en la puerta de su nevera, su único punto de encuentro, y tituló su novela: Life in the refrigerator door. El aparato diseñado para evitar que se estropeen nuestros alimentos acaba por ser una vitrina de nuestra deficiente memoria, el depositario de nuestras urgencias y un mudo testigo del fracaso de todas nuestras dietas. Con la puerta cerrada, la refrigeradora es el único electrodoméstico que nos salva del olvido. No hace falta ni recordar enchufarla.

[Etiqueta Negra 113- Carta de la editora]

El padre de la novia

agosto 14, 2013 § Deja un comentario

Digámoslo con piedad: un suegro es un padre sin épica. Un protagonista que se vuelve un actor de reparto. Si tiene una hija, vivirá su momento estelar en el efímero papel de padre de la novia. La boda de la hija parece ser el día más generoso y desprendido en la vida de un papá. Ese día le abre la puerta de su tribu a un extraño y lo celebra. Antes ha cambiado pañales. Prestado sus dedos como barandal para los primeros pasos. Caminado de puntillas para intercambiar dientes de leche por monedas debajo de la almohada. Desatornillado las rueditas de apoyo de una bicicleta. Fotografiado doscientos festivales escolares. Pagado facturas telefónicas adolescentes. Refunfuñado frente a los primeros pretendientes. Ahorrado para la sospechosa universidad. Hasta que deposita a su niña en los brazos de otro hombre. Después, cuando la fiesta termine, volverá a una casa más vacía.

Ser padre es también un viaje sin retorno a un imperio doméstico que oscila entre la alegría, el miedo y la vigilia. Que no se le ocurra ser un superhéroe y volar por una ventana ni que una tarde aparezca flotando boca abajo en una alberca. Que cuando se caiga no se raspe ni las rodillas. Que aprenda a cruzar la calle con cuidado. Que no hable con la boca llena. Que esa fiebrecilla no sea de importancia. Que no se olvide del número de emergencias. Que sepa sentarse cuando lleva la falda muy corta. Que vuelva a casa antes del amanecer. Que no le rompan el corazón. Que aprenda a decir que no con una sonrisa. Que se acuerde del cumpleaños de papá y mamá. Que pueda cambiar sola una llanta. Que no sea una puta. «Entonces dejas de preocuparte de que tu hija se encuentre con el tipo equivocado —dice Steve Martin en El padre de la novia— y te preocupas de que encuentre al muchacho adecuado. Y ése es el mayor miedo de todos, porque entonces la pierdes». Cuando el padre es testigo del enamoramiento de su hija suele actuar como un guardián desconfiado. Mirará como a un ladrón a ese rival con el que su chica ha decidido marcharse. Lo recibirá con los brazos cruzados a la entrada de la casa. Evaluará la fuerza que pone en su apretón de manos. Pero en secreto sólo le importará que la cuide y la quiera aunque no siempre la comprenda. Después será posible la revancha del suegro: convertirse en abuelo. Grandfather. Un padre por encima de otro padre.

[Carta Etiqueta Negra 112, Padres e hijos]

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